El 3 de noviembre de 2001 murió nuestro poeta Luis Alfredo Arango...
El 3 de noviembre de 2001 murió nuestro poeta Luis Alfredo Arango, es decir, nos corresponde iniciar los preparativos para rendirle homenaje tras una década de su desaparición física. Arango nació en 1935 en Totonicapán, tierra donde reposan sus cenizas, y se cultivó en la enseñanza rural, en el dibujo y en la creación literaria. En 1988 se le concedió el Premio Nacional de Literatura Miguel Ángel Asturias, lo que indicaría que nuestro Ministerio de Cultura debería organizar la publicación de sus obras completas, o preparar una edición masiva de lo principal para que llegara a los estudiantes en todo el territorio. Así como las universidades y centros dedicados al enaltecimiento de nuestros valores deberían organizar encuentros alrededor de su obra, para preservarla y fomentar su lectura.
Luis Alfredo Arango escudriñó en sus escritos en nuestra identidad nacional, y al respecto dice en su novela poema Después del tango vienen los moros que “somos un pueblo callado”, “somos un pueblo apagado”, mientras ambienta la narración con música de marimba, como lágrimas en una reposadera que todo lo arrastra. Y los zopilotes planean sobre la ciudad capital, mientras en el altiplano destaca el paisaje neblinoso y húmedo de la tierra nostálgica, apesadumbrada, tierna y triste bajo el sonido de la lluvia perenne. Leyendo a Arango se aprende a querer a nuestra patria, aunque nos duela.
El libro Después del tango… se publicó en 1988, en una bella edición de autor, con ilustraciones de un “clarinero que vive bajo la pasarela del Trébol”, contado por “otro zanate periférico”. Es una obra singular a la que regreso siempre, donde el poeta se identifica con los zopilotes que vuelan libres: “Alláaa va volando un zopilote, sobre las nubes más altas. (…) Los zopilotes tienen la virtud de entristecerme. Tienen ese poder. No bien los veo pasar y allá voy yo también, volando por el cielo inmenso y hondo”.
La Guatemala rural aflora deliciosa, llena de olores y sonidos, bajo el destello de relámpagos que amedrentan. El paisaje es descrito profundamente verde, con altas cumbres que vigilan y rodean los rincones ahumados de los vivos bajo la policromía de tejas rotas. Y la capital aldeana es como la realidad que borra el ensueño, llena de zopes volando por encima del deterioro social y humano, la decadencia, el imperio del “reino de las arañas”, donde se sucede el choque dramático de los inmigrantes que no se encuentran en lo moderno, ruidoso, pervertido, lleno de zanates, con la maldición de las camionetas y el aire tóxico que envenena. Guatemala es retratada como una ciudad repleta de barrios marginales y gente desubicada, desencontrados, en ebullición, pero con ternura y destino ineludible, porque el autor así lo recomienda: “No le pongás atención al ruido, sino a la música” que viene del origen rural, de la memoria de Totonicapán, hacia donde se dirigieron sus restos.
Leamos y disfrutemos el legado de nuestro autor, se lo debemos y lo necesitamos.
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