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    Guatemala, domingo 05 de diciembre de 2010

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    NACIÓN

    VARIACIONES SOBRE LA HISTORIA DE LA LITERATURA GUATEMALTECA

    Un marco teórico, cualquiera que sea su naturaleza, es una especie de contrato social.  Es el grupo de principios y presuposiciones implícitas y ocultas, que llevan a cualquier cantidad de consecuencias normativas a aquellos firmantes (voluntarios o no), antes de empezar el juego.

    La crítica y la historia literarias no son una excepción a esta clase de juegos.  Sin embargo, cuando el tiempo ha pasado y volvemos nuestros ojos hacia los orígenes, ya no somos capaces de reconocer la arbitrariedad de los inicios y todo lo que fue resultado de un simple acuerdo, lo damos por sentado sin cuestionarlo en lo más mínimo.  En ese punto lo que se necesita para cambiar de forma de pensar es una auténtica revolución.  Pero durante esos largos períodos de tiempo en que no se hacen preguntas de fundamento, los marcos referenciales juegan el papel de operadores de un discurso implícito y se las arreglan para estar presentes en cualquiera de sus elementos.  Veamos algunos ejemplos.

    Cuando Vladimir Nabokov dio sus charlas sobre literatura rusa, la crítica establecida estaba muy cómoda con la idea de que la narrativa moderna rusa tenía como punto culminante y de gravitación la obra de Tolstoi y Dostoievski.  Pero Nabokov, de una forma creativa y, por decirlo así, lúdica, de pronto decidió cambiar de lugar estas piezas fundamentales.  

    No estoy diciendo que no dio reconocimiento al valor de estos novelistas.  A lo que trato de llegar es a que Nabokov desafió esta estructura y abrió el camino a una nueva visión de la dinámica dialógica de la literatura rusa, simplemente al ubicar a Gogol y a Chéjov al mismo nivel de los grandes maestros.

    En el caso de la literatura guatemalteca, tenemos una visión histórica muy estrecha.  Hasta el año 1955, cuando el Fondo de Cultura Económica publicó Guatemala: las líneas de su mano, de Luis Cardoza y Aragón, solamente teníamos historiografías de la literatura, es decir, recuentos cronológicos de la simple sucesión de autores y obras.  Fue este poeta y crítico el que nos dio el primer marco histórico, profundamente influyente, para entender la “lógica” de nuestro desarrollo estético.  Y digo “lógica” en un sentido muy general, ya que se trata de la forma en que cualquiera, escritores y lectores, entienden los puntos más importantes de las conexiones esenciales entre las obras de arte literarias y la identidad guatemalteca.  Este ensayo es incluso más ambicioso que El laberinto de la soledad, de Octavio Paz.  No sólo es una colección de ensayos sobre algunos aspectos de la identidad “ladina”, sino es también un recuento histórico de la constitución del significado de la palabra “guatemalteco”.  Cardoza y Aragón (me temo que tengo que decir esto) era presa de aquella idea según la cual, a través de los siglos posteriores al choque entre españoles e indígenas americanos, de una forma dialéctica y material, surgió la síntesis “real” de la madre historia: la identidad “mestiza”.  Nos dice:

     

    “Me acuerdo que soy mestizo,

    Soy real porque me fundo

    En dos mitos: Coatlicue y Apolo.”

     

    De esta forma, Cardoza y Aragón imponía dos presuposiciones fundamentales: primero, el “hecho” de que sólo hay una cultura, o que hay homogeneidad cultural; y segundo, que la historia sólo tiene un derrotero: el que lleva a “nosotros”, entendiendo la expresión “nosotros” como una selección racionalizada de los significados y significantes de nuestra identidad.

    Todo este discurso es muy marxista y, más profundamente, muy hegeliano.  Así fue como estableció la famosa estirpe de nombres sin los cuales (como él mismo dice) estaríamos desnudos: Bernal Díaz del Castillo, Rafael Landívar, Antonio José de Irisarri, José Batres Montúfar, José Milla y Vidaurre, Enrique Gómez Carrillo y Miguel Ángel Asturias.  Por su parte, los críticos educados en esta visión histórica completaron la figura asegurando que los “cuatro grandes” nombres del Siglo XX son: Miguel Ángel Asturias, Luis Cardoza y Aragón, Carlos Solórzano y Augusto Monterroso.

    No busco construir ninguna refutación razonada de este modelo de pensamiento (y lectura).  Sólo me gustaría ver qué pasaría si cambiamos esta estructura.

    No sería difícil encontrar razones para decir que nuestro mejor novelista colonial no es Bernal Díaz del Castillo, sino su sobrino, Antonio de Fuentes y Guzmán (quien, a su vez, inspiró una de nuestras mejores ficciones sociológicas: La patria del criollo, de Severo Martínez).  Igualmente, podríamos decir que nuestro mejor escritor ilustrado no es Rafael Landívar (que, da la casualidad, tuvo una profunda crisis de identidad en el exilio, justo como Cardoza), sino Fray Matías de Córdova porque sus fábulas son metáforas delicadas e irónicas de la auto represión y la mentalidad colonial.  Podríamos incluso decir que nuestro mejor poeta romántico no es José Batres Montúfar (que tenía una concepción neurótica y profundamente prejuiciada del papel social de las mujeres), sino María Josefa García Granados que desafió constantemente el predomino masculino en la sociedad guatemalteca, y cuya poesía muestra un fuerte impulso de liberación.  Y, ¿qué pasaría si separamos la vida y la poesía en el caso de Enrique Gómez Carrillo?  ¿Qué pasaría si hacemos la leyenda a un lado y nos quedamos sólo con las palabras?  Quizá nuestra mejor literatura modernista sería la traducción de Baudelaire que hizo María Cruz, ni siquiera su propia poesía, porque en esas versiones españolas del poeta francés ella, como traductora, logra disfrazar sus propias pasiones decadentes y su crítica de la sociedad.  Y con respecto a la narrativa, si sólo por un instante consideramos la importancia de la literatura fantástica en Latinoamérica durante el Siglo XX, ¿qué novelista ha sido más influyente a la larga: Asturias o Arévalo Martínez?  Finalmente, ahora que la poesía de César Brañas ha sido publicada en su casi totalidad y somos capaces de comparar, de ver el flujo inmanente de su palabra y (para decirlo con las palabras de Judith Ryan*) y el desvanecimiento del sujeto de la poesía moderna, ¿podríamos realmente considerarlo un poeta de segunda clase vis á vis Luis Cardoza y Aragón?

    Esta historia la podemos contar de cualquier manera.  Sólo es cosa de jugar a la sustitución de marcos referenciales.  Ahora bien, ¿por qué deberíamos de hacerlo?  ¿Cuál es el valor de dicho ejercicio lúdico?

    Bien, un inicio de respuesta sería pensar que cualquier afirmación que hacemos se convierte en un centro de gravitación, en una condición para nuevas afirmaciones por venir.  En este sentido, sería confuso decir que el propósito de los juegos de marcos referenciales es abolir los centros y los ejes de rotación de las convicciones, actos de entendimiento y futuras hipótesis.  Pienso que la principal consecuencia de este juego es, al menos, crear otro centro, otra perspectiva que impone límites a la antigua manera de ver las cosas.

     

    *Ryan, J. (1991): “The vanishing subject: early psychology and literary modernism”.  Chicago and London: The University of Chicago Press.

    Oswaldo Salazar

    4 diciembre 2010

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