La información experimental enriquece el conocimiento y certifica el descubrimiento.
Hacer o producir algo diferente, es innovación. Es frecuente, sin embargo, que lo que se cree diferente, en realidad no lo es. De esta manera se propagan mitos que son aceptados como descubrimientos.
Un columnista escribió recientemente al respecto: “ni siquiera la ciencia sabe siempre lo que cree saber”. Es decir, la especulación científica teórica, en su más amplia concepción, no solo origina debate, sino que necesita ser probada. Para comprobar es indispensable experimentar, en otras palabras, es necesario encontrar evidencia. La información experimental, entonces, enriquece el conocimiento y certifica el descubrimiento y la innovación. Los sistemas personales electrónicos que permiten la lectura de libros completos son, sin duda, una innovación. Compiten directamente con la oferta del libro impreso, en sí uno de los más importantes instrumentos que impulsaron y consolidaron el conocimiento humanístico, artístico y científico desde los tiempos del Petrarca.
Como sucede a menudo, es posible que la idea original, el momento de inspiración que concibió el instrumento electrónico personalizado de lectura haya resultado en una reunión de un equipo multidisciplinario de investigación y desarrollo. El equipo multidisciplinario o task force es, en estos tiempos de crecimiento exponencial del saber, el parangón al lobo solitario de antaño, distraído e introvertido, que dejaba sus ideas geniales plasmadas a lo Da Vinci. Estos equipos funcionan de maravilla en la industria privada y resulta obvio, entonces, que las grandes empresas innovadoras inviertan 10, si no 20, y hasta un 30 por ciento del ingreso neto de ventas en investigación y desarrollo. El caso típico reciente es el de la industria de biotecnología que ha innovado la industria farmacéutica. Los nuevos fármacos concebidos y desarrollados por equipos multidisciplinarios han capturado ya el 10 por ciento del mercado mundial. El volumen total de insulina consumida en el mundo es producido empleando un microorganismo transgénico, protegido por patentes, en procesos estériles que aseguran la pureza y la inocuidad del producto, lote tras lote, año tras año. En el olvido quedaron los sistemas de extraer y purificar la insulina de páncreas del cerdo.
La historia no termina allí. Se predice que en pocos años existirá la insulina administrada en forma oral, de manera que nadie tenga que inyectarse el producto, a pesar de que varias compañías fracasaron recientemente en la comercialización de un producto administrado por inhalación, el cual no demostró en la práctica la eficiencia requerida. ¿Es la insulina transgénica una innovación? Y el eventual producto de administración oral ¿también lo será?, o es este simplemente un corolario obvio.
Innovación, experimentación, investigación son inseparables en esta catarsis científica moderna que necesariamente induce a la especialización personalizada del saber ¿cómo se incita al investigador a que dentro de un conjunto de resultados experimentales, los cuales en ciertos casos pueden llenar bitácoras, tenga el discernimiento necesario para intuir que algo en el montón es diferente, es extraño al patrón y que merece nuestra atención? Personalmente, luego de bregar algunas décadas en estas aguas, estimo que los conceptos anteriores no se transmiten en cátedra. Más bien se aprenden en grupo, aunque la inspiración es esencialmente personal. Pertenece a nuestros genes.
* Director Centro de Ingeniería Bioquímica, Instituto de Investigaciones, Universidad del Valle de Guatemala.
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