Si el final del año lo pasé en el Atlántico, el principio de 2011 amanecí en el Pacífico, ese mar al que no le va el nombre por violento, traicionero y oscuro.
Recorrimos medio país asqueados ante los postes y las piedras pintadas de propaganda, haciendo el cálculo de lo invertido por los políticos en ensuciarlo todo. ¿Cuánto podrían hacer por Guatemala si no gastaran en publicidad? Lo mismo pienso de la Cervecería, su millonaria campaña que nos seduce a emborracharnos hasta el cansancio ¿Cuánto gastan en la basura publicitaria? ¿Cuánto plástico inservible producen? ¿Cuántos libros se imprimirían con todo ese dinero?
Preguntas que nadie me respondió y que no me quitan el sueño, pero si lo empañan. Total, las vacaciones no son para pensar, sino para disfrutar. Si el Atlántico me regaló un show improvisado de delfines libres, el Pacífico me sugirió la coleta de una ballena en la línea del infinito. Me enseñó la paciencia y la dureza de una tortuga. Y desplegó sobre mi cabeza un show de estrellas perfectas para ubicarme en mi justa y miniatura dimensión.
¿Saben los vacacionistas que los guardianes de los chalets y hoteles queman la basura cuando no la tiran al mar? ¿Sabes a dónde va a parar todo el plástico y empaque que compras? Es fácil criticar la suciedad de un pueblo o de una playa pero no pensar ¿a dónde se va nuestra basura?
Arena negra en los pies, espuma de mar entre los dedos, sabor a sal. Y un océano de sentimientos positivos para empezar el año. De orilla a orilla del país, que nos crezca la conciencia como una ola gigante que modifica fronteras.
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