Cierra los ojos y puede ver el reflejo de las luces en las vitrinas. El sonido de los pasos entaconados de su madre está indeleble en sus oídos. Si se concentra un poco vuelven a su paladar los sabores de los helados y a su tacto el roce fino de las medias italianas que llevaba siempre su mamá. Todo está fresco en su mente, imborrable, pero en la vida real la Sexta Avenida no se parece a su recuerdo, ha cambiado su rostro una y otra vez. Esta es la historia de la avenida más importante de Guatemala y de tres mujeres que fueron testigos de su camaleónica existencia.
Elena estaba escondida detrás del espejo donde su madre contemplaba el vestido de lino que acababa de probarse. “Este no me va, mejor voy con el negro”, dijo y se volvió al clóset desordenado. Elena lo sabía, iban a salir, por eso su mamá cuidaba tanto su atuendo. A ella ya la había ataviado con un vestido rosa pálido y unos zapatos de charol negro que a Elena realmente no le gustaban tanto.
“Vamos a la Sexta”, le dijo su mamá y aquellas palabras eran para Elena como la campanilla para los perros de Pavlov. Su cabeza ya pensaba en los helados del Pasaje Rubio. Lástima que siempre la llevaban con el vestido elegante, si la dejaran usar el de algodón, podría comer sin preocuparse de que una carrera de chocolate le recorriera la pechera.
No tenían nada específico que hacer, ninguna compra urgente, tampoco pensaban encontrarse con alguien. A la Sexta se iba sencillamente a caminar, a ver las recién estrenadas vitrinas y los rótulos con luces de gas neón.
A Elena le gustaba ver los pósters en los cines, donde los rostros de los actores ya le daban una idea de lo que trataría la película. Como a ella no la dejaban entrar a verlas, completaba la historia en su mente, se inventaba qué aventuras sufriría el tipo del sombrero y las botas. Mediaban los años treinta, Elena tenía 6 años y la Sexta era una enorme vitrina de Europa, con sus tiendas iluminadas y sus productos tan caros como exclusivos.
Elena no sabía que esa calle que recorría de la mano de su madre antes se llamaba Calle 30 de Junio y mucho antes Calle Real.
Fue trazada en el siglo XVIII por dos españoles que lo hicieron tal y como lo hubieran hecho en España. Le pusieron Calle Real porque recorría desde la Iglesia de San Francisco hasta el Palacio Real. Era el lugar que se dispuso para que las familias aristocráticas construyeran sus viviendas.
La calle era residencial, aunque algunos de los dueños alquilaban las habitaciones que daban al frente para comercios.
Muchos de ellos eran extranjeros, por eso los productos de Europa no eran extraños entre las mercancías en venta.
En 1871 la calle fue testigo de la llegada de caudillos de la Revolución Liberal, Justo Rufino Barrios y Miguel García Granados. Para conmemorar ese día Barrios decidió cambiarle el nombre, no más Calle Real, ahora sería la Calle 30 de Junio. Ese nombre tampoco le duró mucho tiempo, porque más adelante, en 1877, Barrios hizo una nueva jugada. Ahora quería que las calles de Guatemala tuvieran números en lugar de nombres, como se hacía en Nueva York. Fue así como a la calle 30 de Junio, le tocó el número 6, la Sexta Avenida.
Elena y su madre llegaron a la Sexta cuando el sol no se había apagado, caminaban lentamente, dejando largos minutos frente a cada vitrina, saludando a quienes encontraban a su paso. A Elena le gustaba que todos le dijeran “señorita”, la hacía sentir más importante. El médico, el jardinero, la señora que vendía el pan o el alcalde, les daban el saludo. La Sexta Avenida era de todos, sin importar la clase social. “Antes había distinciones, los ricos y los pobres tenían sitios separados”, le contó su abuela a Elena. Cuando la abuela era joven el sitio de reuniones era el Parque Central. Allí, todos los domingos, había una banda musical, las familias de más prestigio y dinero se paraban muy cerca de los músicos y atrás se acomodaban los demás, hasta llegar a los más pobres que era los últimos, a los que el sonido de la música les llegaba ya contaminado por los aplausos y los gritos de los demás. “¿Dónde estabas tú, abuela?”, preguntó Elena, “por en medio, mi’ja”, le contestó, “ni tanto que queme al santo, ni tan poco que no lo alumbre”. Elena no entendió a qué se refería, pero le habían dicho que no era bueno contrariar a los mayores.
El parque dejó de ser el sitio de reunión después de una terrible catástrofe: dos terremotos en menos de dos meses. 1918 empezó con cientos de viviendas en el suelo, edificios dañados y familias enlutadas. La gente que se había quedado sin casa no tuvo más remedio que improvisar champas en el Parque Central. La banda musical guardó silencio y la alegría se convirtió en incertidumbre. Con el tiempo la tristeza empezó a calmarse y los guatemaltecos comenzaron a salir de nuevo a las calles, a convivir y a olvidar, aunque fuera un momento, la tragedia. Pero ya no había música, ni sitio en el parque.
“Y como la gente ya no tenía donde reunirse y pasar el rato, decidieron caminar por toda la Sexta”, contó la abuela. Desde entonces tomó fuerza la tradición de caminar por la avenida o de “sextear” como se le llamaría más tarde. Los residentes de las casas de la Sexta decidieron marcharse al sur, buscar un nuevo sitio para vivir y dejaron las viviendas exclusivamente para el comercio.
Aquella tarde Elena y su madre pasaron largo rato en la Sexta. Entraron a La Paquetería, les recibió de frente la mesa de perfumes, a Elena le gustaba pasar por ahí para sentir la mezcla de todos los olores. A la izquierda una colección de medias se volvía infinita ante sus ojos. Las de seda que usaba mamá no aguantaban una zurcida más, así que era tiempo de comprar unas nuevas. Al salir comieron emparedados en el Restaurant León y siguieron calle arriba, deteniéndose en cada vitrina. En La Perla la madre vio un prendedor del que se enamoró enseguida. “Vamos a pedirle a tu padre que me lo compre”, le dijo a la niña, que sonreía entusiasmada. Pasó el tiempo y cada vez que volvían a la Sexta, las dos se abalanzaban sobre la vitrina: “mami, todavía no lo han vendido”, le decía Elena, y a la mamá le brillaban los ojos. Pero un día la niña no gritó emocionada. El prendedor ya no estaba. “Bueno, quizá después traigan otro igual”, se consoló la madre. No sabía entonces que al volver a casa lo encontraría empacado en una cajita azul.
Los edificios eran casi todos de estilo Art Decó, producto de la creatividad de varios arquitectos. El que empezó con la idea fue un alemán, Roberto Hoegg, que recién llegado de Europa quiso poner en Guatemala lo mismo que había al otro lado del océano. Desde 1924 las construcciones empezaron a cambiar, las viviendas bajitas de techo de teja se sustituyeron por elegantes y curvos edificios.
Aquellas construcciones se quedaron grabadas en la mente de Elena, que pronto dejó de verlas. El padre decidió que la familia debía mudarse a un pueblo de la Costa Sur. A Elena la separaban ya 160 kilómetros de la avenida de sus sueños. Ella, que soñaba con vivir allí, no volvería en mucho tiempo.
Fue años después cuando regresó. Esta vez iba a estudiar secretariado, en un colegio católico donde permanecería interna todo el tiempo. Los fines de semana los padres de las niñas llegaban a recogerlas para pasar el descanso fuera, pero los papás de Elena rara vez podían viajar a la ciudad Capital, así que ella se contentaba con un breve paseo los domingos: la supervisora del colegio llevaba a las niñas a caminar por la Sexta.
Caminar por la calle era, además de un recuerdo feliz de su infancia, la oportunidad de ver a los muchachos guapos de los colegios que estaban cerca. Era el único día en que podía dejar el uniforme en el armario y vestirse como ella quisiera. Casi siempre elegía un vestido azul, con dos palomas de lentejuelas incrustadas, una en el hombro derecho y la otra en la cadera. Si lograban convencer a la maestra y salir cuando ya había caído la noche, era obligatorio pasar frente al letrero del edificio de la empresa eléctrica, con sus foquitos de colores.
Elena y sus compañeras caminaban en fila india detrás de la maestra, y en la otra banqueta los jóvenes seguían sus pasos. No había forma de que se hablaran, si uno de ellos osaba cruzar la calle la profesora entraría en histeria, pero bastaba con las miradas, las sonrisas a medias, para enamorarse.
Elena se enamoró y poco después de graduarse de secretaria se casó; más tarde, un frío noviembre de mediados de los cincuenta llegó a Ana, su hija mayor.
El prendedor se veía espectacular en el vestido de terciopelo verde. “Era de mi mamaíta”, le dijo Elena a su hija Ana, que miraba estupefacta cómo brillaba en la solapa. Caminaban por la Sexta Avenida, para ir a la iglesia, pero tenían que detenerse obligatoriamente en la vitrina de La Juguetería “de chicos y grandes la alegría”, gritaban Ana y Elena, su hermana menor, cuando estaban ante la puerta del almacén. Dentro elegían el regalo que les llevaría Santa Clós, siempre y cuando fueran niñas obedientes, “si no, les traerá un carbón”, sentenciaba la madre.
Después las dos niñas tenían que elegir entre dos destinos. A izquierda o derecha. A izquierda la casa con el letrero de “Zaror” donde había un montón de frascos de vidrio repletos de dulces. A Ana le gustaban los que tenían almendra y a Elena los de frutas. Elegir el camino de la derecha significa ir al Pasaje Rubio, donde Don Juanito les recibiría con helados. Eran los únicos helados hechos con máquina, al tirar de una palanca salía un torrente de suave y cremoso helado. La decisión siempre era difícil.
Cuando por fin se acercaba la Navidad, era obligatorio ir a Casa Música, donde Ana y Elena podían saludar en persona a Santa Claus. “Es el verdadero, verdadero”, decía Ana a su hermanita. El “verdadero Santa” llevaba una máscara de plástico con agujeros para los ojos, aún así, nadie dudaba de su autenticidad. Cada inicio de año Elena llevaba a sus dos hijas a comprar zapatos al mercado central, pero con una advertencia: si alguien pregunta dicen que los compramos en la Sexta. No faltaba la tía o la vecina que preguntaba y Ana respondía de inmediato "en el merc... en la sexta".
Cuando Ana creció, la Sexta cambió para ella. Ya no le interesaban tanto la tienda de dulces, ni los helados, ni aquel almacén que tenía un letrero que decía: “La cigüeña los trae y Mi amigo los viste”. Ahora prefería ir a la tienda Magda, donde vendían ropa importada y de vez en cuando anunciaban rebajas. Eran ocasiones imperdibles. Para las fiestas lo mejor era buscar un figurín y luego correr al almacén El Cairo a comprar la tela perfecta. La costurera se encargaría de que fuera una creación única. Los zapatos y la bolsa, los encontraría en el Gran Emir.
Para ir a “sextear” había que arreglarse, no solo porque era habitual encontrarse con amigos o conocidos, sino porque cerca estaba el American English School, El Infantes y el San Sebastián y no era raro que uno de los estudiantes –los más guapos del país, recuerda ella– apareciera por la calle.
Una mañana una noticia sobresaltó a Ana, La Paquetería había desaparecido. Era 1967 y el almacén que guardaba muchos de sus deseos se había vuelto ceniza. La guerrilla puso una bomba que acabó con todo. A los pocos días Ana y su mamá fueron a la Sexta y se encontraron con una venta improvisada de los pocos objetos rescatados, casi todos tenían ceniza y alguna parte achicharrada. Una mala nube pasó por la Sexta.
Venían días de desgracias para Guatemala. La guerra era un hecho y el miedo empezaba a hacerse presente.
Muchas personas que vivían en los departamentos emigraban a la capital para huir de la guerra. A veces llevaban verduras o frutas que intentaban vender en la Sexta Avenida, pero cuando la Policía los encontraba irremediablemente perdían sus mercancías. La avenida empezó a cambiar.
La calle sufrió un golpe más. En 1976 el terremoto volvió a azotarla. El Mercado Central se vino abajo y decenas de vendedores se quedaron sin un sitio dónde trabajar. Algunos consiguieron un espacio en el Parque Colón, y otros en el Portal del Comercio, pero muchos se quedaron literalmente en la calle. Fue entonces cuando decidieron ubicar sus ventas en las aceras de la Sexta Avenida, nadie podía decirles que no, su mercado había quedado en ruinas. El comercio informal empezó a cambiarle la cara a la emblemática avenida.
Una noticia impactante llegó a través de la televisión. Le habían dado golpe de Estado a Romeo Lucas García. El corazón de Ana palpitaba más rápido: “¡Le dieron golpe a Lucas!”, gritó casi sin darse cuenta. Pero su única oyente era una niña que jugaba con su muñeca de trapo, “¿y quién lo golpeó, mami?”, preguntó la pequeña, sin comprender muy bien quién era Lucas y por qué era tan importante que alguien le hubiera dado un golpe. Ana, claro está, no intentó explicarle lo que pasaba. Más bien la tomó en sus brazos y salió corriendo a casa de su madre.
Eran los años ochenta y el conflicto armado estaba en su apogeo. Un carro bomba había estallado en la esquina de la Sexta Avenida y la Sexta Calle. Aquello volvió a poner la atención sobre la otrora hermosa avenida, que ahora empezaba a volverse peligrosa. El Presidente, como precaución, prohibió que circularan carros por toda la Sexta, se volvió, por primera vez, peatonal. Pero más espacio libre atrajo a más vendedores, muchos de ellos llegaban del altiplano, agobiados por la violencia. Para mediados de los años ochenta ya no es tan fácil caminar por la Sexta, a las aceras les ha robado espacio el comercio, las ventas antes improvisadas, empiezan a tomar forma de pequeñas champas. En 1983, el Gobierno decide cobrar un alquiler a los vendedores de la avenida y el gran mercado se institucionaliza.
Aunque la avenida ha cambiado y el glamur y la elegancia se esfumaron, Ana no deja de ir a la Sexta. Lleva de la mano a María que se distrae entre todas las ventas, ya no hay marcas originales, ni productos europeos, casi todo viene de China y es imitación, pero a María le gusta, por eso casi siempre sale con alguna baratija bajo el brazo. Ana sigue comprando su ropa y la de su hija en la Sexta, la situación económica en la familia ya no es la misma, pero la situación económica de la calle tampoco. Ana no sabe quién se adaptó a quién, pero lo cierto es que sigue sintiéndose unida a la avenida.
A María le gusta ir a darle de comer a las palomas del templo de San Francisco, saborear las mixtas Frankfurt o comprar un helado en la Pops. De vez en cuando ven a alguien correr y meterse al Pasaje Rubio para salir por la puerta que da a la Novena Calle. Va de prisa y pasa empujando a quien se le ponga en el camino. Es un ratero que encontró en el cuello de alguna mujer su botín. Elena, que ahora es abuela, no va más a la Sexta, dice que le da tristeza verla tan deteriorada, María no entiende por qué, a ella le gusta, hay mucha vida y mucha algarabía siempre.
María recuerda muy bien el día en que fueron a ver una procesión. Su mamá le compró un trozo de pizza en Al Macarone y ella estaba dándole pequeños mordiscos, el papel café en el que se la envolvieron empezaba a deshacerse por la grasa. El anda pasó lento y difícil por la calle. Había tantos letreros que los cucuruchos tenían que agacharse demasiado para que no topara con alguno. Aquello era un mar de rótulos, si se paraba en la entrada era imposible verles el fin. A María le gustaba mucho uno que decía “Miami Vice” porque le recordaba algo que vio en la televisión.
De mayor María frecuentaba menos la avenida. Salir sola o reunirse con amigas era peligroso, por eso casi siempre se juntaban en un centro comercial, donde había helados, comida y seguridad. A la Sexta iba muy poco, cuando su madre debía hacer algún trámite que no podía eludir o cuando la convencía para ir a buscar discos de música pirata.
El año pasado María hizo algo que también hicieron su madre y su abuela: fue a la Sexta con los amigos. Había payasos y música en la calle. Comieron en Los Cebollines y se tomaron fotos frente a las esculturas de jaguares. “Este va a ser nuestro sitio de encuentro”, vaticinó. Una de sus amigas, la única del grupo que ya es madre, adivinó la cara que pondría su hija frente a las esculturas de metal que ahora adornan la calle, “le van a encantar”, dijo. Todos coincidieron en algo: encontraron un sitio dónde caminar, simplemente caminar como hacían su madre y su abuela.
El día que llegaron también había un desfile de modas, pero no pudieron verlo porque no tenían invitación. “Mi bisabuela decía que cuando iban al parque los ricos estaban cerca de la banda y los pobres al final”, le contó a sus amigos, “las cosas están regresando a como eran antes”, reflexionó.
Como antes, cuando la avenida era un paseo relajante y un sitio de encuentro. Como antes, cuando en Guatemala no mataban 17 personas cada día. Como antes, cuando la abuela se sonrojaba porque un muchacho se le quedó mirando.
*Relato en base al testimonio de varias personas y de los datos históricos de Aníbal Cajón, autor del libro De la Calle Real a la sexta Avenida.
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