Antes de la caída del Muro me enamoré de K., la bella y brillante alumna que asistía a los cursos que yo daba en la universidad de Leipzig, en la antigua RDA. La atracción fue fulgurante y mutua, y no tardamos en protagonizar un apasionado romance que duró muchos años.
Sin embargo, el destino no nos la puso fácil. Al mes de andar juntos, el Sr. Ranner, jefe de Relaciones Internacionales de la Universidad, me convocó para una reunión en su despacho. Había allí también un hombre bajito con cara de tabla, visiblemente un agente de la Stasi o policía secreta de Alemania del Este.
Hemos sabido que Ud. sale con una alumna, dijo Ranner. El problema es que es hija de un coronel responsable de la custodia de uno de los pasos hacia Berlín Occidental, de modo que no puede salir con esta señorita, es un asunto de seguridad del Estado. El hombrecillo de la Stasi acotó: De suerte que si Ud. quiere seguir en nuestro país, tendrá que renunciar definitivamente a esa relación, ¿está claro? Le damos una semana para pensarlo.
El mundo se me vino encima y me sentí abominable. Mi corazón atribulado no aceptaba darle fin a esa relación; pero si no lo hacía, me expulsarían. Pensé que iba a enloquecer. Desesperado, con voz entrecortada, le conté lo sucedido al único amigo que tenía, un chileno exiliado a quien la guardia pinochetista había torturado hasta destrozarle los testículos.
El asunto es simple, me dijo. Haz lo que todos hacen aquí. ¿Qué?, pregunté. Pues miente. ¿Cómo así? Di amén y después haz lo que quieras, pero a escondidas. Así que eso hice, y a partir de entonces nuestro desenfrenado amor fue clandestino, hasta que el Muro y su perversión se derrumbaron en 1989. Luego sucedió lo de los platillos voladores; pero bueno, esa ya es otra historia…
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