Lo verdaderamente importante de mi intervención como Procurador General de la Nación y Jefe del Ministerio Público, en el caso Myrna Mack –caso que, como tantos otros, no había tenido avance alguno sino hasta que se produjo mi llegada a dicha institución– marzo de 1991, seis meses después de que fuera asesinada –no fue, como dice Juan Luis–, el haber conseguido traer a Guatemala a su asesino material, sino algo más importante aún: El haber demostrado la relación existente entre este, y el Estado Mayor Presidencial, a tal extremo que pudo afirmarse, a partir de entonces, que un crimen –ese crimen– los resolvía todos ¡el Estado metido en el asesinato de Myrna Mack hasta las cachas!
Mi intervención fue ampliamente reconocida por su hermana Helen –en aquel tiempo no existía aún la Fundación, ni había recibido premio alguno– tal y como fue reconocida, también, en otros casos que, hasta entonces, parecían imposibles, tal el de Michael Devine, asesinato ocurrido en el Departamento de Petén y en el cual la institución bajo mi mando pudo lograr –ante tribunal militar– ¡caso insólito! la condena de los miembros del Ejército de Guatemala que estaban implicados en el crimen, incluido un oficial.
En mis escasos 18 meses de mandato se lograron cosas inimaginables, como la condena –ante tribunal militar también– de un suboficial y de un elemento de tropa, autores de la masacre de Ciudad Peronia; las únicas tres extradiciones importantes que se han dado de las cabezas del narcotráfico en toda Centroamérica; la casación que diera vuelta a la sentencia absolutoria por el caso del CUNOC, caso que, en segunda instancia, había perdido Harvard; la liberación de campesinos que habían sido acusados como invasores –ardid para negarles prestaciones– cuando en realidad eran colonos; los desalojos, sin violencia, en el caso de verdaderos invasores; el esclarecimiento del caso Chez Pierre.
Entiendo que mi función al frente del Ministerio Público –hasta entonces ¡increíble, pero cierto! una institución muy poco conocida– marcó un hito en la historia ¡la falsa humildad no es otra cosa que soberbia! y fue notable en verdad pero de allí a que sea Supermán o que haya sido Luis XIV ¿el Estado era yo? lo que generosamente me atribuye Juan Luis, hay un trecho.
El caso Mack y otros casos similares determinaron mi salida de la institución –el sistema no aguantaba a un Jefe del Ministerio Público de semejantes quilates, ni quiso tenerlo nunca más.
Font fue uno de los pocos periodistas que se expresó, en favor de mi regreso –época ya de los Fiscales Generales– ahogada la institución en la patética ineficiencia y corrupción ¡sólo ganas! a que fuera conducida ¡buena la hicieron los diputados depurables y su sórdido mandatario, el Consejo espurio! Agradezco que Juan Luis haya tenido las agallas de confirmar lo que dije: la diligencia de exhumación para confirmar o excluir la identidad atribuida al cadáver enterrado en el cementerio de Retalhuleu –mayo de 1992– fue suspendida porque no se contaba con los elementos para hacerla –ficha dental, elementos de contraste para hacer un ADN, etcétera, lo que informé ese mismo día– para que fueran aportados –al Procurador de los Derechos Humanos– único solicitante de la diligencia.
Cuatro meses después, ya me encontraba yo fuera de la institución –la patraña que se montara en mi contra– ¡ah el Estado Mayor Presidencial! había funcionado y, lo que es cierto es que, en 1994, ya no como Jefe del MP, sino como Procurador General de la Nación –las instituciones separadas– insté, ante la Corte Suprema de Justicia, el entonces ya posible –no lo era antes– procedimiento de investigación especial para establecer su paradero.
Con Rodrigo Asturias, hablamos detenidamente, en México, sobre este caso –Efráin Bámaca gozaba de su cariño paternal y mi actuación en aquella diligencia quedó clara– como todas: sin ver colores, ni tamaños, había estado, como siempre, al lado de la ley.
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