Estuve tomando fotos en la zanja donde están instalando una gran tubería para conducir las aguas negras de varios poblados hacia el río Guacalate, en el camino a Ciudad Vieja. Dicho proyecto, a cargo de la municipalidad de Antigua, constituye un atentado ambiental, puesto que no toma en cuenta las precauciones universalmente recomendadas. ¡No están construyendo una planta de tratamiento, y aunque se sabe que eso significa un daño de proporciones graves, se ha dejado para después! El razonamiento es que “si de todas maneras ya la caca cae al río, qué más da seguir haciéndolo”.
En esos días salió publicada la noticia de la agonía del río Huixta en Huehuetenango, el cual ha mermado en su caudal y calidad del agua, por la basura, café, linaza y otros desperdicios que se le derraman, provocando alarma entre los vecinos que temen por su salud y la de sus hijos. Laguna Campana de Oro en Chiquimula ya se convirtió en pantano. En Suchitepéquez el riachuelo Xeleká desapareció por tanta basura que le depositaron. Y así, día a día van muriendo las fuentes de vida para comunidades enteras. Salir a recorrer el país y ver los ríos se convierte en un funeral: los que no han desaparecido o muerto, están todos llenos de basura y desechos químicos, huelen mal y sumergirse en ellos es impensable.
El placer de bañarse en aguas prístinas o disfrutar sus playas quedó en el pasado, gracias a la falta de conciencia y a los abusos que cometen empresarios, finqueros, funcionarios e individuos. Especialistas afirman que el 90 por ciento de nuestros ríos está contaminado. Desgraciadamente, y no por casualidad, carecemos de estudios disponibles que nos informen sobre ello, quizá para ocultar una realidad que se ha desbordado.
Utilizar los ríos como vertederos de basura, la deforestación de las cuencas y nacimientos, el desvío para el riego o las industrias, la minería particularmente, y la construcción en sus orillas, son fenómenos que deberían considerarse ya como delitos ambientales, y ser penados por la ley.
La oposición a las grandes hidroeléctricas que muchos manifestamos, pública y pacíficamente a través de los medios de comunicación y en consultas populares, no es un capricho ni una manipulación comunista. La ciudadanía ya está consciente de las amenazas que conllevan: el represado a gran escala causa que el flujo del río se altere, que cambie la química de las aguas y por lo mismo, su cantidad y calidad declinen.
Las mujeres sabemos que sin agua, la vida se acaba. Por lo mismo, exigimos que los proyectos que prometen el espejismo del desarrollo, vayan de acuerdo con las necesidades de las comunidades y su entorno, sin ponerlas en peligro ni bajo amenaza. La prioridad en la política debe ser, sin duda, la recuperación y protección de los bienes naturales y el beneficio para todas las personas.
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