La crisis egipcia ilustra nuevamente sobre la degeneración de una dictadura y sobre el vacío institucional que deja tras de sí.
La crisis egipcia ilustra nuevamente sobre la degeneración de una dictadura y sobre el vacío institucional que deja tras de sí. Lo más terrible es que la caída de la dictadura oprobiosa y corrupta de Hosni Mubarak podría abrir las puertas al caos, a la anarquía, al extremismo e, incluso, al fundamentalismo religioso, ante la falta de instituciones democráticas con capacidad para orientar, promover y organizar los procesos de cambio social, político y económico.
El elemento principal que da fuerza vital a una democracia es la autocrítica, que le asegura la capacidad de recuperación, de la que no goza una dictadura. A esta le es inherente la intolerancia y la represión violenta de las fuentes de crítica y cuestionamiento. A lo interno de una dictadura no existe la retroalimentación que le asegure la energía necesaria para renovarse o, en su caso, para reinventarse a sí misma. Luego, los regímenes autoritarios o totalitarios inexorablemente envejecen y mueren. Son incapaces de hacer frente a nuevos desafíos y exigencias de transformación. Por el contrario, una democracia puede sufrir altibajos, desconcierto, inestabilidad, desorden y desajuste; empero, la experiencia histórica dice que una democracia no sucumbe gracias a la autocrítica, que le garantiza la regeneración, la oxigenación y la adaptación.
Sin duda, la caída de la dictadura egipcia traerá ingobernabilidad, desorientación, desconcierto, así como amenazas, riesgos y peligros, que, inequívocamente, se traducirán en inestabilidad no solamente en Egipto, sino en toda la región. La contaminación ya está teniendo lugar en Arabia Saudí, Jordania, Libia, Marruecos, Siria y Yemen, y podría extenderse a otros países como Irak, Pakistán y Afganistán, entre otros.
Las democracias occidentales (estadounidense y europeas) están viendo con preocupación el desarrollo de los acontecimientos en el Medio Oriente, porque se pone en peligro el precario equilibrio y estabilidad alcanzados y mantenidos a través de negociaciones, apoyos y pactos con dictadores. Indudablemente, este es el costo de tratar con autócratas y no con gobiernos surgidos de la voluntad popular.
Asimismo, los gobiernos autocráticos de China, Rusia, Irán y Corea del Norte también advierten peligro en los desbordes sociales en el Medio Oriente, ya que alientan demandas internas en pos de la democracia.
¿Hasta dónde llegará el clamor por el cambio? Impredecible.
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