No cabe duda que nuestra Guatemala se mantiene inalterable en una sola cosa: el cambio constante, sin que nada realmente cambie. El miedo (muchas veces fundado pero muchas otras totalmente infundado), las bolas, las balas y la permanente sospecha de unos respecto de los otros, no nos permite ponernos serios y comprometidos con un futuro diferente porque siempre estamos desconfiando unos de otros. Lamentablemente, la historia nos ha marcado por el engaño, las dobles agendas, los intereses creados de personajes y grupos económicos y sociales, que ha derivado en una falta crónica de verdadero civismo, visión y compromiso de largo plazo.
La generación de precandidatos a la Presidencia de la República es de hijos de la guerra, porque todos deben tener al menos 40 años de edad; se mantienen a la defensiva porque vivieron casi toda su vida en un ambiente de intranquilidad, sospecha y zozobra constante. Unos en un bando y otros en el otro bando. Era imposible permanecer neutral. Así fue el enfrentamiento armado interno de casi cuatro décadas.
Qué pasaría si, hipotéticamente, ninguno de los precandidatos que suenan puede ser candidato a la Presidencia. Uno porque combatió al otro bando durante la guerra y una viuda aún lo persigue. Otra, que estuvo en el bando contrario, porque su situación matrimonial imposibilitaría su inscripción.
Uno porque ya ejerció la Presidencia. Otra porque irrumpió en el hemiciclo parlamentario, usurpó la Presidencia del Congreso exigiendo la renuncia de los diputados, en una clara alteración del orden constitucional. Otro porque los ministros de culto no pueden optar a la Presidencia (por lo menos, los curas nunca pueden dejar de serlo).
Una porque su padre gobernó como producto de un golpe de Estado. Otro porque nació en Suiza y para optar al cargo de Presidente debe ser guatemalteco de origen. Otra porque en sus propias memorias reconoce que fue integrante de las fuerzas armadas insurgentes, en contra del orden constitucional establecido.
Claro que esto no pasará porque objeciones siempre podrán haber; al final, todos los cuestionados podrían terminar compitiendo por la Presidencia. Nuestra sociedad sigue muy dividida y solo cambiando de mentalidad y actitud, bajando nuestras defensas y confiando más unos de otros, podremos construir una Guatemala distinta. Ojalá todos los hijos de la guerra estemos dispuestos a hacerlo. Francamente, tengo la impresión que el país no resiste más confrontaciones inútiles. Ahora tenemos un enemigo común: el crimen organizado transnacional.
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