Unas cuantas décadas atrás el aeropuerto de Guatemala tuvo sus días de esplendor.
Méndez Vides
Unas cuantas décadas atrás el aeropuerto de Guatemala tuvo sus días de esplendor. El edificio se veía a lo lejos, en medio de la finca La Aurora, como un avión en reposo. Atrás quedaron los motores de hélice y el edificio de teja que todavía aparece en blanco y negro en alguna película provinciana. Era como poner un pie en la modernidad y otro en Daktari, con leones y elefantes junto a la pista de salida.
El resto de países de Centroamérica se conformaba con sus pistas de pueblo y sus edificios menudos. La aventura aérea avanzaba con lentitud. En Tegucigalpa un semáforo detenía el tráfico de los escasos automóviles cada vez que un avión se preparaba para descender, por esa costumbre no superada del ferrocarril y por lo escarpado de la ubicación. El síndrome del norte aplicaba a nuestro país, los centroamericanos miraban hacia Guatemala, así como nosotros mirábamos hacia México y como los mexicanos miraban hacia Estados Unidos. Tuvimos nuestro tiempo de esplendor moderno, como lo fue en la época precolombina y en la colonial, hasta que nos quedamos atrás. Los cheros construyeron un inmenso aeropuerto, sin belleza ni lujos, pero amplio, vivo, adecuado para recibir todo el flujo aéreo de la región.
Los hondureños apostaron por modernizar su capital económica, San Pedro Sula, y allí construyeron una moderna terminal aérea, con sus bemoles, pero digna. Costa Rica optó por la impresión al turismo, y para ello construyó un aeropuerto cómodo y glamoroso, que brinda a los turistas americanos la impresión de no haber salido totalmente de su mundo ni de su tiempo. Borraron de un plumazo el estereotipo cinematográfico de las calles de tierra y hoteles con gallinas paseándose por el patio abierto. Nicaragua no se quedó atrás, acaban de estrenar un edificio que da una cálida bienvenida a los visitantes. Todos progresan mientras Guatemala se empeña en los remiendos de lo insalvable, realizando cambios cosméticos y mejorando el espacio del puerto libre.
El área de despedida es hoy día un enjambre de comercios que tapan la visibilidad, entre vueltas y escondites, propios de un mercado del tercer mundo. Pero el mayor horror es para quienes vienen y entran por las catacumbas carcelarias, por pasillos oscuros, tipo los supuestos túneles del palacio nacional, por donde escapaban los políticos o entraban sus asesinos. Cada vez que se aproxima una visita importante, las autoridades mandan a pintar y lustrar. Como no tenemos metro, se les ocurrió llenar el sórdido túnel con fotografías turísticas de nuestra cultura. Somos un anuncio de película. Ocasionalmente el viajero es recibido con el júbilo melancólico de la marimba, que suena triste e ingrata. Para los chapines que andamos como cristianos errantes, la música llorona es el abrazo de la patria que nos ahoga a traición.
Antes, al regreso de un viaje por Centroamérica, sentía que recuperaba el contacto con la civilización, ahora lo que me invade es una profunda tristeza. Los despojos del aeropuerto rebelan la realidad de la patria. ¿Qué sucedió con el mito de la Capitanía?
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