Como ya es costumbre, en las comisiones paritarias del salario de 2010, los representantes del sector empresarial y de trabajadores no alcanzaron acuerdos sobre el monto del salario mínimo que debía regir en 2011. En consecuencia y como es su obligación legal, el Presidente de la República tuvo que decidir y acordar un aumento del salario mínimo del 13 por ciento para actividades agrícolas y no agrícolas, y del 14 por ciento para el sector de maquila.
La decisión ha generado posiciones encontradas y contradictorias. Por una parte, el Gobierno justifica el aumento por la brecha existente entre el salario mínimo y el costo de la canasta básica. El sector de trabajadores adujo que el incremento era necesario y que no impactaría en la economía nacional, pues en 2011 se espera que suba el volumen de exportaciones. Por la otra, el sector empresarial a través de medios de prensa manifestó su descontento y señaló que esta medida traerá desempleo y disminución en la tasa de crecimiento económico.
Una de las razones por la que esta discusión con argumentos tan distantes todavía se mantiene, es la poca disponibilidad de información sobre el empleo en el país. Por ejemplo, los últimos datos oficiales de desempleo son de 2006 y 2010; con esta escasa información es imposible establecer si los aumentos en el salario mínimo influyen o no el empleo, por lo menos utilizando datos oficiales, que pese a todos sus posibles defectos, son los que tienen más probabilidad de no tener sesgos.
Ante la discrepancia de opiniones respecto del tema, en el documento Evaluación Económica de 2010, Asies realizó un análisis estadístico sobre la relación entre aumentos en el salario mínimo y el promedio anual del porcentaje de empresas que opinaron haber incrementado trabajadores según la Encuesta Empresarial, estudio que desde 1999 realiza trimestralmente la asociación.
Tales datos muestran aspectos interesantes. Por ejemplo, no obstante que en 2004 rigió un aumento de 18 por ciento al salario mínimo, 26 por ciento de empresarios opinó haber incrementado plazas de trabajo; en el otro extremo, en 2005 no se dio ningún incremento al salario y 25 por ciento de las empresas encuestadas incrementaron plazas laborales. Asimismo, en el año en el cual más empresas aumentaron plazas de trabajo según la Encuesta Empresarial (32 por ciento), se dio un incremento del 10 por ciento en el salario mínimo.
Dado que la relación entre incrementos al salario y la generación de plazas no es del todo clara, se realizó una prueba estadística para determinar si estas variables están o no asociadas. La conclusión del ejercicio es que es tan baja la probabilidad de que los aumentos en el salario mínimo incidan en cambios en la generación de empleos, que no puede aceptarse esta hipótesis. Aquí son importantes dos aclaraciones sobre los resultados obtenidos: 1. aplica solamente a las empresas formales del área metropolitana, marco de muestra de la Encuesta Empresarial; 2. son válidos solo para incrementos del salario cuya magnitud es igual o inferior a los decretados en la pasada década, debido a que no se tiene evidencia sobre lo que sucede con aumentos de mayor magnitud.
Los resultados muestran que los incrementos al salario no necesariamente aumentan el desempleo. Lo anterior frente al crecimiento de la brecha existente entre salarios y costo de la canasta básica sugiere que aumentar los salarios es una medida de política adecuada. Al respecto vale la pena recordar la encíclica papal Caritas in Veritate, en la cual se menciona que para lograr una mejor armonía social en el mundo es necesaria una justa redistribución del ingreso.
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