La semana pasada me recomendaron leer Menú Electoral Alarmante para Guatemala, escrito por Daniel Altschuler y Javier Corrales, para la revista Foreign Policy, versión en español. Nuestro país ha sido objeto de toda clase de menciones que van desde la burla hasta la denigración, con motivo del divorcio presidencial. Pero una cosa es hacer mofa de una situación y, otra muy diferente es el análisis serio que señala que en Guatemala hemos vuelto a la confrontación.
Igual de fuerte me pegó el comentario de un distinguido salvadoreño, que recientemente señaló: “Guatemala no tiene todavía una salida viable, porque ha regresado a los años ochenta”, refiriéndose al menú electoral que nos presenta en contraposición dos extremos recalcitrantes, al estilo de los años de la guerra interna: por un lado un movimiento de la izquierda más destructiva; y por el otro, la más dura represión.
Si bien terminamos el conflicto armado, nunca se dio la tan afamada “paz firme y duradera”. No se implementaron debidamente los Acuerdos de Paz, no se hizo ninguna previsión respecto a los cientos de miles de armas que había al final del conflicto armado, ni hubo un verdadero plan de inserción social y laboral para una generación que había vivido por 36 años en guerra, y cuyas habilidades se reducían prácticamente al uso de las armas. Pero nunca imaginamos que íbamos a tener que considerar la triste posibilidad de vivir, una vez más, con el riesgo de otro conflicto similar. Las dos posiciones tan antagónicas que se le presentan hoy al votante guatemalteco, no solo nos hacen recordar el conflicto como lo señala el artículo mencionado anteriormente, sino que comenzamos a ver y percibir ya la creciente confrontación, que sin duda va a subir como espuma en los próximos meses.
Si a eso añadimos el gasto desmesurado de las campañas, y el más absoluto irrespeto a la ley, el diagnóstico es crítico. Han pasado 15 años desde la firma de los Acuerdos de Paz, y no hemos sido capaces de generar la productividad y el crecimiento económico que satisfaga las necesidades de una población que se debate entre la pobreza y la inseguridad. No resulta difícil entender la frase “nos falló la democracia”, pero no por eso vamos a lanzarnos ahora en los brazos del populismo de extrema izquierda, o en la represión de la extrema derecha. ¿Seremos capaces de construir un futuro diferente?
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