Si usted no ha visto Puro Mula, no sabe de lo que se está perdiendo. Es una cinta en la que la risa fluye espontánea, gracias a un ingenioso guión que hace ver lo simpática y divertida que es nuestra forma de ser como guatemaltecos.
El ethos nacional, uno lo ve con los comediantes que acceden a la televisión local, no hace broma de nuestra cultura, de la forma como nos comunicamos, ni tampoco de nuestras costumbres y creencias. El humor que suele haber en la TV y comedias del teatro de jajajá es agresivo, y personificado: se ensaña en personajes políticos, que son, en este país, los únicos que encajan la crítica y la parodia. Algo que no sucede con artistas, líderes religiosos ni empresarios. Como los políticos aguantan con todo, abundan farsas en las que Alfonso Portillo o Álvaro Colom, son objeto de escarnio y mofa. Este tipo de humor suele, también, estereotipar a otras nacionalidades y grupos étnicos ajenos al que pertenece el comediante. Vean ustedes en “Moralejas” cómo se caracteriza a los indígenas y a los chinos. O recuerde cuántos chistes han escuchado con Rigoberta Menchú como protagonista.
Tal vez las únicas excepciones a esta línea, lo constituyan Celia Recinos y Josué Morales. Es ya icónica la Jacky, ese personaje que describe de forma tan elocuente el clasismo que exudan no pocos ladinos urbanos de estratos medio y alto. Aquí ya hay un intento de satirizar a la sociedad en su conjunto.
Puro Mula se ubica en esa vertiente, ajena al referente político y al estereotipo racista, que se divierte desnudando la cultura. Esta película toma sus personajes de una clase media depauperada, un grupo donde se evidencia cómo la rigidez del modelo económico y social guatemalteco empuja al desempleo e incluso a la anomia. El protagonista es Joel Fonseca, un adulto treintañero, sin trabajo, sin carrera y sin perspectivas de mejorar, dependiente todavía de su padre, en cuya casa vive. Joel ocupa su tiempo en beber cerveza, escuchar la radio y rasguear una guitarra.
El universo de Joel es su colonia. Y es en ese microcosmos, en el que estos cineastas, graduados de la escuela de cine y televisión San Antonio de Los Baños, en Cuba, realizan, a través de Joel y los demás personajes, esta jocosa disección de la forma de ser de la clase media guatemalteca. Es tan certera la representación que uno se sorprende al saber que el guionista, Ariel Escalante, es costarricense, y el director, Enrique Pérez, panameño. Indudablemente la distancia emocional que da no haber nacido ni crecido aquí, les ha permitido a ambos identificar giros idiomáticos, lenguaje corporal y estructuras de pensamiento tan características de los guatemaltecos.
La risa brota porque la manera como los personajes interactúan, se justifican, se insultan son las mismas que utilizamos nosotros cotidianamente. El ritmo dinámico del guión, la música y la actuación hacen perdonar los evidentes problemas de iluminación de la cinta y la pésima proyección de la sala.
Si aún no la ha visto, aproveche a hacerlo esta semana. Joel Fonseca le ayudará a quitarse ese corsé de seriedad que tan tiesos nos mantiene.
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