El domingo pasado, el presidente de los EE.UU., Barack Obama, informó que Osama Bin Laden, fundador y jefe de la organización terrorista Al Qaeda, había muerto como resultado de un ataque planeado y perpetrado por las fuerzas armadas estadounidenses en territorio pakistaní.
Al Qaeda fue la responsable del atentado terrorista contra el World Trade Center en Nueva York, EE.UU., ocurrido el 11 de septiembre de 2011, que dejó una cauda de 2 mil 974 muertos. Al Qaeda también fue la artífice de los atentados terroristas sucedidos en Arabia Saudí (1996), Kenia y Tanzania (1998), Yemen (2000), Túnez (2002), Kenia (2002), Arabia Saudí (2003), Turquía (2003), Marruecos (2004), España (2004), Inglaterra (2005), Egipto (2005), Argelia (2007) y Marruecos (2011), entre otros.
Bin Laden se había convertido en el enemigo público número uno y su cabeza tenía precio. Sus terribles ataques terroristas cambiaron al mundo para siempre. La seguridad se volvió una cuestión fundamental y prioritaria, al extremo que todos los Estados han invertido en controles, inteligencia, tecnología militar, inmigración y documentación en general.
La aprensión y la desconfianza se apoderaron del mundo debido al terrorismo internacional.
“El que a hierro mata a hierro muere”, dice una antigua sentencia. Bin Laden se convirtió en un asesino y su destino fue morir violentamente, al igual que ocurre con los violentos en general. “Siembra vientos y cosecharás tempestades”, reza el refrán.
Sin duda, Al Qaeda ha sufrido un golpe contundente y devastador. Los pueblos civilizados quisieran que fuera definitivo y mortal; sin embargo, el tiempo dirá si esto es cierto. Desafortunadamente, el fanatismo despierta pasiones insospechadas, que, incluso, llevan a la gente hasta la irracionalidad y la inmolación.
La invariable aspiración de los pueblos y naciones a través de la Historia ha sido la paz. No obstante, hemos vivido en medio de la guerra y la barbarie. La ley del más fuerte se ha impuesto y no la justicia y la igualdad ante la ley. Estamos convencidos que la humanidad solamente alcanzará la paz a través del Derecho, de la libertad y de la justicia. La guerra, la confrontación, la intolerancia y el fanatismo llevan al sufrimiento, al odio, a la destrucción, al caos y a la muerte.
La humanidad no debe desmayar en el esfuerzo por la convivencia en paz, por la solución pacífica de los conflictos y por la plena vigencia de la justicia del respeto, de la tolerancia y de la no violencia. Así sea.
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