¿Justicia? ¿O se concretó el desquite tan deseado, tan humano?
Un guatemalteco medio –esto es, sin devoción pero también sin antipatía hacia Estados Unidos– presencia en esta semana el anuncio oficial de la muerte de Osama bin Laden a manos de un comando de superhombres y apenas comprende todo lo que significa. Imagine usted, militares entrenados con métodos que incluyen saltar de un avión a más de diez mil metros de altura con máscara de oxígeno puesta, preparados a tomar control de un barco secuestrado en alta mar. Un equipo de esos superagentes voló en helicópteros hasta el corazón de Pakistán, entró sin encontrar apenas resistencia al complejo donde se escondía su enemigo, mató a quienes pudieron significar algún riesgo y finalmente acabó con la vida del terrorista desarmado pero con un fusil a su alcance.
Se hizo justicia, dijo el presidente Barack Obama. ¿Justicia?, ¿o se concretó el desquite tan deseado, tan humano?
Sabrán ellos, los estadounidenses, lo que se siente ser parte de ese gran país que de súbito vio morir en su ciudad más rica y sofisticada a casi tres mil personas a manos de terroristas. Ver saltar al vacío a aquellos inocentes desde las Torres Gemelas fue una experiencia traumática y aterrorizante, lo suficiente para creer que cualquier método se justificaba con tal de alcanzar al causante.
Enterarse casi diez años después que ha muerto la persona considerada responsable de esos actos, pues debe inspirar satisfacción, alguna vindicación por el dolor y el terror sufridos. Es razonable que una mayoría, entre los que se incluye al propio presidente Obama, sea incapaz, a diferencia de Martín Luther King Jr, de encontrar el sinsentido de la celebración de la muerte del enemigo y comprender que solo el amor redime a quienes sufren y a quienes inflingen sufrimiento por igual. Por eso saltaban de alegría en la noche del domingo frente a la Casa Blanca y ondeaban banderas y se regocijaban por una muerte tan anhelada.
Esa alegría, sin embargo, no es plena y trae consigo, como el reposo del domingo por la tarde, la inquietud de lo que habrá de sobrevenir. Los riesgos a los que están sometidos los estadounidenses dentro y fuera de sus fronteras habrán de acompañarlos por siempre y todos sus agentes sometidos a los entrenamientos más extenuantes, y toda su tecnología capaz de detectar desde el espacio el movimiento de un zorro dentro de una caverna, son insuficientes para mitigar ese miedo. La justicia o la venganza no devuelven la realidad a su punto de partida.
Desde Guatemala las cosas pueden verse con otra perspectiva. Es útil tomar distancia, lo que no significa necesariamente ser adverso, de la narrativa oficial estadounidense. Ese discurso sitúa el inicio de esta historia de héroes y villanos en el 11 de septiembre de 2001, aunque todos sabemos que hay un enorme bagaje de confrontación, de ánimo dominador e insumisión ante ese dominio, que antecede al hecho. También sabemos que hay una exacerbación de diferencias culturales que se pone en juego para favorecer tanto la rebeldía como el interés expansionista.
De todos los actores de este episodio histórico, es quizá con los pakistaníes con quienes resulta más fácil identificarse. Un aliado fiel de Estados Unidos, colocado por razones de cultura y de posición geográfica en una situación indeseable. Una potencia nuclear consentida por Washington, pero incapaz de llenar sus expectativas y por tanto, sometido a una humillación tras otra. En estos días se preguntan los expertos en la prensa pakistaní, si dos helicópteros de Estados Unidos atravesaron el territorio nacional sin ser detectados por sus radares y atacaron un punto del país sin obstáculo, ¿qué les garantiza que la India –enemiga histórica de Pakistán y contra la cual han construido sus armas nucleares– no pueda hacer lo mismo?
Esta es solo parte de la herencia que nos deja el villano muerto a los habitantes de un mundo cada vez más complejo e inquietantemente más cercano.
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