Sin considerarse un matemático, las ecuaciones de Rodolfo Lambour Méndez han formado a cinco décadas de ingenieros agrónomos. Fue el primero en impulsar del cultivo de semillas que permiten el desarrollo de comunidades de Alta Verapaz e Izabal, dejó pendiente un proyecto de biocombustible.
Una moña oscura altera el anaranjado toldo de una empresa centroamericana de agroquímicos y de maquinaria agrícola e industrial donde Rodolfo Lambour trabajó durante 43 años. “Fue un eficaz analítico de los problemas y oportunidades empresariales”, recordó Rolando Anleu, uno de sus sucesores.
El agrónomo nació el 30 de mayo de 1926, en la finca El Durazno, en Chimaltenango, administrada por su padres Juan Lambour y María Méndez. Se graduó de perito agrónomo en la Escuela Nacional de Agronomía, de Bárcenas. Allí obtuvo una beca para continuar sus estudios en Costa Rica y un posgrado en arboricultura tropical en Chile, culminado en 1944.
Regresó a Guatemala en 1950, inició su trabajo profesional haciendo inventarios forestales en la Sierra de las Minas, y es cofundador de Agrónomos Asociados, junto a su colega Héctor Cabarrús. Ese año conoció a Gloria Chocano, su compañera de vida hasta 2006. Procrearon cuatro hijos.
A finales de los cincuenta ayudó a su amigo de la Escuela de Agronomía, el cartógrafo José Tárano a elaborar el primer inventario de suelos del país. Sus colaboraciones en varios proyectos agrícolas le valieron para convertirse en el Director General de Desarrollo Agrícola, en el Ministerio de Agricultura de 1963 a 1967.
Elaboró el Manual de Matemáticas para uso Agrícola, Pecuario y Forestal: un compendio de cálculos y conversiones obedientes a las condiciones locales utilizando desde elementos de física nuclear hasta fórmulas matemáticas financieras.
Este texto, conocido y agotado incluso en los espacios de plagio a fotocopia y espiral, y disponible para su préstamo en la universidad pública hasta la segunda semana de junio, alcanzó su cuarta edición en 1994, con aún aproximaciones a la perfección con fe de erratas en los cálculos en 13 de sus 279 páginas.
“Nos llaman con frecuencia del extranjero para conseguir ejemplares, porque este cuenta con tablas y conversiones que aún no aparecen en investigaciones contemporáneas”, se ufana Jorge, su segundo hijo.
En 1967 fue invitado por Juan Maegli, fundador de Grupo Tecún, para hacerse cargo del área de agroquímicos. “Durante cuatro décadas y media, tuve la dicha de contar con sus valiosos y acertados consejos basados en sus versátiles conocimientos y experiencias en el campo del agro nacional”, reconoció Maegli en una carta en su memoria.
A finales de los setenta impulsó el cultivo de algodón, del cual escribió un manual, proyecto que dejó al margen a mediados de los ochenta cuando el mercado chino derrumbó la competencia.
A mediados de los ochenta convenció a un grupo de inversores a modificar parcelas para ganado por la vocación de cultivo de palma africana, pionera en Guatemala, hoy con el área del sureste del Lago de Izabal, y en el municipio de Fray Bartolomé de Las Casas, Alta Verapaz, se suman más de 20 mil hectáreas.
“Su visión social empresarial permitió el desarrollo económico de miles de familias de la comunidad”, asegura monseñor Gabriel Peñate, obispo de Izabal. En Alta Verapaz, la población q’eqchi’ edificó un monumento a su memoria.
El aceite vegetal producido en esos espacios es retirado de los anaqueles de los supermercados con la marca Alimentos Capullo. “Todo un caballero que compartió su conocimiento sin empacho”, dijo el propietario su principal competencia con una plantación en Sayaxché colindante con el municipio de San Luis, Petén, y quien prefirió permanecer anónimo.
El año pasado una complicación pulmonar lo obligó a abandonar la dirección empresarial del Grupo Tecún, la que se convirtió en la causa de su partida la semana pasada. Su familia reconoció que su principal defecto fue el exceso de confianza, que lo llevó a despedir a colegas que hacían mal uso de ella.
Durante 2011 se dedicó a disfrutar de su familia, de la música clásica, la lectura y de la visita semanal al panteón, rutina que inició debido a la muerte de sus padres y su esposa en 1964, 1972 y 2006. Dejó pendiente un proyecto de biocombustible a base a aceite vegetal.
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