“La mujer va al médico con los ojos morados. ¿Qué le sucedió, señora?, preguntó.
Es que cuando mi esposo llega a casa borracho siempre me pega…
Hay una solución para eso, –dice el médico–, cómprese muchos caramelos de leche y cuando su marido entre a la casa borracho, métase 5 caramelos en la boca y comience a masticarlos lenta, pero muy lentamente.
Un mes después, la mujer regresa al consultorio… Doctor, su recomendación resultó muy efectiva, cada vez que mi esposo ha llegado borracho me he comido los caramelos, los he masticado muy lentamente y nunca más me ha vuelto a golpear…
¡Qué bueno señora! ¿Vio la importancia de mantener la boca cerrada?”.
Lo anterior, que ha circulado por la Web como “un chiste corto”, tiene mucho de cierto. Si la mujer no agrediera a su hombre verbal e inoportunamente –aunque ella tenga técnica y emocionalmente toda la razón de estar disgustada en ese momento– habría sin duda menos mujeres aporreadas y se podrían evitar dramas como nos reportan día a día los medios de comunicación, no solo en nuestra región –que se supone ser de gente poco más o menos inculta y violenta–, sino también en países del supuesto súper mundo, tal como sucede en España y otros países del Sur europeo, por ejemplo.
Durante siglos y hasta el final del segundo conflicto mundial se consideraba que una mujer aporreada era una mujer querida por “su hombre” y que por el contrario la indiferencia que pudiese él mostrarle era un signo de desamor aun más, de rechazo.
Por ejemplo, a finales del siglo XIX, durante la denominada Belle Epoque en los barrios obreros de París, existían los autonombrados Apaches –medio obreros medio delincuentes–, más aun proxenetas –especie de nuestros mareros actuales con la diferencia entonces que estos antisociales terminaban –en los mejores casos– en prisiones de destierro y con cierta frecuencia bajo la guillotina. Estos individuos que eran seductores naturales, tenían mujeres como propiedad que golpeaban con consistencia y regularidad. Hoy en día, –a pesar de incidentes de violencia poco más o menos frecuentes–, la mujer es cada vez más “rey” en nuestra sociedad…
En realidad la mujer sigue siendo y sin duda quiere mantenerse así, un misterio para el hombre. Es su manera de guerrear en un mundo machista –dicen ellas–, en el cual sin embargo, poco a poco han ido ganando terreno, posiciones, empleos interesantes y con frecuencia bien remunerados. Todo ello parece irreversible ya que el hombre sigue cediendo terrenos –tal espadachín en retirada táctica– que sabe o si no por lo menos intuye que el duelo terminará por perderlo a pesar de su superioridad física, quizás temporal.
¿Estará un mundo de amazonas a las puertas de la Historia? Todo apunta a ello.
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