Integró el gabinete de Álvaro Colom acompañándolo la mitad de su mandato y renunció a su cargo de Ministro de Finanzas. Después de 1 año y 2 meses fuera de escena, Juan Alberto Fuentes Knight reaparece con su libro “Rendición de cuentas”, que publicó F&G Editores. Describe desde su interior cómo funciona el Estado, o una parte de él. “elPeriódico” presenta un extracto del capítulo III de su libro a presentar el 1 de septiembre.
El presidente, el vicepresidente y la primera dama presidían la sesión. Fue la primera reunión de gabinete, en enero del 2008, en el amplio, moderno y un tanto aséptico salón de reuniones de Casa Presidencial donde desde hace algún tiempo diversos gobiernos celebran las reuniones de gabinete. En algún momento se permitió que entraran periodistas a tomar fotos y al día siguiente salió la foto del presidente con su esposa al lado, acompañados por el vicepresidente y el conjunto del gabinete. Mi hijo Alberto, al verla, me hizo un comentario perspicaz y revelador:
–Parece una monarquía. Había parecidos. El primer visual mensaje que recibimos estaba claro: la primera dama no solo iba a estar en el gabinete sino que estaría a un nivel equivalente al del vicepresidente. La primera lectura del ejercicio del poder era contundente: la influencia que ya Sandra Torres había desplegado durante la campaña y antes, en el seno de la UNE, se extendería ahora al gobierno. Su participación en el gabinete sería determinante y cogobernaría. La relación entre el presidente y la primera dama había comenzado, entiendo, como una relación empresarial y política y, no obstante el vínculo sentimental que se desarrolló posteriormente, el entendimiento político continuó siendo fundamental. Y desde el principio del gobierno se comenzó a mencionar la posibilidad de que ella sucediera al presidente Colom como próxima presidenta.
Nunca recibí órdenes ni instrucciones de Sandra Torres, pero su influencia indirecta se reflejaría eventualmente en la orientación del presupuesto.
A esta relación política entre Álvaro Colom y Sandra Torres se unía un convencimiento ideológico que se convertiría en la orientación política más importante del gobierno: había que privilegiar el desarrollo social y la atención a los más pobres. Desde mi perspectiva ni Álvaro Colom ni Sandra Torres tenían una orientación ideológica de izquierda de tipo fundamentalista ni muy fuerte, aunque la orientación de Álvaro Colom a favor de los más vulnerables, su apoyo al desarrollo social, su convicción democrática y su deseo de hacer que el Estado se fortaleciera eran congruentes con una visión socialdemócrata (…).
Estaba claro que la ideología no era la fuente de inspiración del presidente Colom ni de su primera dama. En el caso de Álvaro Colom su sensibilidad y conciencia ante la desigualdad y la terrible situación de los pobres en Guatemala, ya vivido de manera muy concreta como director del Fondo Nacional para la Paz (Fonapaz), y su propio origen familiar, como sobrino de Manuel Colom Argueta, hacían que la atención a los más pobres fuera una orientación muy sentida por él. Creo que la mayor parte del gabinete compartía esta visión y era algo que nos unía (…).
A esta convergencia política de Álvaro Colom y de Sandra Torres se agregaban algunas diferencias, en buena parte de personalidad. El Álvaro Colom que traté durante su período presidencial era una persona conciliadora, simpática –contador de chistes–, “entradora”, capaz de establecer una relación cercana y calurosa con las personas con que trataba.
Combinaba estas características de su propia personalidad con una convicción política de que los grandes problemas debían resolverse prioritariamente por la vía de acuerdos y diálogos. Su fuerte convicción religiosa también garantizaba la fe en un futuro mejor, que todo político debe tener (…).
La Sandra Torres que conocí durante esta época coincide con la percepción general de ella como un “tractor”, que empujaba lo que ella creía que era necesario, muchas veces sin tener en cuenta las consecuencias inmediatas. Inteligente y también con sentido del humor, le interesaban los resultados rápidos, lo cual impulsaba con una combinación de capacidad gerencial y autoritarismo. El propio embajador de Estados Unidos, Stephen McFarland, la había reconocido como la mejor gerente del gobierno, en un informe filtrado por Wikileaks.
No faltaba quien dijera que se requería una posterior patrulla de atención a emergencias para atender a los heridos y los daños provocados después de la implementación de sus programas o acciones; y la prisa por hacer las cosas no siempre iba acompañada de la mejor asesoría. (…) Se dio así una convergencia política entre dos estilos políticos totalmente diferentes que, al combinarse, dieron lugar a un avance acelerado pero conflictivo en el ámbito del desarrollo social, que manejaba la primera dama, mientras se avanzaba a un paso más lento –o se retrocedía– en otros temas.
(…) Sandra Torres sustentaba sus posiciones en un ejercicio pleno del poder que inicialmente partía del respaldo del presidente –no sin conflictos– pero que desde el principio incluía apoyo dentro de la UNE. Ella se fortaleció políticamente aun más posteriormente, en parte por ser la coordinadora de cohesión social y en parte por sus perspectivas como posible candidata presidencial. Este fortalecimiento progresivo significó que ya en la segunda mitad del 2009 tuviera la capacidad de impulsar sus propias acciones sin el apoyo del Presidente o incluso en contra de su voluntad (…).
(…) Una de las personas con mayor incidencia en el gobierno durante mi período de gestión como ministro fue Gustavo Alejos, secretario privado de la presidencia y considerado como “el empresario” de la familia Alejos, especialmente en contraste con “el político”, su hermano Roberto, diputado de la UNE y presidente del Congreso desde 2009 a 2011.
Gustavo Alejos tenía un ámbito de acción política amplio, resultante de una combinación de cuatro factores: tener una estrecha relación política y personal con el Presidente, ser el principal operador del poder ejecutivo ante el Congreso y ante ciertos empresarios importantes –especialmente los que habían apoyado a la UNE durante la campaña–, contar con un monto grande de recursos propios con capacidad y voluntad de destinarlos a fines políticos, y participar en negocios que dependían de contrataciones del Estado, como la compra de medicamentos por parte del Instituto Guatemalteco de Seguridad Social (IGSS), el Ministerio de Salud y Asistencia Social y el Ministerio de Defensa Nacional a través del Centro Médico Militar.
Había ciertas instancias de toma de decisiones presidenciales que yo no conocía, como el Consejo de Seguridad y seguramente otras, pero siempre percibí que el trabajo político de Gustavo Alejos no necesariamente se enmarcaba dentro de estas instancias. Mantenía una relación continua con una serie de actores, incluyendo a los diputados, a mí y a otros ministros, y manejaba buena parte de la agenda del presidente. Era su principal operador político. Sus relaciones bilaterales y de enlace significaban que en numerosas reuniones estaba presente pero en realidad respondiendo a llamadas que le llegaban por la vía de uno de sus cuatro celulares, que sonaban o vibraban de manera incesante. Gustavo Alejos sabía aprovechar lo impreciso de la organización que rodeaba al presidente, y podía ser selectivo en relación con lo que merecía seguimiento o no. Por otra parte, evitaba cuidadosamente entrar en conflicto con Sandra Torres, lo cual en la práctica significaba que casi nunca intervenía en las áreas que tuvieran que ver con las acciones que el Consejo de Cohesión Social impulsaba. Leal con Álvaro Colom, tampoco recuerdo haberlo escuchado participar abiertamente en las discusiones que se dieron en el gabinete, y en muchas ocasiones simplemente no estaba presente, lo cual pone de manifiesto la debilidad del gabinete como instancia de toma de decisiones.
Pero lo anterior no debe interpretarse como una denuncia de que el gabinete no funcionaba. Aunque generalmente no se tomaban decisiones en esa instancia, funcionaba como un foro de consulta, de crítica entre ministros o secretarios, y de consolidación o ratificación de decisiones en relación con ciertos temas. Varios temas de política fiscal, especialmente del presupuesto, se discutieron en el gabinete, y el presidente compartía con los ministros, y a veces secretarios –en un gabinete ampliado–, importante información sobre la coyuntura política que se estaba viviendo. Sin embargo, los debates en el gabinete no solían ser largos ni profundos y quizás se puede afirmar que con alguna excepción puntual los ministros no tenían un gran protagonismo, lo cual incluso se reflejaba en su limitada relación con la prensa. (…) En las reuniones del gabinete también se manifestaba cierto espíritu de equipo y de apoyo al presidente, especialmente importante en momentos críticos, como lo fue la crisis resultante de la muerte de Rodrigo Rosenberg (...).
En relación con los temas de educación y salud, y de desarrollo social en general, hubo la pretensión presidencial de que existieran dos instancias, una de cohesión social dedicada a atender y coordinar los esfuerzos de las diversas entidades para atender los municipios más pobres, coordinado por Sandra Torres, y otra instancia responsable de coordinar en términos genéricos los temas socioambientales, con una perspectiva más integral y de mediano plazo, coordinada por el vicepresidente, Rafael Espada. La segunda se reunía pero no fue efectiva, a pesar de los esfuerzos hechos por el vicepresidente, mientras que el Consejo de Cohesión Social llegó a ser más importante que el propio gabinete y es lo que mejor ejemplifica la función informal de “primer ministro” que ejercía la primera dama.
La instancia de cohesión social pronto se convirtió en el foro de toma de decisiones más fuerte, que incluía no solo a ministros sino también a secretarios y a directores de entidades que manejaban recursos, como Fonapaz y el Fondo Guatemalteco para la Vivienda (Foguavi). Aquí sí se manifestaba un poder político fuerte y concentrado. Fue una buena idea, que le dio orden al área social (…). Pero en cierta medida sustituyó al gabinete general, y se convirtió en una de las fuentes de poder de Sandra Torres. Con el apoyo de Cecilia de Palomo, “ojos y tentáculos de Sandra” –como me dijo un asesor–, y que conocía cómo funcionaba el presupuesto, los diversos ministerios y entidades concentraron sus recursos en atender a los municipios más pobres, sin que ello necesariamente involucrara cambios en el presupuesto general sino más bien reasignaciones dentro de las entidades.
En reuniones semanales del Consejo de Cohesión Social se daba un seguimiento estrecho, con gran disciplina y dirección centralizada, muy lejano al estilo conciliador y de seguimiento laxo del presidente. Había una continua rendición de cuentas por parte de las entidades ejecutoras –que incluían desde los ministerios sociales hasta entidades como Fonapaz– en el Consejo, pero la rendición de cuentas de ella se limitaba a informar al Presidente sin que interviniera ninguna otra instancia de control.
(…) En las reuniones del Consejo de Cohesión Social participaba inicialmente el Ministerio de Finanzas a través de un asesor o un viceministro de Finanzas, aunque el ministerio no era parte formal del Consejo. Inicialmente lo atendió Pluvio Mejicanos, viceministro y con una larga trayectoria como servidor público, que provocaba la desesperación de Sandra Torres y que fue víctima de un acoso psicológico que, al igual que el primer ministro de Economía, también hizo mella.
Luego participó, aunque de manera más selectiva, el viceministro Erick Coyoy, que detrás de una apariencia de poca o ninguna expresividad, escondía una gran capacidad para combinar respuestas efectivas y pragmáticas con una cuidadosa atención a las finanzas públicas y a sus detalles. Un dicho popular es que “el que parpadea pierde” y, a pesar del acoso, Erick no parpadeaba. Sin embargo, el propio Gustavo Alejos, que asistía muy ocasionalmente a alguna reunión del Consejo de Cohesión Social, me indicó –con cierto sentimiento de solidaridad– que el viceministro parecía una calcomanía pegada a la pared ante el hostigamiento del que era víctima por parte de diversos ministros o secretarios en una reunión del Consejo. Esa era una de las fuentes de presión para aumentar el gasto público al que, como todo Ministerio de Finanzas, estábamos sujetos.
Por supuesto, en el Consejo de Cohesión Social nunca se discutió la conveniencia de contar con más recursos mediante medidas de reforma tributaria o de fortalecimiento de la recaudación. A lo más que se llegó fue a denuncias demagógicas, que también se expresaron en el gabinete general, de que la SAT no era eficiente y que había que sustituir al superintendente, o a algún otro funcionario (a), con la candidatura de Cecilia Palomo siempre bajo el brazo (…).
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