El modelo electoral está cada vez más marcado por el clientelismo.
¿Quién se atreve hoy a prever el resultado de la segunda vuelta? Todas las previsiones de lo que ocurriría el 11 de septiembre quedaron trastocadas. Ni una sola de las encuestas supo percibir los hechos más llamativos: que el Partido Patriota perdería no menos de diez puntos en las últimas dos semanas antes de la elección. Que el voto de la derecha se dispersaría en opciones como Creo (extraño híbrido entre un discurso pro empresarial y una base que distribuye y recibe la Bolsa Solidaria en el área metropolitana), Viva y un Partido de Avanzada Nacional que apenas resurge pero escamotea más de cien mil votos.
Que un mensaje de radio del expresidente Alfonso Portillo, transmitido solo durante una semana, sería suficiente para proveerle del 9 por ciento de los votos a Mario Estrada. En comparación, Álvaro Arzú pasó cuatro meses presentando a su esposa en todas las ciudades del país y su capacidad de endoso volvió a probarse casi nula. Perdió su bancada y su partido apenas se salva si logra elegir a un diputado en el área metropolitana.
Que Sandra Torres hizo valer su peso específico en el escenario político nacional y consiguió hacer elegir una bancada no menor a los 46 diputados. Su caudal es de un millón de votos. Quedó probado. Y que el fenómeno de Manuel Baldizón, más personal que partidario, más emocional que basado en un ideario claro, supondría un desafío real para Otto Pérez Molina. De llegar a ganar el balotaje, Baldizón gobernaría con una bancada inicial muy pequeña, de apenas 13 integrantes originales, pero nadie duda que lograría incrementarla en poco tiempo. Pérez Molina, en cambio, gobernaría con una bancada de un tercio del Congreso y requeriría un acuerdo legislativo permanente (lo cual supone siempre ceder poder) con todas las expresiones de la derecha empresarial en el país: PAN, Viva y Creo para conseguir apenas una precaria mayoría. A lo mejor, dirá más de alguno, la bancada de la Gran Alianza Nacional se sumará al bloque del PP en el Pleno, pero eso también tiene su costo. Para empezar, resignar una parte de aquellas pretensiones de los Patriotas de perseguir sin descanso a quienes cometieron delitos durante el gobierno de la UNE. Ahí, el facilitador de cualquier acuerdo será Roberto Alejos el diputado reelecto, pero el dueño del poder será su hermano Gustavo. Como resultado de esta primera vuelta electoral, el Patriota deja de ser el inalcanzable competidor a vencer que describían las encuestas. Ahora necesita negociar.
La alianza natural para Baldizón parece ser a simple vista la de Alfonso Portillo y la de Sandra Torres, pese a toda la aversión que se tienen uno al otro. Sin embargo, es probable que Torres sienta más rechazo u odio hacia el dúo de Pérez Molina y Baldetti y quiera prestarle su respaldo a ese paisano suyo que dio el campanazo.
En la capital parece delinearse un voto anti-Baldizón, pero se enfrenta al resto del territorio nacional en donde el petenero entusiasma y está lejos de inspirar rechazo.
La maquinaria electoral del PP, que parecía imbatible, mostró en la primera vuelta que no es notablemente superior a la de la UNE. Y aquí, es necesario extraer una conclusión apresurada, el modelo electoral guatemalteco está cada vez más marcado por el clientelismo. La utilización de Mi Familia Progresa como un anzuelo para el voto y la Bolsa Solidaria se probaron útiles. En cambio, el reclutamiento de viejos caciques de pueblo, como Arístides Crespo en Escuintla, resultó demasiado caro y poco útil para el Partido Patriota. Ese distrito lo ganó Lider. En Alta Verapaz, Otto Pérez Molina ganó, pero Manuel Baldizón no quedó suficientemente lejos como para creer que los hermanos Quej hayan sido cruciales.
Otro valor al alza en el modelo electoral nuestro, es el populismo. Y en la segunda vuelta, con Baldizón en ristre, solo habrá de incrementarse.
Por último, un renglón para arrancarle una sonrisa, la izquierda con rostro indígena ha cobrado su pequeña cuota en el país. Está presente.
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