Escribo como consecuencia de la mención que hace Jose Rubén Zamora de mi persona, en su nota del 9 de septiembre, publicada en la página tres de este diario, en la que se atreve a hacerme señalamientos de relaciones y acciones que no hago ni acostumbro hacer.
Zamora señala a personas o instituciones, atribuyéndoles hechos que solo en su mente distorsionada caben, sin tener evidencias y, mucho menos, formas de demostrarlas, volviendo la verdad mentira y la mentira verdad a su total antojo.
Espero que su acostumbrado alcoholismo, adicción y variaciones emocionales, le hayan dejado testosterona suficiente para demostrar ante la autoridad competente que sus señalamientos y afirmaciones hacia mi persona son ciertos y demostrables, ya que no soy abogado personal de nadie y mucho menos su operador político, como impunemente lo señala en su nota. Si Zamora no lo hace, yo si lo haré y deberá acudir a un tribunal competente a demostrar lo que afirma.
No soy enlace de persona alguna hacia la clase política guatemalteca y no tengo por qué decirle a nadie cómo ir en contra suya, ni cómo intimidarlo, ya que los problemas con la gente que Zamora afecta en sus notas de periódico son suyos y de quienes salen afectados por su poco profesionalismo.
Fui parte del gobierno de Jorge Serrano, labor de la cual siempre me he sentido satisfecho, como lo demuestra la historia reciente del país. Pero qué pronto olvida Zamora que su señora madre, María Mercedes Marroquín de Zamora, fue parte de ese gobierno, sirviendo en el protocolo de Casa Presidencial y en Cancillería, en donde se le tuvo toda la consideración como persona, como profesional y como alguien que sufría de quebrantos de salud. Pero así es la vida, Zamora lo olvida como uno de sus tantos actos de poco agradecimiento, tan comunes en personas como él.
Seguramente, como lo dicen muchos, está preparando las condiciones para declararse perseguido, amenazado y para hacerse los autoatentados, perderse y luego decir que lo secuestraron. Eso es lo que dicen que él hace como antesala de otro viaje, en el que contará sus “fábulas” para buscar otro premio fuera del país.
Zamora, demuestre lo que dice de mí, no se escude en una nota de periódico en la que pone su nombre, pero nunca se hace responsable negándose a aceptar sus errores, equivocaciones y aduciendo siempre que está fuera del país o que no tiene tiempo de atender a sus víctimas.
Mi trayectoria es conocida en Guatemala y en otros países, en donde se me conoce como persona de bien y como alguien que ha favorecido la democracia, la paz y el buen entendimiento. Personas como Zamora denigran una labor tan importante como el periodismo, gremio al que siempre he respetado y al que perteneció mi padre.
Para información y conocimiento del licenciado Manuel Conde, mi madre cuyo nombre fue María Mercedes Marroquín Milla, inició sus servicios en el Estado de Guatemala en 1967, en tiempos del presidente Julio César Méndez Montenegro y terminó cuando murió a sus 58 años siendo embajadora de Guatemala en República Dominicana, en tiempos del presidente Álvaro Arzú. Es decir mi madre, y lo expresó con enorme orgullo, fue una mujer de Estado que enalteció el significado de la palabra burócrata durante 3 décadas.
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