Para combatir la desnutrición hace falta distribuir los recursos.
¿Actúan por una ignorancia fundamental?, ¿negligencia?, ¿desinformación?, ¿redes clientelares?, ¿pagos ilegales debajo de la mesa? Acaso todas las anteriores. Lo cierto es que a los congresistas les da por aprobar leyes inútiles que atentan contra la vida humana y de ecosistemas enteros, como la Ley de Transgénicos que diversas empresas estadounidenses promueven en nuestro país para aplicar biotecnología en los alimentos y así aumentar la productividad.
El presidente de la Comisión de Agricultura, Ganadería y Pesca del Congreso del Legislativo, Juan Manuel Giordano, indicó hace unos días que ya está lista la iniciativa 4303 o Ley Marco para la Bioseguridad de Organismos Mejorados Ingeniería Genética (referente a la comercialización de semillas transgénicas).
Un organismo transgénico es aquel al que se le han incorporado uno o más genes de otra especie para otorgarle una característica ventajosa que antes no tenía.
Existen dos formas de mejorar los alimentos: una es a través de los transgénicos (biotecnología), la segunda es a través del cruce de especies para obtener híbridos (fito-mejoramiento de semillas, métodos orgánicos de cultivo). El primero para forrar las carteras de las inmensas multinacionales tal vez creyendo ingenuamente que el uso de esta tecnología mejorará los niveles de nutrición de la población. El segundo que inventaron los hombres en su interacción con la naturaleza, que procura el autoconsumo y la diversificación de productos.
Hace apenas unos meses la Embajada de EE.UU. organizó la visita al país de “expertos” para que participaran en una conferencia sobre biotecnología; para promocionar el uso de semillas transgénicas. Empujando promesas neoliberales para seguirnos haciendo el patio trasero de Estados Unidos a través de leyes.
Debiera darnos en qué pensar cómo en Europa el uso de transgénicos está muy regulado, limitado y enmarcado. Mientras, aquí en Guatemala nuestros diputados proponen facilitar este tipo de biotecnología bajo el demagógico e ingenuo argumento de que con esto se reducirá la desnutrición.
En la “Exposición de motivos” de la Ley se lee: “La agricultura comercial representa el 13 por ciento del PIB del país y genera el 50 por ciento de mano de obra para el desarrollo económico; sin embargo, la agricultura de subsistencia ha resultado en altos índices de desnutrición crónica infantil, y muchos de los cultivos sufren daños por plagas que afectan la productividad, de donde se desprende que la incorporación de tecnología en las prácticas agrícolas es un elemento clave para contribuir a la solución de los problemas”.
Para combatir la desnutrición no hace falta tecnología transgénica, hace falta distribuir los recursos. La agricultura estadounidense ha inyectado biotecnología de punta en sus inmensas planicies fértiles, desde la semilla, al abono, a los pesticidas; curiosamente, tienen uno los peores niveles de malnutrición y de obesidad del planeta.
Nuestra desnutrición viene de ser uno de los países más desiguales del mundo y de tener una de las distribuciones de tierra más injustas.
Glorificando todo lo occidental, una vez más se le vuelven a abrir las puertas a esa visión dominante del desarrollo cuya lógica es “a más tecnología más modernidad”.
Según el antropólogo colombiano Arturo Escobar, el discurso del desarrollo hizo posible la creación de un vasto aparato institucional (Banco Mundial, Banco Interamericano de Desarrollo, etc.) por medio del cual se convirtió en una fuerza social real y efectiva transformando la realidad económica, social, cultural y política de las sociedades. En el discurso enunciado en la Ley podemos percibir esta rebaba del desarrollo para abandonar la pobreza. ¿Por qué no hay leyes que expongan reformas estructurales para atacar la pobreza?
El uso de transgénicos representa una ganancia millonaria para los propietarios de dichas empresas. Y para las poblaciones supone el abandono de los alimentos étnicos para asumir los alimentos industrializados. Hace dos décadas en la cuidad México todavía se encontraban tortillas tradicionales, hoy han sido sustituidas por la harina de Maseca, y desde entonces el Valle de México tiene un Galardón Mundial en obesidad.
Necesitamos educarnos e instruirnos en lo alimenticio. Los Hombres de Maíz necesitamos del maíz, somos a través del maíz. Este grano ha hecho la vida posible por siglos. No queremos maíz plástico.
Señores Congresistas: por amor a la vida, no aprueben esta ley y, como la Unión Europea, limiten, regulen y controlen el uso de esta tecnología cuyos efectos para el humano y para el campo aún no conocemos. Mejor apoyen a los pequeños productores en el fortalecimiento de la Ley de desarrollo rural integral para lograr la soberanía alimentaria.
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