Políticos, académicos y empresarios guatemaltecos recibieron las enseñanzas de Benigno Achaerandio en las aulas del Liceo Javier.
El nombre de Benigno Achaerandio está asociado a la Matemática, Física y Química en el Liceo Javier. Las tres materias se les vienen a la mente a exalumnos al recordar su nombre. “Nunca dejó que nadie se quedara atrás”, recuerda Eduardo Stein, exvicepresidente del país, graduado de Bachiller en dicho establecimiento.
Tenía un método para emparejar a toda la clase: los alumnos con aptitudes superiores en las Matemáticas, ayudaban a quienes tenían cierta dificultad de aprendizaje en esta área. “Logró que uno de mis compañeros que iban más adelantados me ayudara a estudiar Matemáticas, Química y Física porque a mí se me daban mejor las letras y las ciencias sociales”, recuerda Stein. La promoción de Bachilleres de 1963, la del exvicepresidente, llevó el nombre del sacerdote.
Benigno nació en Vitoria, España, el 12 de febrero de 1919, fue el sexto hijo de Alejandro Achaerandio e Isabel Suazo.
Antes de arribar a América, el sacerdote se enroló en el Ejército español en plena Guerra Civil para librar a uno de sus tres hermanos mayores que tenía compromisos de familia.
Su labor sacerdotal y docente se repartió entre España, El Salvador, Guatemala y Panamá, países en los que dirigió los más prestigiosos colegios jesuitas. Estudió Humanidades en el colegio Loyola de Madrid y la Licenciatura en Filosofía, ‘cum laude’, en la Facultad eclesiástica de Oña, Burgos.
Una semblanza leída durante su funeral por Luis Achaerandio, su hermano, trató del trabajo intenso que llevó a cabo en Panamá donde promovió el trabajo social “javeriano”. “Que los alumnos tuvieran una experiencia con las personas pobres para servirles, era una invitación a no desoír el dolor de la gente, eso me marcó”, cuenta el sacerdote Carlos Cabarrús, ahora vicerrector de la Universidad Rafael Landívar, y exalumno de Achaerandio en la década de los sesenta. Achaerandio era una fábrica de frases, por ejemplo, “usted es un tetunte” era de sus clásicas, recuerda Cabarrús.
Pese a sus largas horas de lectura de textos eclesiásticos y pedagógicos, y a su ardua labor docente, Benigno nunca escribió un libro que recogiera sus ideas, métodos pedagógicos o proyectos que ejecutó, los cuales tuvieron mucho impacto en los planteles educativos que dirigió. “Tiene miles de fichas personales donde apuntaba todo lo que sintetizaba de sus lecturas o donde plasmaba sus ideas y proyectos, pero nunca escribió un libro con ellas, era más un educador verbal”, lamenta Luis Achaerandio.
Rogelio Pedraz, un compañero de Benigno en la iglesia La Merced, le alabó que le dedicara hasta 4 horas a la confesión de feligreses, pero le parecía demasiado inquisidora y severa su forma de confesar. “Una persona que se acerca a confesarse, para mí ya cumplió, pero él se tomaba la molestia de preguntar, cuántas veces, cómo, cuándo o con quién, la gente salía regañada del confesionario”.
“Llevaba consigo una bolsa con billetes de Q5 otra con billetes de Q10 y de a Q20 y si la gente le pedía limosna, él se las daba, dependiendo de la necesidad”, apunta Pedraz. El padre Acha, como lo conocían, los miembros del club Acha, pasó el último año de su vida en constantes visitas a la clínica del Liceo Javier, oficiando misas en La Merced y en las instalaciones de Eventos Católicos, hasta que el 3 de agosto dejó de existir a los 92 años.
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