El domingo 11 de septiembre algunos dirigentes del PP amanecieron pensando en qué silla ministerial se sentarían los siguientes 4 años. Y para que el sueño no pareciera locura, se repetían a sí mismos los resultados de varias encuestas donde, en menos de 10 días, se podía observar que la intención de voto hacia el PP había pasado de un promedio cercano a 40 por ciento, a uno de 50 y un piquito por ciento.
Mientras los dirigentes deliraban con sus futuros cargos, las ciudadanas y ciudadanos fueron acumulando votos pero con otro escenario en mente.
Si el PP era una opción que convencía a muchas personas, pero no lo suficiente como para darles la victoria en primera vuelta. Es más, la opción PP era favorecida muy por debajo de la tendencia fantasiosa que dijeron las encuestas de los últimos diez días. Despertarse con semejante pesadilla fue lo que le tocó hacer a los dirigentes del PP el lunes 12 de septiembre. Frente a esta adversidad, los naranjas debieron elaborar un duelo muy doloroso: primero negar los hechos, luego enojarse por lo acontecido, y finalmente resignarse y aceptar la realidad. Sin embargo, algunos dirigentes curiosamente se quedaron solo en la primera etapa: negación de los hechos.
Al negar los hechos surgió entonces una teoría muy conveniente: los resultados inesperados solo podían ser consecuencia de un fraude. De alguna manera los opositores habían engañado a todo el sistema electoral alterando los resultados a su favor y reduciendo simultáneamente el porcentaje de apoyo al PP. Y esa historia, surgida de un duelo mal elaborado, es la que hoy explican y repiten hasta la saciedad muchos dirigentes y militantes patriotas. Fraude, fraude, fraude.
Algo queda claro de todo esto: el PP no parece estar preparado para perder en segunda vuelta. Eso es algo muy preocupante, pues si bien creo que las probabilidades de victoria están aún a favor del partido naranja, tampoco se puede asegurar que ese será el resultado final.
Y si una derrota naranja solo se puede interpretar como fraude, pues bienvenida la violencia.
Otto Pérez Molina debería hacerle un favor a su partido y al país, y salir diciendo sin titubeos que el PP está dispuesto a aceptar los resultados de la segunda vuelta, incluso si es derrotado. El General que firmó la paz le debe ese favor mínimo a la Patria que juró amar y defender.
De lo contrario, el lunes 7 de noviembre podemos amanecer con otra pesadilla que pensamos nunca más volver a vivir: un país bañado en sangre por causa de la violencia política
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