La vida de “La Chiqui”, o Martha Josefina Villa-corta Osegueda, dejó más preguntas que respuestas. La de la vendedora de varitas de incienso del Paseo Aycinena con quien se compartía un cigarro y una buena charla.
Le decían La Chiqui y vendía varitas de incienso a las puertas de los bares del Pasaje Aycinena. Muchos compartieron con ella un cigarrillo, pero pocos conocían su verdadero nombre, se llamaba Martha Josefina Villacorta Osegueda.
Su historia, o al menos de cuando esta rubia de ojos azules empezó a merodear los bares de la zona 1, comienza en 1998. La buena plática, sus anécdotas y su buen sentido del humor llamaban la atención de los jóvenes, clientes frecuentes del Pasaje Aycinena, como también de los alrededores de la Iglesia Santo Domingo, e incluso de algunos bares de Quetzaltenango.
Lilo la conoció hace 13 años, “era una dama misteriosa”, la describe. Ella nunca hablaba de sí misma. Más bien solía repetir mensajes paranoicos que evocaban a sus dos hijos muertos, Guillermo y Ricardo. “Me mandan electricidad desde el cielo”, le escuchó decir. También la vio quejarse y caer a consecuencia de intensos dolores abdominales, quizá por el abuso de las drogas y el alcohol. Los amigos de La Chiqui, o Martha, le compraban Complejo “B” para aliviarla.
Martha no vivía en la calle. Gustavo del Toro, su nieto, siempre supo que dormía en hoteles de la zona 1. Ever, su taxista, los enumera: “Pensión Meza” y “Hotel Madison”, los lugares a donde solía encaminarla, allí le cobraban Q25 la noche.
“La Chiqui siempre respetó su libertad, a un costo muy alto”, dice Vilma Rojas, administradora del Café-Bar Las 100 Puertas donde Martha encontró siempre refugio y cariño. Parte de su familia vive en Huehuetenango, pero ella nació en San Salvador, El Salvador, el 26 de junio de 1941. Allá trabajó de traductora para el Hotel Ritz Continental. Su inglés era impecable, conversaba a gusto con los turistas.
Martha hizo vida con Ricardo Lazo con quien tuvo dos hijos; eran adolescentes, uno murió en un accidente y el otro se sabe –sin más detalles– de manera violenta. Martha vendió cigarros por las calles de San Salvador y así conoció a Phillipos Kanellis, un griego con quien procreó una hija, Artemis.
Compartir un cigarro con ella garantizaba buena plática sobre poesía, mitología griega, historia y hasta leyendas de Guatemala. También sobre un radar que luego fue una computadora que grababa sus movimientos. En ocasiones tomaba la mano de su interlocutor y le adivinaba el futuro o predecía el sexo del bebé por nacer. Era certera.
Y las varitas de incienso que compraba en los locales chinos las vendía a Q15. En una de las paredes del Café-Bar Las 100 Puertas cuelga un cuadro del pintor Marlon Girón que inmortaliza a La Chiqui, la retrató entre un abrigo blanco y un cigarro en la mano. Martha sufrió una fuerte caída en plena calle golpeándose la cabeza, permaneció dos semanas en el Hospital San Juan de Dios, donde cuentan, maltrató al personal que la asistía porque quería salir de allí a toda costa. Sin embargo, un estudiante de medicina le confesó a Gustavo, su nieto, “su abuela es muy culta”. Martha, de 70 años, cerró sus ojos para siempre el 1 de septiembre en un funeral muy modesto en el que solo asistieron su hija y su nieto. Sus amigos se enteraron días después de que La Chiqui había muerto.
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