Guatemala perdió ayer a una de sus mentes más creativas: pintor, escultor, arquitecto. Efraín Recinos entregó su vida al arte en todas sus expresiones.
“¿Algún clavo, trauma, desajuste psíquico, desbalance económico, desliz extraconyugal, traspiés jurídico legal, tiquismiquis güisachezco, zipizape moteloide, pisa y corre cholerero, contubernio pecaminosoideo en que yo le pueda ayudar?” Esta es la versión oficial del saludo Reciniano y resume muy bien lo que Efraín Recinos era, un hombre creativo, con enorme sentido del humor y dispuesto a tender la mano a quien lo necesitara y en lo que necesitara.
Su “cueva” en el sótano del Teatro Nacional era un sitio de puertas abiertas. Allí dentro, entre incontables papeles, libros, discos y casete, pasaba los días el genio que regaló a Guatemala su talento. A su pequeño estudio podía entrar cualquiera a hablar de cualquier cosa. Recinos no tenía empacho en recibir a los extraños y conversar de cine, de música, de literatura, de arte o de la vida.
Efraín Recinos nació el 15 de mayo de 1928, en Quetzaltenango. Estudió la primaria en la escuela República de Costa Rica y la educación secundaria en el Instituto Central para Varones. Desde muy pequeño dibujaba y leía con ahínco. A los trece años ya había leído El Quijote dos veces. De joven vendía sus dibujos en la calle para poder comprarse los materiales de dibujo y seguir practicando. Por esa época se interesó también por el deporte. A los 23 años participó en los Juegos Panamericanos, junto a Mateo Flores, y consiguió un quinto lugar para Guatemala.
La escritora Ana María Rodas recuerda su faceta deportista. Cuando lo conoció ella tenía 8 años y él 16, fue en el centro deportivo Los Arcos y la escena quedó guardada por siempre en su mente: “Era como el doble de una estatura griega”, dice, “tenía un cuerpo musculoso y una cabellera rubia y colocha y cuando lo vi, justo estaba lanzando una jabalina”, recuerda.
Más tarde se decidió por la ingeniería –en ese tiempo no existía la carrera de arquitectura en Guatemala– y fue alumno destacado en la Universidad de San Carlos, lo que le valió el puesto de Jefe de Sección de diseño de obras públicas, en el Gobierno. Pero además de ingeniero y deportista, Recinos fue un artista único, escultor, pintor y arquitecto.
“Cuando en Guatemala los artistas apenas se proponían explorar otros medios, él pudo fusionar distintos tipo de arte como arquitectura y escultura”, explica la crítica de arte Rosina Cazali, “eso lo llevó a desarrollar formas muy personales, excéntricas en el buen sentido de la palabra. No hay algo que se le parezca, era un tipo único”, agrega.
Recinos fue, hasta el último minuto de su vida, un fiel guardián del Teatro Nacional, para que su belleza y majestuosidad no se perdiera. Él lo creó y el lo mantuvo vivo. Cuando diseñó el edificio pensó en dos cosas: que fuera totalmente guatemalteco y que, en lugar de interrumpir el paisaje, se fundiera en él. En esa época –se inauguró en 1978– la moda era copiar las grandes edificaciones de Europa, tratar de acercar París de este lado del océano, pero Efraín Recinos estaba demasiado orgulloso de sus raíces guatemaltecas como para perder la vista en el extranjero. Por eso creó un Teatro con escaleras por fuera como las pirámides mayas y con dos cabecitas de jaguar como balcones en los costados –ahí se puede hacer una cena romántica a la luz de las velas, bromeaba. Antes de poner un solo ladrillo estudió a fondo el paisaje en donde iba a construir. Descubrió que había de telón de fondo dos volcanes y un cielo celeste límpido. Así que organizó todo para que el Teatro no opacara a la naturaleza, sino que la integrara. El techo de mosaicos azul y celeste se funde en el cielo.
No pudo ver terminado su último proyecto: el instituto de la marimba. Un edificio majestuoso que simulaba la forma de una marimba y albergaría una escuela para cultivar este arte y un centro de investigación del instrumento. Esa era otra de sus pasiones tocar la marimba, porque Recinos y arte –cualquier clase de arte– son sinónimos.
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