Empedernido devorador de libros y de alcohol, miembro de la generación del 70.
Convertida temporalmente en un pequeño Montmartre, la ancienne galeríe El Túnel, ubicada en el centro Histórico de la ciudad, se convirtió, el domingo recién pasado, en la antesala para el postrer adiós al Maestro Alejandro Urrutia, el último de los románticos de la pintura guatemalteca contemporánea. En una esquina de la Galería, alejado de los reflectores y el superficial cotilleo de ocasión, el frágil y disminuido cuerpo de Alejandro termina de descomponerse en un humilde y sencillo ataúd de pino.
Con su infaltable cuaderno bajo el brazo, Alejandro pintó y vivió vidas reales e imaginarias; recreó, sin soberbia y sin humildad, hasta la saciedad, los eternos Arquetipos de las Artes, Beethoven, Van Gogh, Nijinsky, y El Quijote. Desde su tumba, su extensa obra reclama ser incorporada a la memoria colectiva del país y que se multiplique su gloria, más allá de la gloria, que en vida le fuera negada, al hombre que la pintó.
Inclasificable, diferente, creativo, tímido vendedor de su propia obra, devaluada por el implacable fantasma de la pobreza, balletista, escenógrafo, pintor, bohemio incorregible, lúcido de nacimiento, crítico por naturaleza, auténtico por vocación, sensible como ninguno, extraordinario como pocos, incomprendido, desconfiado y auto marginado, Alejandro falleció, lejos del mundanal ruido, víctima de una enfermedad hepática, en un olvidado Hospital en San Felipe de Jesús, Antigua Guatemala.
Miembro distinguido de la generación del setenta, junto con Zipacná De León, Erwin Guillermo y Ramírez Amaya, empedernido devorador de libros y alcohol; amo y víctima de sus propios excesos, Alejandro Urrutia, creado a imagen y semejanza de Modigliani, dilató al extremo las posibilidades del dibujo, haciendo de cada trazo, una melodía.
Perseguido quizás por los fantasmas de los torturados en su casa en la zona 18, casa que había pertenecido a Chupina Barahona, la última vez que vi a Alejandro, en la calle, me dijo “Fíjate José Luis que casi me muero”. Nunca lo pude llamar, y cuando lo llamé, estaba muerto.
Los domingos en el cielo ya no son los mismos, al sonar de los pinceles, un agnóstico pintor, elabora, utilizando la primera nube que encuentra a su alcance, un dibujo de Dios, y Dios a su vez pinta un milagro; la inexplicable belleza de la azarosa existencia de ese vicio maravilloso de la forma que se llamó Alejandro Urrutia.
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