El humorismo es el realismo llevado a sus últimas consecuencias. Excepto mucha literatura humorística, todo lo que hace el ser humano es risible... (Augusto Monterroso)
Jorge Luis Borges, en una conferencia de prensa en Roma, responde a un periodista que trata de provocarlo:
¿Hay todavía caníbales en Argentina?
Ya no —contesta Borges—, nos los comimos a todos.
Borges es maestro de lo que Derrida vino a llamar, en tiempos posmodernos, la deconstrucción de los cánones y los discursos imperantes. Por ejemplo en su relato Las ruinas circulares, haciendo uso de un recurso retórico humorístico, Borges aniquila la idea de la perfección eterna de altares y verdades teológicas absolutas:
“Las ruinas del santuario del dios del Fuego fueron destruidas por el fuego”
Augusto Monterroso, por su parte, cuenta en una de sus fábulas la historia de una ”extravagante familia de plantas carnívoras que, sensibles a la crítica, poco a poco fueron cobrando repugnancia a la carne, hasta que llegó el momento en que no sólo la repudiaron en el sentido figurado, o sea el sexual, sino que por último se negaron a comerla. Entonces decidieron volverse vegetarianas. A partir de ese día se comen únicamente unas a otras y viven tranquilas olvidadas de su infame pasado.”
Monterroso advierte en una entrevista: ”La buena literatura tiende a la sátira. En el fondo de todo buen novelista o cuentista hay alguien con un látigo; cuando no es así, la gente se aburre.”
Reír o llorar. El emblemático dilema del clown de los modernistas. Mas en todo caso, lo cómico y el humor no resultan precisamente ser sinónimos. Ya Montalvo, en una fecha tan lejana como el año 1895, había resaltado esta dualidad indistinta: “Si don Quijote no fuera más que esa imagen seria y gigantesca de la risa, las naciones todas no la hubieran puesto en sus plazas públicas como representante de las virtudes y flaquezas comunes a los hombres; porque una caricatura tras cuyos groseros perfiles no se agita el espíritu del universo, no llama la atención del hombre grave, ni alcanza el aprecio del filósofo. Hay obras que hacen reír quizá más que el Quijote, y con todo, su fama no ha salido de los términos de una nación.”
Jorge Luis Borges, en una disertación en la Universidad de Texas afirmaba: “Cervantes quería que el mundo olvidara los romances de caballería que él acostumbraba leer. Y sin embargo si hoy se recuerdan nombres tales como Palmerín de Inglaterra, Tirant lo Blanc, Amadís de Gaula y otros, es porque Cervantes se burló de ellos. Y de algún modo esos nombres ahora son inmortales. Entonces uno no debe quejarse si la gente se ríe de nosotros, porque por lo que sabemos, esa gente puede inmortalizarnos con su risa. Por supuesto, no creo que tengamos la suerte de que se ría de nosotros un hombre como Cervantes. Pero seamos optimistas y pensemos que podría ocurrir.”
Cuando el novelista Bryce Echenique visitó Buenos Aires para presentar el segundo tomo de sus memorias, Permiso para vivir, aseguró en entrevistas y conferencias, que el humor era un elemento esencial en la tradición hispanoamericana.
Desde la ironía cervantina y las sátiras de Quevedo hasta “las cosas” de Monterroso, muy habilidoso para producir escenarios como “una funeraria de mala muerte” (o sea una muy barata, comparada evidentemente con un bar). Esta herencia que los latinoamericanos han adoptado muy bien, según el novelista peruano, hace del humor una “capacidad para hacernos entrar seriamente en los temas más tristes”. Y agregaba: “la ironía es la sonrisa de la razón”.
Echenique partió de Quevedo y Cervantes para concretar las raíces del humor en la lengua, pero pudo haberlo hecho desde las bromas del Arcipreste de Hita. Un humor jovial y optimista y que según la cómoda pero usable frase de García López: “responde al espíritu burlón de la sociedad burguesa de la época”. El Arcipreste es dueño de un humorismo contundente, basado en ironías profusas y también parodias y caricaturización, como en el combate de don Carnal y doña Cuaresma o el “recibimiento” de Don Amor por los clérigos.
Echenique resplandece de razón cuando analiza las maravillosas consecuencias del humor en la literatura. Y acierta también en la caracterización histórica del espíritu humorístico hispanoamericano. Anotemos en este sentido que ni los exotizantes modernistas, tan ocupados de palacios fantásticos y princesas mágicas, escaparon al humor. Un notable ejercicio lo encontramos en uno de los más serios, más adustos, el trágico y solemne poeta colombiano José Asunción Silva, que en su Sinfonía Color De Fresa Con Leche nos ha dejado una humorada con claro sentido de autocrítica modernista:
“A los colibríes decadentes/ ¡Rítmica Reina lírica! Con venusinos/ cantos de sol y rosa, de mirra y laca/ Y policromos cromos de tonos mil/ oye los constelados versos mirrinos,/ escúchame esta historia Rubendariaca,/ de la Princesa verde y el paje Abril,/ Rubio y sutil.”
Nadie más serio y circunspecto, casi grave en sus refinadas, amaneradas formas, que el guatemalteco Domingo Estrada, el poeta de la soledad y la angustia existencial. Estrada es un verdadero romántico tardío, por su vida, por su estilo y por sus afectadas actitudes expresadas en frases como “me vi en el espejo y me escupí a mi mismo”. Se moría de hambre y de tuberculosis en el París finisecular, donde siendo diplomático no tenía sueldo pues no se lo enviaban. Por algo asemejaba Estrada su propia vida con la tragedia existencial de Edgar Allan Poe, cuyos poemas tradujo magistralmente. Y si embargo no le faltó alguna vez al desgraciado “bardo de Amatitlán”, el humor, tal vez como desahogo, como canalización de sus profundas frustraciones. Un ejemplo notable es la parodia que hace del celebérrimo madrigal Yo pienso en ti de Pepe Batres:
“Yo pienso en ti, dinero refulgente/ con rabia, con delirio, a toda hora,/ pues sin ti, seré eterno penitente,/ y en mí se paseará toda la gente/ si me falta tu influencia protectora
“Sin que jamás poseerte yo consiga/ a pesar de mi ardiente frenesí,/ en la inacción a que tu ausencia me obliga,/ me rasco tristemente la barriga. ¡Y pienso en ti !”
Breve pero muy intensa es la obra poética de Oliverio Girondo en el Buenos Aires de la segunda década del siglo pasado. Un poeta que con su humor negro se permite dilucidar diversos niveles de la existencia. Girondo se vale con frecuencia de metáforas absurdas y de subversiones satíricas:
“Hay efebos barbilampiños que usan una bragueta/ en el trasero. Hombres con baberos de porcelana./ Un señor con un cuello que terminará/ por estrangularlo. Unas tetas que saltarán de un/ momento a otro de un escote, y lo arrollarán todo,/ como dos enormes bolas de billar.”
Aldo Pellegrini, el poeta emblemático del surrealismo argentino, resaltaba el hecho de que en Girondo había una verdadera sensualidad de la palabra como sonido, pero más que eso todavía, una búsqueda de la secreta homología entre sonido y significado. Esta homología supone una verdadera relación mágica, según el principio de las correspondencias, que resulta paralela a la antigua relación mágica entre forma visual y significado. Pellegrini acierta sin duda, aunque no señala la anomalía que Girondo crea con el uso de la falsa ecuación de sonido y significado y que tiene como base un humor del desaliento y la afirmación existencial del sin sentido. Como en uno de los 20 poemas para leer en el tranvía:
“Al llegar a una esquina, mi sombra se separa/ de mí, y de pronto, se arroja entre las ruedas de/ un tranvía.”
O en el verso de evidente corte anti romántico: “unos ojos pantanosos, con mal olor”.
El humor tiene exigencia de inmediatez. De ahí que aforismos, refranes y frases contundentes, se prestan espléndidamente a los designios profundos del humor en la literatura. Como las greguerías de Ramón Gómez de la Serna, deslumbrantes ejemplos de las bondades conceptuales del humor. Gómez de la Serna, el extravagante, el de la pomposa ternura y la imaginación florida, un hombre que llegó una vez a dar una conferencia montando un elefante. La greguería la concebía como la unión de humor con metáfora, para producir un choque entre el pensamiento y la realidad concreta. Pero también un manejo del absurdo con el tratamiento discursivo de la lógica:
“Lo más importante de la vida es no haber muerto”
“La mayor ingenuidad de un novel círculo literario, es el nombramiento de su tesorero.”
En la Bogotá conservadora y católica de mediados en los años veinte del siglo pasado, todavía encerrada literariamente en su modernismo tardío, el poeta ateo y comunista Luis Vidales publica un libro que hace época: Suenan timbres. Vidales desnuda y desmenuza la realidad que lo rodea siendo contestatario y con una irreverente lírica subversiva. Y es con humor que Vidales derriba los muros conservadores de la cultura bogotana:
“Los bogotanos están atravesando en estos momentos por un idiotismo sin disidencias.”
O en: “Tengo la leve sospecha de que la esterilidad es un mal hereditario. Casos se han visto”.
Y el muy conocido poema que encierra una crítica devastadora a las instituciones culturales y artísticas de su país:
“Dijeron que la sinfónica ejecutaría la Novena Sinfonía de Beethoven. Y, efectivamente, tal como lo dijeron, la ejecutó. “
Nicanor Parra es más de medio siglo de poesía chilena y universal. Con el humor venciendo siempre a la página en blanco Parra ha transformado todo en nuestra poesía, a base de desarmar sistemáticamente las estructura de la solemnidad y de la convención a ultranza. Ha levantado el humor a la categoría filosófica de teoría del conocimiento y nos conduce así a las verdades humanas, a la desgargante condición del ser terrícola que tiene la cabeza pletórica de firmamentos. La poesía misma la convierte en antipoesía, en aras de conquistarla. Nicanor Parra nos lega la definición de su poética, que no podía ser un largo manifiesto, sino precisamente un poema, por demás breve:
“Durante medio siglo/ La poesía fue/ El paraíso del tonto solemne./ Hasta que vine yo/ Y me instalé con mi montaña rusa./ Suban, si les parece./ Claro que yo no respondo si bajan/ Echando sangre por boca y narices.”
La parodia, como técnica, es un arma contundente. Lo sabía muy bien el volcán centroamericano llamado Roque Dalton.
Sobre todo parodiar un clásico. El poeta cubano Cintio Vitier encuentra en la risa y el humor de Roque Dalton “su tercer lenguaje, en el que mejor decía su ira y su tristeza”. Dalton es también un artífice de lo que podemos llamar la metáfora humorística, es decir la relación de dos términos sin establecer nexos que no sean la comparación, en donde el resultado buscado es una anomalía que conduce a un estado de comicidad, o a un sesgo evidentemente irónico, que sin embargo guarda un mensaje del orden trágico, dramático e incluso épico. Y nada menos que a Quevedo:
“Después de la bomba atómica/ Polvo serán, mas polvo enamorado?”
El poeta chileno Mauricio Redoblés haciendo gala de humor desbordante, y evidente intertextualidad poética, ha escrito un poema con el casi pornográfico título de Becker 69, recurriendo también a la parodia de un clásico:
“Por una mirada, un mundo/ Por una caricia, un cielo/ Por un polvito/ ¡ah! Yo no sé qué daría por un polvito”.
El humor mueve montañas, como la dinamita. Nos hace reír pero también pensar. Aunque su mecanismo no se basa en la nitroglicerina, sino en un desafío retórico a la lógica, a subvertir lo evidente, con objeto de abrir las puertas al goce espontáneo que el juego del humor produce. La parodia a los cánones e ideas y representaciones establecidas produce una degradación de esas “verdades”. El humor es con frecuencia una finta, un pequeño engaño que conduce a una verdad diferente: con las palabras otro mundo siempre es posible.
Finalmente y de nuevo: el humor suele venir en formas breves, a veces brevísimas. Porque es condensación de formas y de contenidos en aras de obtener los resultados máximos: el lector ríe y luego capta, siente y piensa. Para reír que basten pocas pero buenas palabras, para llorar toda la vida.
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