Tenemos que hacer ejercicios de reflexión sobre el regalo de la gracia que hemos recibido.
Estamos en el mes que abre las puertas de las celebraciones, de las tradiciones y de las tentaciones, al jolgorio y al desenfreno. La lluvia de promociones y adornos nos abre el apetito visual para adquirir bienes y preparar todo para una fiesta de cumpleaños que se cubrirá con presupuestos especiales, con líneas de crédito, sueldos, aguinaldos y ahorros.
Todos participarán de esa festividad, menos el cumpleañero que no estará presente en el momento en que todos abren regalos y alzan el brazo para brindar por la fecha. Ni siquiera habrá una oración de agradecimiento por un año de prosperidad o de fortaleza en los momentos en que se presentaron las duras pruebas.
Sin embargo, las luces de bengala, las luces en las vitrinas, el ensordecedor ruido de los cohetes nos pueden hacer olvidar que la verdadera celebración es la venida de Jesús hace más de dos mil años, quien se hizo pobre naciendo en un pesebre para que nosotros fuéramos enriquecidos. Y es que no puede pasar inadvertido el acontecimiento que se produjo en aquella pequeña aldea de Belén cuando nos vino la más grande e importante noticia, en la que Dios nuestro Señor manifestaba su amor sacrificial, como dice Juan 3:16, para que la humanidad no se perdiera por el pecado y tuviera redención de pecados por medio del arrepentimiento genuino y creyendo que resucitó al tercer día de su sacrificio en la cruz.
Como cristianos debemos estar firmes en nuestra fe y ser testigos de la grandeza de Él reflejada en el cambio de vida que experimentamos cuando lo declaramos nuestro Señor y Salvador personal y mora desde aquel momento en nuestro corazón. No podemos creer que el diablo saldrá de nuestra vida por medio de fuego, no podemos creer que nazca cada año y luego muera y que el festejo de su nacimiento sea a través del libertinaje expresado en la vida licenciosa característica de la temporada. La celebración del nacimiento de Jesús debe ser cada año, sí, pero es la oportunidad que se tiene para renovar nueva conciencia cristiana y que cada día seamos más hijos de Dios cumpliendo sus mandamientos y ser compasivos con nuestro prójimo, que cada día nazca la esperanza de una vida mejor a través del afianzamiento de nuestra fe en Jesús, el Hijo de Dios, lo que debemos creer y compartir como el Salvador de los pecados de la humanidad.
Muammar el Gadafi llegó a sus 27 años como el salvador de Libia y 42 años después está muerto, sorprendido cuando huía. Hosni Mubarak ocupaba las primeras planas de los periódicos del mundo como salvador de Egipto, 32 años después está sujeto a un juicio por corrupción y genocidio al haber sucumbido en un mes de protestas en su país. Ambos personajes con el tiempo serán olvidados, sin embargo, esa es la celebración en esta fecha, nació Jesucristo hace dos mil años y un poco más, y sigue siendo nuestro Salvador, porque vive en nuestro corazón al haber resucitado al tercer día entre los muertos después de ser sacrificado.
En esta fecha tenemos que hacer ejercicios de reflexión sobre el regalo de la gracia que hemos recibido del Padre nuestro que está en los cielos. Esta fecha es para creer en que nuestro Salvador está vivo y nace cada día en nuestro corazón, para recordarnos que somos testigos de su grandeza y que, por medio del testimonio que reflejemos, difundiremos el Evangelio que nos trajo hace más de dos milenios. Es para recordar que quien cumple años debe estar en medio de la fiesta, es para recordar que el dueño de la celebración vino para hacernos hijos del Padre, por medio de la fe, de creerle, de reconocer que somos pecadores, de saber que tenemos salvación por el amor de quien nos ha amado siempre y tiene planes de bien, porque no nos entregó a nuestros enemigos sino envió a lo más preciado del cielo, nos hizo libres. “No tengan miedo. Miren que les traigo buenas noticias que serán motivo de mucha alegría para todo el pueblo. Hoy les ha nacido en la ciudad de David un Salvador, que es Cristo el Señor”. (Lucas 2:10-11).
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