Todo niño tiene derecho a la educación y todo padre o madre, a procurar que sea la mejor. Si se es millonario no hay problema, se compra la educación más exclusiva y completa. Que sepa inglés, francés, kaqchikel o que aprenda jugando en un sistema Waldorf o Montessori. Si se tiene vocación y tiempo, hasta se puede decidir hacer la escuela en casa y evitar así que los vistan de “inditos” para jugar al mercado o que les enseñen que el rosado es de mujeres y el azul de hombres. Si se es pobre no hay opción, la escuela pública más cercana y que le agradezcan a Dios por la oportunidad. Si se es clase media, empieza el peregrinaje en búsqueda de un colegio que se pueda pagar y que brinde al menos lo mínimo para que los niños vayan adquiriendo conocimientos. Pero no solo es de llegar e inscribirlos, el niño debe hacer un examen de admisión y dependiendo de los resultados el colegio resolverá si lo admite o no. Como madre, yo quisiera que mis hijos fueran los que calificaran a los maestros y no al revés, ya que ellos son los clientes y quienes cargarán el resto de sus vidas con lo que ahí aprendan. Confío más en el criterio de selección de mis chiquitos que en un director que desde su pedestal de sabelotodo juzgará el saber de mis niños. Lástima que la vida no es como yo creo que debería ser. Durante años, he procurado la alegría y el crecimiento intelectual de mis hijos, más que engrandecer sus posesiones materiales. Hoy me toca encomendarlos a “cualquier colegio” y soñar con que la educación que reciban afuera no los marcará tanto como la que reciben en casa. No vaya a ser que me los deseduquen mucho.
>laluchalibre@gmail.com
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