Tengo un llavero nuevo: una flecha amarilla, pequeña, sin adornos ni colgajos.
La compré en mis vacaciones en Galicia, en el norte de España. En cumplimiento de un propósito trazado hace mucho tiempo, con mi esposo y mis padres decidimos recorrer los últimos 110 kilómetros del Camino de Santiago, la ruta de peregrinación más antigua de Occidente y de la Cristiandad.
El llavero lo compré a mitad de la caminata. Por lecturas previas, yo conocía los símbolos medievales del peregrino –la concha de vieira y el tecomate– y al dar el primer paso fuera de Sarria, donde comenzamos a andar, yo ya tenía los dos colgados de la mochila.
El llavero lo adquirí más adelante, pues presentí que esa flecha amarilla, que habíamos visto en tantos encrucijadas, sería un poderoso recuerdo del viaje.
El Camino de Santiago está completamente señalizado con flechas amarillas. Las hay muy elegantes, incrustadas con bronce en las aceras de las localidades más prósperas, pero la mayoría están pintadas con brocha gorda sobre los muros de laja que atraviesan las aldeas gallegas, en los postes de luz, los árboles, el asfalto.
No hay forma de perderse en el camino. Cada vez que de pronto uno se pregunta ¿y ahora, por dónde?, basta estirar el cuello y ahí aparece, infaltable, la flecha amarilla.
Tan es así, que la ciudad de Santiago de Compostela ha adoptado oficialmente esa marca como un nuevo símbolo del camino. Al empezar este 2012 con optimismo, quiero contarles la historia de esas flechas, pues viene muy al caso en estos días de planes y propósitos.
En los años sesenta, antes de que el camino se pusiera de moda, había un sacerdote en Galicia, el padre Elías Valiña, párroco de O Cebeiro, una pequeña iglesia de piedra del siglo XI, construida en la cima de una montaña donde se custodia un cáliz que según la tradición es el mismísimo Santo Grial.
El padre Elías gozaba recibiendo a los peregrinos y escuchando sus historias. Ese interés lo llevó a convertirse en el primer estudioso serio de las rutas xacobeas, como pilares de la fe pero también de la unidad de Europa.
Los peregrinos que se sentaban a la mesa de la parroquia de O Cebeiro solían tener la misma queja: era demasiado fácil extraviarse en el camino, con lo cual a veces perdían jornadas enteras.
El cura de O Cebeiro, como le gustaba que le llamaran, se propuso recuperar y señalizar los senderos originales de las rutas xacobeas, entonces prácticamente olvidados. A principios de los años ochenta empezaban a llegar las carreteras a Galicia y el padre Elías le pidió ayuda a las empresas constructoras. Por respuesta recibió varios galones de pintura amarilla.
Con ese material, el padre Elías empezó a agarrar su propio carro, un viejo Citroën GS, y marcar con flechas el camino. Así recorrió incontables veces los 800 kilómetros que median entre Finisterre y los Pirineos, y luego también los caminos de Francia, y la gente podía verlo mientras acarreaba botes de pintura amarilla por la carretera, pintando flechas y sumando voluntarios a la causa.
Alrededor de la catedral de Santiago hay decenas de tiendas que rebosan de tecomates y conchas de plata y azabache, pero yo ya no quise comprar para mí más que el llavero.
Cada vez que tomo la flecha amarilla entre mis manos y pienso a dónde voy, recuerdo a Elías Valiña, el cura de O Cebeiro, una pequeña iglesia enclavada entre las nubes, que con una brocha y una cubeta de pintura supo servir a los demás y ser, como nos pidieron, la sal de la tierra. Mis mejores deseos para un venturoso 2012 y como dicen los peregrinos de Santiago, ¡buen camino!
Vea www.dinafernandez.com
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