Durante un año, esta joven dejó su hogar y experimentó de cerca la pobreza.
Invitada por las Hermanas del Niño Jesús, de Bolivia, Lisbeth Requena, una joven originaria de Cobán, se ofreció como voluntaria en el país sudamericano.
Esta es su historia
“Les aseguro —respondió Jesús—que todo el que por mi causa y la del Evangelio haya dejado casa, hermanos, hermanas, madre, padre, hijos o terrenos, recibirá 100 veces más ahora en este tiempo y en la edad venidera, la vida eterna”. (Mc. 10, 29-30). Esta y muchas otras citas bíblicas no cabían en mi cabeza cuando tomé la decisión de dejar todo lo que hasta ahora había conseguido con esfuerzo y dedicación, cuando las Hermanas del Niño Jesús en Bolivia me abrieron las puertas de su casa y viajé en el mes de enero de 2011 a la ciudad de Potosí, para realizar un voluntariado durante casi un año. Las condiciones de frío, de altura (4,060 msnm), y de pobreza (país más pobre de América Latina), me fueron advertidas antes de partir, y sin saber exactamente a qué me dedicaría en dicho lugar, hice una pausa a mis estudios, renuncié a mi trabajo y me despedí de mi familia y amigos. Trabajé en un proyecto de Cáritas Potosí llamado Yachaj Mosoj, que en el idioma quechua significa “Buen conocer”. Este funciona como comedor y centro de refuerzo escolar para 250 niños, adolescentes y jóvenes que se benefician directa o indirectamente del trabajo minero. Sin embargo, sus condiciones de vida son penosas y existe una fuerte explotación infantil en el “Cerro Rico”, por lo que el proyecto sale en defensa de los derechos de la niñez y la adolescencia.
El comienzo fue un tanto difícil, pues escuchar acerca de la pobreza no es lo mismo que encararla, y escuchar las historias de cada familia, de problemas reales y duros de afrontar, te hacen querer hacer mejor las cosas y dar lo mejor de ti mismo. Mi apoyo lo realicé dentro del área de Trabajo Social, realizando diversas actividades de seguimiento e intervención de casos en cuestiones de desnutrición, salud y violencia intrafamiliar, además de identificar necesidades de capacitación en diferentes temáticas, tanto a los beneficiarios, como al Centro de Madres y Escuela de Padres organizados dentro del mismo proyecto.
Durante los fines de semana brindé apoyo asistencial el Asilo de Ancianos de las Misioneras de la Caridad, - una experiencia diferente que me hizo comprender la frase de la Beata Madre Teresa de Calcuta cuando dice que “sólo hay que cruzar la línea”, y cruzar la línea de mis egoísmos fue un gran logro personal. Gracias a la experiencia de convivir con las hermanas que me acogieron, aprendí el apreciable valor de la vida comunitaria, la disciplina y la necesidad de la oración, que a fin de cuentas, fue la que me dio el valor y la fuerza cada día para dar lo mejor de mí misma, no dando oro ni plata, pero entregándoles mi ser, mis conocimientos, mi cercanía, mi apoyo, mi amistad y apoyo incondicional.
Al principio pensé que eran muchas cosas las que estaba dejando en mi país, sobre todo las comodidades; pero hoy puedo comprender que no fue nada en comparación a lo que recibí, porque en medio de esa búsqueda, me encontré a mí misma, al dejar a mi familia y amigos, encontré a una gran cantidad de personas que me dieron su amistad desde que me vieron llegar. Sé que tal vez no tenía necesidad de salir tan lejos para descubrir todo esto, porque nuestro país sufre de tantas necesidades y problemas a causa de la pobreza, pero la experiencia en Bolivia me dio la oportunidad de ver las cosas desde otra perspectiva, de crecer en todas las áreas de mi persona y de motivarme más a trabajar a favor de los más necesitados. Lo importante es comenzar ahora y ser cada uno “el cambio que queremos ver en el mundo”.
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