Cuando la supremacía del poder macedónico quedó establecida, Aristóteles volvió a Atenas para fundar una escuela de estudios superiores a la que puso por nombre Liceo. Aunque hay quien lo dibuja como un embajador informal de Macedonia, disfrazado de profesor, pero que en realidad cumplía funciones principales de espionaje.
Cuando Aristóteles llega a la Academia de Atenas para ser discípulo de Platón cuenta solo con diecisiete años, mientras el Platón que le da la bienvenida y lo acoge debe haber estado alrededor de los sesenta y en el trance de completar la República; acaso quepa decir que uno tenía la edad como para ser el nieto y otro como para ser el abuelo, que uno tenía la edad como para comenzar a formular algunas preguntas y el otro como para ir llegando a algunas respuestas.
Irremediablemente la reputación de esta relación es imperdible para Occidente y, además, es una relación envuelta en un consolidado ejercicio de argumentos dialécticos, de preguntas y respuestas, de un saber con caligrafía de diálogo.
El fi nal de la relación, según se ha contado, estuvo marcado por la decepción, toda vez que Aristóteles esperaba ser el sucesor de Platón en la dirección de la Academia; lo que no se cuenta es que Aristóteles era de Macedonia, él era un extranjero en Atenas y como tal no podía poseer bienes allí.
Otro elemento que ayuda a nutrir la trama es que el sentimiento antimacedónico era creciente en todo el mundo griego, en Atenas el encargado de atizar el fuego fue un contemporáneo de Aristóteles (ambos vivieron entre el 384 y el 322 a. C.) su nombre era Demóstenes y no se cansaba de advertir acerca del peligro que representaba el poder en aumento de Filipo, rey de Macedonia.
En cualquier caso, al morir Platón, Aristóteles abandona Atenas para dirigirse a su tierra natal y una vez ahí se convierte en preceptor del príncipe Alejandro, hijo del rey Filipo.
Más tarde, cuando el joven rey Alejandro conquista Atenas, ofrece a esta ciudad un trato diferente al que ha ofrecido a otras ciudades conquistadas: un trato más benévolo, una suerte de armisticio porque le interesa contar a su favor con la hábil fl ota ateniense para emprender la conquista de Persia; frente a lo cual parece que los atenienses, como efi caces negociadores y en la posición de vencidos, debieron consentir ciertas cosas: aceptar una permanente guarnición macedónica en su ciudad y, también, debieron exilar a Demóstenes por sus conocidos antecedentes de buscar unir a los atenienses en contra de Macedonia.
Cuando la supremacía del poder macedónico quedó establecida, Aristóteles volvió a Atenas con sufi ciente respaldo y disponibilidad como para fundar otra escuela de estudios superiores a la que puso por nombre Liceo, llamada a funcionar a contracorriente y como contrapeso de aquella Academia en la que había estudiado desde su más temprana juventud a la sombra del viejo Platón.
Quienes, para bien o para mal, hayan pasado por alguna de las múltiples facultades de derecho existentes, sin falta, seguro que han escuchado el nombre de Hans Kelsen, pues se sabe que este jurista de pensamiento positivo cuenta algunas historias sobre ese Aristóteles maduro de vuelta en Atenas, y que en ellas llega a dibujarlo, incluso como un embajador informal de Macedonia, disfrazado de profesor y director de una escuela recién fundada de nombre Liceo, pero que en realidad cumplía funciones principales de espionaje; esos relatos hacen de Aristóteles una figura casi posible de compararse a lo que podría ser un James Bond de la Antiguedad.
Después de recordar esa historia puede entenderse que la contradicción o conocida paradoja en los escritos de Aristóteles encuentra su origen como consecuencia de la necesidad en que lo pone su situación: por un lado, él debe quedar bien con sus amigos atenienses, conquistados pero partidarios de la democracia y, por el otro lado, él debe quedar bien con su paisano Antípatro, regente macedónico en la Atenas conquistada, con quien, se cuenta, no se dejaba ver en público, pero con quien sí mantenía una correspondencia fl uida con el fi n de apaciguar, en el fondo, al todo poderosos y feroz Alejandro.
Las comentadas discrepancias dentro de la obra de Aristóteles a lo mejor puedan imputarse a esta doble función de ser a la vez un profesor y de ser un agente a cargo de tareas secretas, ocultas y veladas: mientras en la Ética a Nicómaco declara que la justicia y la comunidad política tienen lugar entre personas voluntaria y naturalmente sometidas a la ley, personas que son iguales en el mando y en la obediencia por obra de la propia ley; en algunos pasajes de la Política autoriza y aprueba la monarquía, y hasta llega a decir que un hombre superior puede estar y mantenerse por encima de los demás, como si la ley en lugar de provenir de todos debiese provenir de su única voluntad.
De ahí que lo más verosímil sea que Aristóteles pensase que el fi lósofo no debería gobernar, sino más bien aconsejar a quien lo hace; y por esa vía debió de haber olvidado lo redactado en la República por aquel otro filósofo que lo cobijó siendo joven, respecto a que quien ejerce la fi losofía sí que debe gobernar.
El fin de la historia, al menos en cuanto atañe a los personajes, llega con la muerte prematura de Alejandro: cuando la noticia llega a Atenas la guarnición macedónica es expulsada por los atenienses, quienes además llaman a Demóstenes de vuelta del exilio; ante los hechos Aristóteles deja Atenas, cabe suponer que huyendo, antes de ser acusado por sus manipulaciones.
Ese mismo año, ya sin escuela y sin poder, Aristóteles enferma y muere en una lejana finca de Eubea, mientras Demóstenes se suicida cuando los coletazos del poder de Macedonia luchan por aplacar las sublevaciones atenienses.
Quizá valga la pena anotar que cualquier semejanza de esta historia con otras, de otras latitudes y otras épocas, no es casualidad.
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