El optimismo es el signo de estos días. El nuevo gobierno inspira buenas expectativas. La pronta integración del gabinete, el surgimiento de nombres de peso y la pluralidad de pensamiento en el equipo, despiertan no solo confianza sino también entusiasmo. Cuando uno revisa los probables factores de riesgo, concluye que todos menos uno son superables.
Los más suspicaces hacen notar ya un protagonismo excesivo, como forma de imponer su autoridad, de la vicepresidenta Baldetti. Les intriga la mansedumbre aparente de Pérez Molina ante esta actitud. Pero nadie ignora que ella es la auténtica conductora del partido de gobierno y que, a diferencia del propio Presidente cuyo poder se establece sin cuestionamiento por parte del sistema, a Baldetti le toca hacer valer el suyo. Será cosa de que el Presidente delimite la cancha para poner fin a este riesgo.
Hay quien prevé conflictos de cuotas de poder entre las distintas corrientes que rodean a Pérez Molina. Pero la mayoría de observadores le considera a él un líder inasible, difícil de capturar por un solo grupo de personas.
La contradicción principal en el gobierno nuevo tampoco parece que vaya a establecerse entre los militares y los civiles que lo integran o entre los derechistas y los izquierdistas del equipo.
Esto se colige a partir de las principales razones del reclutamiento del gabinete, que son dos. Por un lado, una historia de trabajo en común con Otto Pérez Molina (buena parte de ellos coincidió con él en el gobierno de Ramiro de León Carpio) y por la otra, la aptitud técnica. Los izquierdistas del equipo llegaron ahí por el dominio de la materia que se les asigna. Su inclusión, sin embargo, refleja que el Presidente tiene amplitud de criterio.
En cambio, el punto de conflicto ineludible para el nuevo gobierno se refiere a la oportunidad de hacer negocios con la ayuda del Estado. Puesto que el Partido Patriota llega al poder siguiendo la lógica perversa del modelo electoral guatemalteco, lo previsible es que el tráfico de influencias y el derecho de picaporte se hagan valer sin retraso. Los negocios más apetecidos por el gran capital –nacional y extranjero, que ambos contribuyeron generosamente con la campaña– en este momento se encuentran en las áreas de generación eléctrica y extracción minera y en la de telefonía y los servicios que se desarrollan a partir de ella.
Más temprano que tarde el gobierno de Otto Pérez Molina empezará a lidiar con estas ambiciones y a verlas reflejarse en su trabajo, sea como limitantes a sus planes o como conflictos que se establecen entre quienes favorecen a unos u otros pretendientes de los negocios.
Nada muy distinto a lo que ha vivido el gobierno saliente excepto por una diferencia clave. En la administración Colom ha habido un operador dominante de los grandes negocios. Uno solo. Su hegemonía ha sido indiscutida. Esto permitió que el riesgo de conflictos internos se redujera.
En el futuro gobierno en cambio hay varios aspirantes a jugar ese papel. Y eso siempre acarrea el riesgo de grandes problemas.
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