Para ser el año del fin del mundo, estamos optimistas.
Tenemos al mismo país, con los mismos problemas ancestrales. La misma elite, ensimismada y miope, que no acaba de entender sus responsabilidades y que patalea por conservar los privilegios que nos ahogan a todos, incluida a ella misma.
Tenemos a la misma izquierda, anclada en los años setenta, ilustrada por los folletos de Marta Harnecker, ávida de revancha, incapaz (como sus contrapartes) de ver más allá de los dogmas que nos succionan cual agujeros negros.
Tenemos la misma estructura socioeconómica: una pirámide chata de base muy amplia sobre la cual se encumbra un puñado microscópico de afortunados, seguidos de una escuálida clase media y una muchedumbre de pobres, en constante riesgo de caer en el abismo de la miseria.
Tenemos el mismo sistema de administración de justicia, que privilegia a los poderosos y hace de la ley una ficción, con lo cual celebrar contratos y hacer negocios se vuelve un juego de azar.
Tenemos el mismo sistema político-electoral, que promueve partidos de mentiras con padrinos de verdad, quienes cobran sus millonarios aportes en negocios estatales y derechos de picaporte.
Tenemos el mismo gobierno, que recauda poco y mal, y luego gasta sin ton ni son el tesoro público, de suerte que el dinero nunca alcanza para cumplir con los servicios elementales: policía suficiente en todos los rincones del país, fiscales, jueces y maestros bien preparados y con vocación para servir, escuelas secundarias, drenajes y agua potable. Ni hablar de la red vial, que se encuentra colapsada gracias al cuidadoso mantenimiento brindado en los últimos cuatro años.
Los Zetas siguen aquí, así como la variopinta red local del crimen organizado, que ha sabido infiltrarse en nuestras instituciones, tanto las públicas como las privadas, de tal suerte que ya no se sabe quién es delincuente y quién no y el dinero negro de actividades ilegítimas inunda la cañería entera del sistema.
Y aún así, contra todo pronóstico, los guatemaltecos nos encontramos optimistas a principios de este 2012, sin prestar atención a los agoreros de medio pelo que no se cansan de anunciar que pesa sobre la humanidad una inminente hecatombe.
El gobierno anterior no pudo contra el monstruo que somos, lo sacamos de una patada como es nuestra costumbre y ahora nos hemos conseguido uno nuevo por el que queremos apostar.
Existen elementos diferenciadores en el grupo que se apresta para gobernarnos: en primer lugar, aunque vista de civil para la toma de posesión, el nuevo presidente es un militar, con grado de general. Los guatemaltecos somos autoritarios: nos gusta desfilar con kepi y guantes blancos, estirando el paso de ganso.
Estamos ávidos de orden y estructura, hartos de la criminalidad y la violencia, del desorden administrativo, de la crisis, de nuestros fracasos, y queremos alguien que nos hable fuerte y nos dé órdenes.
Los capitalinos bien pensantes estamos optimistas al inicio de esta nueva administración en la misma medida en que llegamos a detestar al gobierno saliente, como ha pasado siempre. Nos entusiasma que haya buenos elementos en el gabinete, que se vea gente seria, que el mandatario electo ya los tenga marchando.
Se nos olvida que las fuerzas centrífugas de la sociedad que tenemos, idénticas hoy a como estaban hace cuatro años, son demasiado fuertes. Si ha de cambiar la corriente, es porque existe masa crítica para empujar un cambio de dirección. Eso solo se logrará cuando no solo queramos observar el cambio desde nuestra mullida poltrona, sino encarnarlo. Y ahí sí, me encuentro más perpleja que optimista. ¿Queremos?
¿Ni porque ya viene el fin del mundo?
Vea www.dinafernandez.com
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