El Poder Legislativo está depositado en las manos de los diputados, la fauna más curiosa e infiel de nuestro país, porque al Congreso llegan muchos como representantes del pueblo, uniformados de un “partido”, pero una vez garantizada la silla se cambian a toda prisa, movidos por la marea, y se ponen a pelear por la llave de la oficina, aflorando la peor calaña y los bajos instintos que provoca la propiedad privada en cargo pasajero y público.
Los mal llamados partidos no son organizaciones que reúnan a personas con ideas afines, que comparten una idea de hacer Gobierno para el beneficio colectivo, sino asociaciones sin compromiso de gente conocida con intereses e ideas particulares, hoy amigos, mañana enemigos, y en el peor de los casos instrumentos plegables a voluntades maquiavélicas. Las agrupaciones invierten para repartirse cuotas de poder, quieren empleo para ellos y los suyos, y canalizar los negocios del Estado. Para llegar al Congreso invirtieron en tiempo y publicidad, y apenas reciben el voto y las credenciales todopoderosas del Tribunal Supremo Electoral se sienten dueños y señores del privilegio mientras dure, sin importar cuál fue la bandera y promesa por la que fueron elegidos.
Esta vez los diputados han corrido como nunca, se pasaron de una tribuna a la opuesta sin vergüenza ni pena, desde el primer día. El caso de la desintegración de la UNE es ejemplo terrible, porque luego de un esfuerzo impresionante del oficialismo sin candidato presidencial debido a la ceguera, ambición y necedad de sus líderes, lograron llevar al Congreso una poderosa bancada para proteger los supuestos “ideales socialdemócratas”. En septiembre se tiñó de verde un grueso sector del hemiciclo, significando una idea de “partido” y una agenda legislativa congruente, pero tras la segunda vuelta electoral y la caída de las hermanas Torres, una fugada y otra arraigada, se suscitó una catarata de tránsfugas huyendo y buscando acomodo en territorio más seguro o conveniente. ¿Qué confianza puede tener el ciudadano de estar representado si sus elegidos se cambiaron de camiseta y propósitos? La gran bancada verde resultó raquítica y depauperada, sin esperanza. Los socialdemócratas se volvieron extremistas o se organizan para poder hacer pulso en las futuras negociaciones. El nuevo Presidente se debería de sentir inseguro, porque la deslealtad está a la vuelta de la esquina, y aún no sabemos con propiedad qué colores dominarán en el mercado del Congreso, donde los camaleones toman el color del arcoíris según su antojo.
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