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    Guatemala, domingo 22 de enero de 2012

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    DOMINGO

    Crónicas del fin del mundo

    Matar es también morir un poco. “El mundo se acaba y empieza uno nuevo”, dice Carla, una mujer que se cobró la vida del hombre que asesinó a su hermano. El mundo nuevo puede ser un infierno o un paraíso. El que mata puede morir de culpa o vivir de orgullo. Estas son las historias de algunos homicidas confesos.


    “Sintió que su pecho era un colgador metálico lleno de camisas blancas que se secaban al sol. Pronto las camisas se agitarían con el viento y él estaría matando, rompiendo la cadena interminable de odiosos tabúes sociales”. Así describe el novelista japonés Yukio Mishima los momentos que anteceden al primer asesinato que comete su personaje, un niño de trece años. “Trató de encontrar en su interior algo de piedad y sintió que, al igual como se ve una ventana iluminada de un tren, la compasión aleteaba a lo lejos un instante y desaparecía”.

     

    Teresa se parece un poco a ese personaje. Pero ella es real, es guatemalteca y va a pasar el resto de su vida en una cárcel. Porque ha matado. Mejor dicho, porque la han atrapado. La primera vez que se cobró la vida de un ser humano fue hace diez años, cuando ella tenía 16. El corazón le saltaba en el pecho, pero esos saltos, lejos de hacerla dudar, de revisar en la conciencia algo que pudiera detenerla, la hacían caminar con más impulso. Sacó la pistola y le dio por la espalda , “se lo merecía” dice.

     

    En Guatemala muere violentamente una media de 15 personas cada día. Vidas que han truncado otros seres humanos. Sabemos mucho de los muertos, pero poco de los asesinos. Adentrarse en sus motivos, en sus impulsos y en sus decisiones es una forma de acercarse a la raíz de la hiedra que carcome al país. Llegar al tumor que provoca el cáncer.

     

    ¿Qué lleva a una persona a matar, qué hace que se rompa esa frágil condición que nos separa de las bestias y haga que un ser humano entre en el mundo de los asesinos? ¿Y qué pasa después, cómo se vive cuando se viaja acarreando muertos en la conciencia? Las preguntas se hicieron a reclusos condenados por homicidio y asesinato.

     

    El trabajo tomó cerca de un año, porque no es sencillo encontrar gente que esté dispuesta a confesar abiertamente que ha matado. En la mayoría de los casos, los condenados negaban su crimen. Hubo alguno que aseguró que había disparado, pero no creía que la bala hubiera acertado a aquel quien hoy está muerto y bien muerto. “Seguro se murió por otra cosa”, dijo con seriedad escalofriante. Pero algunos hablaron sin tapujos, revelaron –unos con arrepentimiento, otros con completo cinismo– los pormenores de sus crímenes.

     

    Son solo ocho las historias aquí recogidas, porque representan a muchas personas, que abarcan todas las edades y los motivos más frecuentes para matar: celos, ebriedad, dinero, poder, miedo, tierras o placer. Los reclusos accedieron a contar su historia con dos condiciones: que no se les tomaran fotografías y que no se publicaran sus nombres reales.

    Decía Mishima que el asesinato llena el mundo de la misma manera que una grieta abarca un espejo. Nos reflejamos en él, pero la grieta no nos deja vernos. El mismo Mishima optó por la muerte, se suicidó en un acto ritual japonés, el seppuku.

     

    Despertar
    de un mal/buen sueño

     

    Casi todos los asesinatos en Guatemala tienen progenitores. Son hijos de otro crimen, un árbol genealógico de muertes: es muy frecuente que el que mata lo haga para vengar el asesinato de un familiar o un amigo cercano. Entonces los deudos del nuevo muerto buscarán deshacerse de aquel que mató a su ser querido. Así nace una cadena de muertes. Raquel, una de las entrevistadas, mató al Ratón, el sobrenombre que usaba un pandillero de su cuadra. El Ratón era el culpable –ella está segura– de la muerte de su hermano mayor. Su hermano mayor –la familia del Ratón, está segura– había matado a un primo del Ratón. La cadena se rompería solo si el primer asesino fuera de inmediato a prisión. Pero no es frecuente que los asesinos vayan presos. “Uno sigue matando porque mira que no pasa nada”, confesó Otilio, un sicario de 28 años. Solo en 2011 hubo 5 mil 681 asesinatos y 519 condenas por ese delito. Hay muchos culpables sueltos, culpables que si la Policía no atrapa, lo harán los parientes de sus víctimas.

     

    “Las personas pueden matar por factores sociales o personales”, explica Evelyn Rosales de Vondenhuevel, una trabajadora social guatemalteca que labora en Estados Unidos. “Cuando una persona mata por un factor social, puede ser por delincuencia común, o bien por pertenecer a un grupo que comete delitos como las pandillas o el sicariato. Cuando asesina por factores personales, esto puede incluir trastornos mentales como esquizofrenia, bipolaridad o psicosis. También los trastornos de personalidad que tienen que ver más con lo moral como celos, envidia o ira”.

     

    ¿Qué se siente al matar? “No se siente”, responde Carla, y luego elabora más despacio sus ideas: “Es que uno se queda como dormido y cuando despierta y mira lo que hizo no lo puede creer. Uno siente que es el fin del mundo”. Carla mató por venganza, ha sido su único crimen. Pero hay quienes, como Otilio –que no sabe ponerle número a sus víctimas– se han acomodado en el nuevo mundo, en el mundo de los que matan, sin dificultades. Algunos despiertan de una pesadilla, pero otros de un buen sueño.

     

    La psicóloga Ana María Jurado lo explica en términos científicos: “Hay un mecanismo que se llama disociación, quiere decir que la persona pierde conciencia de lo que está sucediendo, hay una amnesia disociativa que hace que muchas veces no recuerde el momento exacto del crimen”. Y Dostoievski lo explica en términos literarios: “Todos los criminales, cualesquiera que sean, experimentan en el momento de cometer su delito una especie de desfallecimiento de la voluntad, del juicio, que son reemplazados por un aturdimiento pueril, precisamente en la hora en que la razón y la prudencia les serían más necesarias”.
    En este país viven muchas personas que ya no sienten nada al apretar un gatillo. “Un sicario se hace no nace”, comenta Vondenhuevel. “Y como en cualquier otra profesión hay metas que cumplir y escalones que subir. Un sicario suele tener un nivel de conocimiento de lo que está haciendo, y sabe para quién lo hace”, explica. Jurado añade que, aunque puede haber un componente genético, es la relación con la sociedad en la que se desenvuelve la que lo hace explotar: “Hay muchos estudios que afirman que la genética sí tiene que ver, pero el ambiente definitivamente contribuye al desarrollo y a la instalación de una mente criminal. Se han hecho estudios en gemelos criados en ambientes diferentes y se han encontrado rasgos psicopáticos en los dos, lo que demuestra que no es solo el ambiente. La pobreza extrema, una infancia carente de estímulos y de afecto son factores ambientales que pueden influir. Por supuesto la genética puede ser contrarrestada por el ambiente, si ha recibido una buena formación no llegará al asesinato”.

     

    ¿Por qué mata la gente en Guatemala? Por muchas razones, las más frecuentes son las acciones de las pandillas y las venganzas. Pero otros motivos suelen ser el dinero, los celos, la ebriedad y “los problemas por tierras” como explica el abogado Rony López, de la Defensa Pública Penal. En la Granja Penal Canadá hay un interno que se ha dedicado a estudiar los crímenes de sus compañeros, a indagar en sus motivos, su observación puede resumirse en que “los de oriente suelen ser crímenes pasionales, se calientan disparan, apuñalan y se acabó. En cambio, la gente de occidente piensa más, planea y lo hace. Los de occidente casi siempre tienen cómplice, y los de oriente van solos”.

     

    ¿Por qué entrevistar a asesinos? Primero porque es preciso romper estereotipos, descubrir que no solo aquellos que tuvieron una infancia difícil, que viven en la pobreza o cuyos padres eran alcohólicos pueden convertirse en homicidas. Estudiar a los asesinos lleva a las entrañas de la violencia. La segunda respuesta es una frase que la jurista española Concepción Arenal dijo a finales del siglo XIX: “Odia al delito, pero compadece al delincuente”. Y la tercera la escribió Thomas de Quincey en 1827: “Nuestra simpatía debe estar con el asesino (por supuesto quiero decir una simpatía de entendimiento, una simpatía por la cual penetramos dentro de sus sentimientos, y los entendemos, no una simpatía de piedad o aprobación). En la persona asesinada, toda pelea del pensamiento, todo flujo y reflujo de la pasión y de intención, están sometidos por un pánico irresistible; el miedo al instante de la muerte lo aplasta con su mazo petrificado. Pero en el asesino debe estar latente una gran tormenta de pasión –celos, ambición, venganza, odio– que creará un infierno en él; y dentro de este infierno nosotros miraremos”. Estos son los infiernos personales de algunos guatemaltecos.

     

    Teresa

     

    El tren de la piedad pasó de largo hace ya mucho tiempo por la vida de Teresa, apenas si paró en su estación unos segundos. Lo hizo, quizá, cuando de niña le perdonó la vida a un pollito que pretendía ahogar en la pila. “Yo quisiera arrepentirme”, dice con aparente sinceridad: “a veces en la noche me pongo a pensar en la mujer que maté, pienso en sus hijos y me imagino que se quedaron solos y tienen hambre por mi culpa, pero eso no me hace sentir mal. Trato de llorar, lo juro, pero no puedo”. Sus palabras dan la impresión de que realmente vive un conflicto, de que sus intentos por sentir compasión son genuinos. Genuinos pero infructuosos.

     

    El pastor evangélico le dijo que para entrar en el Reino de Dios tenía que pedir perdón. “Arrepentirte de verdad. Tienes que llorar, sufrir, sentirte verdaderamente mal cuando recuerdes lo que hiciste. Solo cuando hayas llorado a mares y hayas pasado noches sin dormir por los remordimientos, se te abrirán las puertas del cielo”. A Teresa esas palabras se le quedaron grabadas. Creció en la religión católica y desde pequeña tuvo miedo del infierno, pero ese miedo se fue cuando conoció a un pandillero del que se enamoró perdidamente. Él le pidió una prueba de amor: matar a una de sus enemigas. Y ella lo hizo sin dudarlo, no sabe cómo pasó, pero en un pestañeo cambió de dios, el Dios de la Biblia dejó de tener sentido para ella y ya solo se dedicó a adorar a un único dios: el Funky, un tipo tatuado de ojos acristalados.

     

    Cuando, días después, el pastor le preguntó si había logrado arrepentirse, ella fue sincera: “me acordé de la cara de la mujer que maté. La vi llena de sangre, tirada en el suelo y la verdad …me sentí bien, me sentí orgullosa”. El hombre la vio con la mirada más oscura que ella haya sentido y le aseguró que pasaría la eternidad en el infierno, “vas a vivir calcinada por las llamas, tu sufrimiento no tendrá fin”. Esas palabras, dice, la asustaron más que las que dijo el juez cuando la sentenció a pasar prácticamente el resto de su vida presa.

     

    Teresa ha matado a tres personas, las tres a balazos, las tres vidas las arrancó antes de haber cumplido los treinta años. Eran tres miembros de la mara rival y para ella, haberlos asesinado fue un éxito, prestigio dentro de su nueva familia –su familia anterior, la genética, todavía la visita en prisión– su crimen fue un triunfo en las nuevas reglas sociales que adoptó al entrar en la pandilla. ¿Qué sintió al matar? “Mucha energía”, dice a secas, “uno se siente mejor cuando lo cuenta, cuando regresa con los compañeros y les da detalles de cómo cayó o de si pidió que no la mataran, todo eso”.

     

    Habló durante dos horas de su infancia, que había sido perfectamente normal, sin padres abusadores, sin violencia intrafamiliar, de sus días en un colegio privado y en un hogar acomodado, y de cuando decidió ingresar en una pandilla por amor. De los desteñidos muros de la cárcel pendían ajados adornos navideños. Y su mayor preocupación, a los pocos minutos de terminar lo que había sido una confesión laica, con sus ojos negros de mirada infantil, clavados en el espacio, era: “¿usted cree que exista el infierno?”.

     

    Otilio

     

    Antes de salir, Otilio Esaú Romero cerraba los ojos y elevaba una oración: “Dios, Padre, quítame a los policías del camino, hacé que regrese sano a mi casa, cuidá a mis hommies, dame fuerza”. Y Dios, asegura él, lo acompañaba cuando iba a matar, lo protegía y le permitía una huida siempre expedita. Por eso pudo dedicarse al sicariato sin problemas durante más de una década. El primer asesinato lo cometió cuando recién cumplió catorce años, un amigo le había hecho un regalo especial: una nueve milímetros negra. “Esa fue mi primera pistola” dirá doce años después, en medio de los árboles que dan sombra en una cárcel de la costa, “al final ya me parecía de juguete. Llegué a tener una Ceska Zbrojovka y una M16”. Llenó la tolva con 35 balas y se la guardó entre el pantalón y la camisa. No tuvo que ir muy lejos, el tipo que buscaba estaba a unas cuantas cuadras. Sacó el arma y puso fuerza sobre el gatillo, sonó una vez, dos veces, tres veces y entonces no pudo parar, el ruido se multiplicó tanto que sus oídos se ensordecieron. Minutos más tarde descubrió que su dedo seguía presionando pero que ya no salían balas: las había disparado todas. El hombre al que mató era el violador y asesino de su hermana menor. Fue su primer crimen y le gustó. Más tarde mató a un vecino que le molestaba. Después a un policía y luego a algún pandillero que hostigaba a su familia. “En la calle fui un poco rebelde”, dice con media sonrisa, sus ojos son verdes y recuerdan el camuflaje de los soldados. “Lo que pasa es que la ley lo molesta a uno, a veces uno está en una esquina y solo por el vestuario lo comienzan a molestar”, se justifica.

     

    Los días posteriores al primer asesinato su vida cambió. Cerraba los ojos y sentía que tenía enfrente al hombre al que había dado muerte. Lamentaba haber matado, hasta que un día tomó una decisión: “Si ya me metí en eso, en eso me voy a quedar”. Fue el punto de partida para una cantidad de asesinatos que ya no sabe contar. “Depende cómo era el coco así se cobraba”, cuenta. “Si se sabe que el hombre va armado eso va a costar más, porque uno se está arriesgando”.

     

    Entró en la pandilla y vio de cerca cómo muchos de sus amigos –sus nuevos hermanos– caían muertos, eso le hizo arder de furia. “A veces hasta me reviraba la sangre de mi amigo en la cara y era duro, y ¿cómo se desahoga uno de eso? Solo haciendo lo mismo”, reflexiona. Ante la pregunta ¿qué se siente matar? Otilio tiene una sola respuesta: no siente nada. “Si ya lo hiciste, ya lo hiciste, no hay vuelta”.

     

    Se arrepiente desde luego, si tuviera la oportunidad de empezar de nuevo lo haría todo distinto. “Si no hubiera hecho maldades ahora podría ver crecer a mis tres hijos. El mundo es pequeño aquí, y no estoy con las personas que amo. Dicen que es suerte, pero en verdad yo creo que es misericordia de Dios que yo esté vivo” reflexiona mientras mira de reojo el campo de fútbol cercano, los otros reclusos han empezado a prepararse para un partido. “Es difícil vivir así, cualquier sirena y uno se asusta, piensa dónde va a esconder las armas, se imagina que ya vienen por uno. No es una buena vida”.

     

    Si alguna vez sale –tiene dos condenas de 25 años cada una y cuatro juicios abiertos– está seguro de que buscará un empleo y se alejará de las armas. La pelota empezó a rodar afuera y él instintivamente se levanta, “perdone, me voy, es que si quiere que le cuente de cada uno de los que he matado nos vamos a estar aquí un buen rato”.

     

    Carmela

     

    El ruido de las sirenas le dijo que había llegado su hora. Tuvo todo un año de suerte, pero las buenas rachas se acaban. Algún familiar le aconsejó que saltara por el jardín trasero de la casa y huyera, pero ella prefirió abrirle la puerta a la Policía: no quería una vida de fugitiva. La fiscal se asombró de que fuera la propia sospechosa la que los recibiera y que además confesara todo de inmediato. “Solo le pido una cosa”, le dijo, “déjeme irme en mi carro, no soportaría que los vecinos me vean esposada en una patrulla”. La fiscal accedió con una condición: manejaría un policía y otro iría en el asiento trasero. Carmela se quitó las joyas, se puso un pantalón de algodón, una camisa de franela y unos tenis. Su empleada doméstica le preparó un maletín con ropa limpia para varios días. Eso fue hace diez años, lleva la tercera parte de su condena viviendo en prisión.

     

    “Yo nunca hice nada malo, siempre fui honesta, cuidé a mis hijos, fui una buena madre”, dice mientras cruza los dedos sobre las piernas, sus manos son ásperas y sus uñas están gastadas y sucias, solo un anillo de oro que brilla en el índice recuerda que fue una ama de casa elegante, “si estoy aquí es por culpa de mi marido”.
    Su vida era normal hasta que empezaron a llegarle rumores, habían visto a su esposo con otra mujer. Ella se puso en alerta: revisó sus llamadas, sus correos, sus horarios. Pero no halló ninguna prueba acusatoria. Sin embargo las voces no cesaban: les habían visto entrar en un hotel, en algún balneario, salir del cine tomados de la mano. Carmela lo seguía, pero él sabía siempre jugarle la vuelta. Más tarde la gente le contó quién era la amante: una vecina que recién era mayor de edad. Carmela pensó entonces que lo más sensato sería hablar con los padres de la niña, para que ellos la castigaran. Pero la madre no fue nada receptiva, ofendida le dijo que su hija jamás saldría con un viejo como su marido, “usted es vieja y fea por eso está con él, pero mi muchachita es distinta”, concluyó la frase con un portazo. Carmela no consiguió paz, sentía que 16 años de matrimonio se esfumaban como quien sopla una semilla voladora.

     

    Los rumores fueron, poco a poco, tomando forma de certezas. Su marido le era infiel, lo que es peor, la amante estaba embarazada. La tarde que empezó todo Carmela iba a lavar los pantalones de su esposo, está vez no estaba espiando, fue una completa casualidad que hallara una cédula. Era una cédula nueva, con una foto reciente y en las últimas páginas una anotación que hizo que las piernas dejaran de sostenerla. Su esposo se había vuelto a casar, esta vez con una niña de 18 años.

     

    Carmela entró en cólera, pero no pensó en envenenarlo, en echarlo de la casa, en demandarlo por bigamia, pensó en arrastrar por el pelo a la mujer que destruyó su familia. Fue a buscarla y en la puerta se topó con la madre, hubo gritos, insultos y un alboroto que hizo que el padre de la muchacha saliera con la pistola en la mano. Cuando Carmela lo vio se le abalanzó y forcejeó hasta que se apoderó del gatillo: disparó una vez y la bala le rozó la cabeza, disparó una segunda vez y el tiro dio justo en mitad de los ojos del hombre. Había matado al padre de la nueva esposa de su esposo.

     

    Hoy vive recluida, pasa los días limpiando frijoles y añorando los días en que servía el desayuno a sus tres hijos. Dieciséis años de matrimonio que terminaron mal. Ahora su exesposo vive feliz con su chica joven y sus dos nuevos hijos en una casa grande y llena de vida. Ella vivió los últimos años regurgitando su cólera en un cuarto minúsculo de una prisión. Pero eso ya pasó. Aprendió a perdonar  y a arrepentirse. “No sé por qué no lo dejé así”, dice, “mis hijos, mis amigos me decían que lo dejara que me fuera, que no hiciera nada, pero yo no pude, no podía con el odio que le tenía”.

     

    Lauro

     

    “Mire… la verdad es que él me andaba coqueando desde hacía rato”. Lauro evade la mirada y se seca el sudor de la frente con el dorso de la mano, “me había pegado ya varias veces, me insultaba, desde que éramos güiros me molestaba mucho”, una pequeña gota de sudor en la punta de su nariz intenta caer, “a veces nos llevábamos bien, pero casi siempre había bronca”, las palabras le salen a medias, como si las pensara demasiado antes de pronunciarlas, “yo creo que la culpa también era de mi mamá porque ella nos obligaba a estar juntos, aunque nos odiábamos. Me decía: es tu primo lo tenés que querer”, la gota por fin se desprende de su nariz y le cae en el labio de abajo, él la sorbe lentamente, “pero no nos pudimos querer y bueno… la verdad, nos agarramos a trancazos”.

     

    Lauro tiene 25 años y una sonrisa perfectamente alineada, sus dientes blancos recuerdan un cuchillo recién afilado. Lleva la cabeza calva y una camiseta de algodón que debe ser unas tres o cuatro tallas más grande. El crimen lo cometió cuando recién cumplía los 20 años, mató al hombre que le acosó toda la infancia. “Tenía tanta ira adentro”, ese hombre era su primo. Fueron juntos al colegio, a la secundaria y por azares del destino terminaron trabajando en el mismo sitio. Allí Lauro seguía sufriendo los abusos de su amigo. “Sus bromas eran darme una bofetada cuando yo estaba hablando con una patoja que me gustaba, escupirme en la cara, escupir mi comida, gritarme gordo de mierda en la calle, cosas así”. Lauro se dejaba, sin rechistar. Trataba de reírse y de hacerse el que no sentía nada, pero un día la broma se pasó de la raya. El primo le dijo al jefe que Lauro había robado y cuando le abrieron la mochila encontraron allí un fajo de billetes. Lauro se quedó sin empleo, en la familia lo tachaban de ladrón y hasta su propia madre le negó la palabra ese día. Así que Lauro decidió ir a beber y alcoholizarse hasta que se le olvidara todo.

     

    El problema fue que no se le olvidó. Por el contrario la cólera y la ira llegaron con más saña, así que volvió a su casa, buscó un cuchillo y fue a hacerle una visita sorpresa a su primo. Se lo clavó en el pecho, en el estómago y en el cuello. No murió en ese momento, sino días después en el intensivo de un hospital. “Se me juntó el rencor con la borrachera”, reflexiona, “yo no pensé que iba a llegar a matarlo, lo juro, no voy a decir que no sentía ganas, pero nunca creí que yo fuera capaz de matar a mi primo”. Lauro no recuerda el momento exacto en que clavó el cuchillo, ni la reacción de su víctima, ni como la sangre brotaba de su cuerpo. No vio nada de eso. Fue como si durmiera y despertara con un cuchillo ensangrentado en la mano. Quizá fue el alcohol, quizá fue ese nublarse del juicio del que habla Dostoievski. “Por su puesto que estoy arrepentido”, dice y la pregunta le parece casi un insulto, “¿cómo no voy a estarlo? Si arruiné mi vida. Mis tíos no me pueden ver, mi mamá ha venido muy poco a verme y cuando está aquí siempre llora, me abraza con miedo, como si yo ya no fuera su hijo. A veces creo que ya no soy su hijo, a veces creo que no soy yo”.

     

    Carla

     

    Las manos le temblaban tanto que soltó sin querer el cuchillo de cacha de madera. “Ya estuvo bueno Carla, vámonos” escuchó decir a su amiga, pero las palabras le llegaban retrasadas, hacía ya varios minutos que se lo habían dicho, cuando se negaba a dejar de atacar el cuerpo del hombre que asesinó a su hermano. “Carla, viva pues, nos vamos”, le repitió y acto seguido le zarandeó por los hombros hasta que pareció avivarse.
    Carla bajó la vista y se topó con un hombre retorciéndose en el asiento de un desvencijado camión. “Dios mío qué hice” pensó, pero fueron solo unos segundo de confusión, después corrió al volante y arrancó. “Te vas despacio, no hagas muladas” le gritó la amiga.

     

    Llevaba planeando el asesinato desde hacía más de cinco meses. Todo estaba estudiado, y en términos generales había salido bien, nadie les vio, y no olvidó recoger el cuchillo con que apuñaló –83 veces, se enteró después– al pandillero que según ellas había cometido una docena de crímenes, entre ellos violar niñas y asesinar de dos disparos al hermano de Carla. Ya no recuerda muy bien en qué iba pensando mientras conducía, pero seguro que la imagen de su hijo recién nacido se le cruzó por algún momento. Cometió su único crimen pocos meses después de dar a luz. “El Monkey merecía morir”, dice sentada en un raído sillón de la oficina de la directora del correccional.

     

    Carla tiene 28 años, tres hijos y casi la mitad de su vida la ha pasado en prisión. Aquella noche, cuando mató a sangre fría a un pandillero, un retén de policía en mitad del camino cambió los planes, no pudo huir y la sentencia fue de 20 años de prisión inconmutables. Lleva una década y aunque su conducta ha sido buena, no habrá reducción de condena.

     

    “Matar se siente…” duda unos minutos antes de completar la frase, “es algo que se siente nada más” dice, pero después intenta armar las palabras: “se siente como si estuvieras fuera de ti mismo. Cuando le di la primera puñalada me desconecté de mí misma, seguí clavando pero era mi mano la que se movía sola, yo sentía un calor muy fuerte y no podía hacer nada para controlar mi mano. Cuando, al día siguiente leí en el diario que le había dado 83 puñaladas no lo podía creer, nunca pensé que hubieran sido tantas”.

     

    Carla no está arrepentida. Más que vengar la muerte de su hermano, matar al Monkey fue un acto necesario para evitar más muertes, asegura. En prisión ha recibido terapia y eso le ha ayudado a comprender por qué hizo lo que hizo. “Yo nunca pensé que iba a ser capaz de matar” asegura, “pero ahora sé que tenía mucha rabia que no supe sacar de otra manera”. Carla creció en una zona marginal donde las maras gobernaban y de niña sufrió el abuso sexual de una pandilla completa. La violación fue tan severa que tuvo que pasar varios días en el hospital. La psicóloga le ha dicho que al apuñalar al marero estaba liberando ira guardada desde hacía mucho, por eso se ensañó tanto con la víctima. Carla se ha adaptado a su vida en reclusión, trabaja haciendo tortillas y con frecuencia habla con Dios. “Le digo que me perdone y que me comprenda”. Su momento de mayor felicidad es cuando le llevan a su niño y en silencio le pide perdón a él también.

     

    Germán

     

    “Lo primero que quiero decir es que yo tengo la conciencia tranquila” las palabras de Germán suenan fuertes, como si quisiera que los demás comensales se enteraran de que es un hombre digno, “si uno tuvo que mancharse las manos de sangre fue porque quería defender a su patria, porque era su deber, su trabajo”. Las palabras Patria y Deber suenan más fuertes incluso, estamos en un pequeño café de la zona uno, es sábado y el frío empieza a sentirse en la espalda. Tiene 63 años pero parece mayor, le falta un diente entre los dos colmillos y su pelo se ha encanecido por completo. Luego baja la voz y empieza a relatar cómo su entrenamiento en el Ejército le preparó para el momento decisivo: el día en que debería disparar su arma contra otro ser humano. “No es lo mismo dispararle a un monigote que a un hombre” reflexiona “hasta las balas suenan distinto”. Entró al Ejército por voluntad propia. A diferencia de la mayoría de sus vecinos que en los años ochenta eran arrastrados a las fuerzas armadas, él se ofreció al comisionado. Fueron días duros, dormir y comer poco, sudar mucho. “En ese entonces teníamos un lema: guerrillero visto, guerrillero muerto”.

     

    La primera vez que vio a un guerrillero –más bien creyó haberlo visto– fue un día en la montaña, cuando la maleza se movió con fuerza. No dudó en disparar contra las plantas que se agitaban y tras unos segundos de confusión un compañero gritó que habían acertado. Tres bajas, ese fue el saldo. Pero como muchos de sus colegas dispararon también él no podía estar seguro de que fueron sus balas las que quitaron la vida a aquellos tres cuerpos. De momento seguía invicto. Pero duró poco, días después hubo otro combate y tuvo frente a frente a un guerrillero. Disparó. Y entonces ya no fue el mismo. “Sentí miedo, mucho miedo y no le podía decir a nadie que me sentía mal, porque me iban a decir cobarde”. Así pasó sus días en soledad, grabándose en la cabeza que había hecho “lo que tenía que hacer”. Es el único hombre que lleva en la conciencia. No había pasado un mes de eso cuando tuvo un accidente en la base militar y le dieron de baja. Volvió a su pueblo, confundido. “Luego a mí me hablaron de que el Ejército había hecho cosas malas, masacres. Y entre veces yo no sabía si éramos los buenos o los malos”. Quizá por su propia tranquilidad llegó a la conclusión de que eran los buenos, y que su trabajo fue, al final de cuentas, un deber para la patria. Lo dice, pero da la impresión que no se lo cree.

     

    ¿Qué se siente al matar? “Miedo, primero porque uno sabe que puede ser uno el muerto y no el otro. Hay posibilidades de que ambos caigamos” confiesa, en sus palabras hay un dejo de tristeza que disfraza con la convicción del trabajo bien servido.


    Carlos

     

    A Carlos le cuesta hablar. Si no tuviera el cuerpo completamente tatuado cualquiera pensaría que es un niño perdido. Lleva una camiseta blanca que con grandes letras azules dice: “Soy un ángel”. Está tan desgastada que trasluce su pecho lleno de marcas, su espalda con el símbolo de una pandilla y sus costillas apenas resguardadas por una fina capa de carne.

     

    La primera vez que mató tenía once años y el crimen sería su visa para entrar en la mara. La pandilla le exigió que asesinara a un hombre mucho más grande que él, si lo lograba recibiría protección y le tatuarían el brazo en señal de su valentía. Le temblaban las piernas. Salió de casa sin decirle nada a sus padres y pasó recogiendo la pistola que uno de los mareros le iba a prestar. Su víctima caminaba tranquila, sin imaginar que el niño que le seguía tenía un arma. “Y le disparé”, así lo resume todo. No le atraparon esa vez, sino nueve años más tarde y por un muerto que no era suyo, según asegura.

     

    “Matar da miedo… la primera vez” explica. Su historia se repite en cientos de rostros jóvenes: niños de hogares disfuncionales, hijos de alcohólicos que terminaron en los brazos/garras de una pandilla. Carlos habla apenas, se lleva los brazos al cuello y respira hondo, sus pies están colgando de la silla, “uno tiene que matar porque si no lo matan a uno. Si uno se quiere ir no hay para donde” dice y baja la mirada, no soporta otras pupilas frente a las suyas, como si sintiera que otros ojos podrían lastimarle.

     

    Casimiro

     

    A Casimiro le empezó a ir muy bien en los negocios. Parecía que venía una buena racha, sus ventas subieron, logró comprarse un picop y de un día para otro se volvió la envidia de los vecinos de un empobrecido barrio de Zacapa. Los primeros en ver con celos la nueva fortuna fueron los parientes pobres, un tío y primo de Casimiro que atribuían su suerte a un terreno que heredó de su madre. El tío nunca estuvo satisfecho con esa herencia, el terreno había sido, en principio, de su padre, y por alguna razón cayó en las manos de su hermana mayor, la madre de Casimiro. Para él lo lógico era que al morir la hermana las tierras se le legaran a él. Pero no fue así, el testamento dejó muy claro que la propiedad sería para Casimiro.
    “Antes no habían dicho nada” cuenta Casimiro, está en prisión, lleva la camisa a cuadros desabotonada y uno de sus ojos siempre mira en dirección contraria al otro. “Fue hasta que me vieron con dinero que me empezaron a seguir, a pedirme que me fuera del pueblo, que les dejara el negocio a ellos”, desde luego Casimiro no hizo nada de eso. Por el contrario aprovechaba cualquier ocasión para pasearse con la cadena de oro al cuello y las botas nuevas por enfrente de sus familiares. Hasta que una tarde calurosa lo emboscaron. Le estaban esperando agazapados tras una esquina, cada uno con su machete en la mano.

     

    Sorprendieron a Casimiro, pero él también los sorprendió a ellos: llevaba machete y un odio profundo dentro. De ese día le quedaron tres marcas indelebles en el cuerpo: una grieta carnosa que sobresale de un antebrazo, un surco que le corta la cabellera por encima de la oreja y una desviación total del ojo izquierdo.
    Alzó su arma y los tres se batieron en un duelo como de caballeros medievales, pero a lo tropical, con machetes y un sol calcinante encima.

     

    Su tío y su primo murieron y Casimiro se sentó al lado de los cuerpos, como un samurái victorioso, y esperó. La Policía se tardó en llegar pero llegó. Y ese fue el principio de los próximos cincuenta años de su vida. Medio siglo en reclusión, del que apenas lleva un tercio.

     

    ¿Qué se siente matar? Casimiro no tiene una respuesta. Los bomberos lo llevaron a un hospital y hasta al día siguiente empezó a recobrar algunas imágenes del asesinato, imágenes que le parecían tan ficticias como las de la película doblada al español que pasaban en el canal local. “¿Para qué arrepentirme?” dice “si lo hecho, hecho está. Estoy aquí por doble homicidio y no lo niego y supongo que si las cosas volvieran a pasar volverían a ser iguales porque uno, no importa lo que pase, siempre va a luchar por su vida”. Peleó por su vida y ganó, dice, aunque no está tan seguro… ganó su vida, pero la perdió y pierde a diario entre barrotes.

     

     

    Marta Sandoval msandoval@elperiódico.com.gt

    21 enero 2012

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