Vuelvo a un tema que subyace en la capa freática del corazón: ¿cómo se construye un puente? ¿Cómo llegar a esa persona allí, del otro lado, a ese continente, a esa galaxia? ¿Cómo encontrar el sendero que conduce a la mano del otro, a su desnudez inerme, a la verdad que de pronto nos atrapa en un abrazo entrañable?
Es un tema recurrente: el de la soledad de las personas, la soledad de los guatemaltecos, la dificultad de encontrarse, de establecer un diálogo. No me refiero a sutilezas metafísicas y a tópicos filosóficos, hablo de la posibilidad concreta de conocer a una persona confiable y sin máscara, a un ser sin miedo.
En mi consultorio se acumulan los casos de mujeres aún jóvenes (la mayoría son mujeres, son ellas las que más sufren y osan hablar de estas cosas) infelices, viudas, separadas, que no saben ya qué hacer con su vida a cuestas y renuncian a la posibilidad de soñar, de sentirse acompañadas, de encontrar a un amigo, a un compañero, a un amor estable.
Somos una sociedad endogámica, tornada hacia el ombligo y el acartonamiento de las emociones. La vida se construye sólo entre los veinte y los cuarenta años. Después, las puertas se cierran, el rol se ha fijado, el destino parece sellado: si te sales del carril, te pierdes, y no hay prácticamente ni vías, ni lugares, ni rituales de encuentro.
¡Qué desperdicio de entusiasmo, de vida, de belleza! Cientos de miles de mujeres errando en un limbo sin límite, con una pesadumbre en el alma: las sábanas frías, ninguna caricia, ausencia de sonrisa, al final del día. Villa crucis absurdo e inenarrable alrededor del propio abismo.
>elPeriódico
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