Los guatemaltecos somos parcos en el elogio y severos en la crítica.
Como todos sabemos, el pasado sábado 14 de enero, al asumir la Presidencia de la República, Otto Pérez Molina pronunció su discurso inaugural, ese que usualmente brindan los presidentes como primer mensaje a la nación y, en mi opinión, fue una excelente disertación. Naturalmente que no habían transcurrido 48 horas de haberlo manifestado cuando ya habían críticas al mismo.
No cabe duda de que los guatemaltecos somos “parcos en el elogio y severos en la crítica” como dijera el expresidente Carlos Manuel Arana Osorio. Los críticos son esos que esperaban ser ellos los que lo escribieran pero no fue así, pues a criticar se ha dicho; que si muy largo, que si poco estructurado, que no se parece al que pronunciara Abraham Lincoln en Gettysburg ni el que dijera John F. Kennedy el día que asumió como presidente. Sin embargo, como ya dije, a mi me pareció excelente por varias razones.
Primero, fue un discurso claro y puntual, y además pronunciado con seguridad y convicción en lo que se decía. Una alocución sin pretensiones, más bien con sencillez pero con un contenido valioso en el que se ratificaron las promesas de campaña.
Esas que lograron entusiasmar a los lectores a votar por él y que ahora desde el primer día de su gestión se están viendo cumplidas. Como la promesa del cambio, esa que todos anhelamos, para que Guatemala salga de la debacle en la que los socialdemócratas la hundieron. Y sobre todo la promesa de seguridad que a no dudar será la prioridad del presidente Pérez Molina.
El General de la Paz, ese que signara los acuerdos que dieron por terminado el enfrentamiento armado interno, pronunció frases que a no dudarlo se harán memorables en la mente de todos los que las escuchamos, dijo: “Quiero que mi generación sea la última de la guerra y la primera de la paz”.
Y otras felices frases dichas con énfasis y claridad como cuando ofreció “un nuevo modelo de gestión por resultados” o cuando reconoció meridianamente que: “solo a través de la empresarialidad se produce riqueza”. No cabe duda de que Otto Pérez habla alto y claro y a todos nos causó muy buena impresión cuando ya para finalizar dijo: “Yo les doy mi palabra”. En el entorno, el discurso lució mejor: una sola Bandera Nacional, la Granadera y nuestro Himno Nacional cantado como debe ser, con gallardía.
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