He colocado cuidadosamente unos libros en dos estantes de una biblioteca que se está armando; cambiarse de casa siempre suele ser un desbarajuste porque hay que calcular los anaqueles y los libros que cada uno contiene, más el espacio que hay en la casa nueva. Y no es fácil, lo juro.
Para una de mis hijas que es muy práctica, lo ideal sería escoger aquellos que no se han leído aún; los que se pueden releer; los que le sirven a una como catedrática –ya con esta premisa hay que conservarlos casi todos, excepto los de misterio, ciencia ficción, los detectives y los espías excelsos. Pero aun he dado cursos sobre estos últimos temas. De modo que hay que aferrarse a los libros.
Cuentan que cuando murió Julio Cortázar encontraron libros hasta debajo de su lecho, y esto, para los escritores, es lo más natural. Para el resto de personas, pude ser desde una aberración hasta la locura completa, total.
Pero la escritura, el signo irrevocable del ser humano en el proceso civilizatorio, tiene miles de años de vida. A estas alturas estamos seguros de los testimonios de Creta, Egipto, Oriente y posiblemente en China e India de hace tres mil cuatrocientos años.
A la mayoría de las personas les es totalmente indiferente que apenas medio milenio atrás Colón desembarcara en América, y que con su llegada comenzara esparcirse por el continente un lenguaje al que llamamos español pero que ni siquiera hace poco más de 500 años fuera igual. Parecido, semejante, según de las regiones de donde llegaban los hombres.
En realidad, los escritos más antiguos que se conocen actualmente tienen cinco mil años de existencia y pertenecen a Egipto y Babilonia. Y aún no sabemos qué barbaries perpetraron los ejércitos estadounidenses en el Museo Nacional de Antigüedades, de Bagdad –además de iniciar una carnicería, un éxodo masivo, y comenzar, a mi juicio, unas largas e infames décadas de guerra en Medio Oriente.
Afortunadamente mis libros son sencillos y Guatemala no está en Medio Oriente, aunque se halle a medio camino ente productores y consumidores, lo que ya es suficientemente peligroso.
Tengo en cada mano una biografía de Napoleón. Una que me regaló Tasso Hadjidodou a finales de los años sesenta y otra que me regaló un novio en los cincuenta. Y casi escucho la voz de mi hija: ya ve, qué hace con dos biografías de Napoleón, regale una. Pero ni se regala el gesto cariñoso del novio ni el apego de Tasso.
De manera que los libros no solo son libros. Detrás de cada uno de ellos hay una historia. Quién lo regaló, en qué librería se compró –recuerdo haber venido de Madrid un año cargando como burra alrededor de 50 libros–, cuándo me entregó Dante el libro de poemas de una persona singular que vive en Milán, con qué gesto serio me entregó Luis Eduardo uno de los libros que ha traducido al español de importantes escritores franceses.
Y ahora entra a la habitación donde escribo Víctor Muñoz, que trae en una mano un libro con un título fantástico: Los poemas de la caja de repetición. Los poemas infames. ( Y dos tristes casos de vergonzoso plagio).
Después de saludar a Víctor y ofrecerle café –hoy hace un frío horroroso– tomo el libro, leo el primer poema y suelto un carcajada que todavía repica por entre las plantas del jardín.
El libro es un jarro de agua fresca sobre el infierno que vivimos y con gran sorna Víctor afirma que de hoy en adelante exigir que nada de escritor, poeta, que el público entienda.
Y digo yo, ¿cómo va a ser posible regalar un libro con semejante título, con semejante contenido y sobre todo, con la ironía y agudeza que caracterizan a Víctor?
Ahora vamos a hablar un rato de libros y escritores –¿cuándo no?– y cuando mi amigo se vaya, le entraré al libro porque en estos tiempos reír es una necesidad vital.
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