Partamos de una idea básica: un nuevo proyecto de nación, de país, de sociedad… no puede sustentarse en la barbarie. Cualquier opción política que trate de justificar la sangre nos conducirá al caos, al resentimiento, al odio. Un gigantesco tumor que crece por todos lados, silencioso como el cáncer, a punto de devorarnos.
Más allá de la confrontación armada, lo que ocurrió en este país fue una carnicería monstruosa, imposible de exculpar por el honor, el deber, los principios. Un pasado que no enaltece a nadie, y que no puede conducirnos a ningún acuerdo de convivencia. A no ser que deseemos esta sociedad de desquiciados en que nos estamos convirtiendo.
Nada ofrecemos para el futuro, salvo la amnesia. Olvidar todo aquello que nos envilece. Absolver al verdugo y condenar al silencio a las víctimas. De todas maneras están bajo tierra porque se lo merecían. Por indios, por desposeídos, por hambrientos, por insurrectos, por no estar de acuerdo con su miseria, por desarmados, por ignorantes, por creer que podían salvarse.
En Guatemala no hubo genocidio. Se exterminó a una población anónima, carente de derechos y de todo. Fantasmas que amenazaban el orden, la seguridad de las buenas conciencias, la cruz y la espada. Cuadrillas de XX amontonados en tumbas sin nombre ¿Quién pide justicia por los condenados de siempre? ¿Quién clama por aquellos que no existieron y que ya no existen? Aquí no pasó nada. Daños colaterales, torpezas de la guerra, balas perdidas, obstáculos que había que franquear camino a la victoria. Espectros que atormentan al caer la madrugada y que acechan para siempre entre las sombras.
>laceituno@elperiodico.com.gt
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