Un gran resplandor rojizo iluminó el cielo en la madrugada del 14 de julio de 1960 cuando el viejo caserón de adobe y calicanto que albergaba el manicomio central fue arrasado por las llamas, iniciándose una furioso incendio, en la cual perdieron la vida más de ciento treinta personas, en su mayoría enfermos mentales del manicomio de la ciudad.
El fuego se inició en el costurero del recinto, una edificación obsoleta para la época, construida después de los terremotos del 17 en un predio próximo al Hospital General, el cual servía de albergue a unos mil quinientos enfermos con desórdenes mentales. El siniestro se originó cuando la anciana Virginia Segura dejó por olvido una plancha conectada sobre una mesa de madera cubierta por un pesado poncho.
El fuego se extendió por la sala y devoró rápidamente las cortinas, paredes y techos, propagándose rápidamente a los dormitorios del pensionado de mujeres, quienes se despertaron aterrorizadas sin saber qué estaba ocurriendo y peor aún, sin saber qué hacer. Algunas de las pacientes lograron reaccionar y se resguardaron en el patio central del edificio, mientras una buena parte de las enfermas quedaron acorraladas sin posibilidad de salvación.
La situación era patética y acongojante. Se escuchaban los gritos y los lamentos impotentes, mientras la tarea de evacuación de los enfermos a lugares más seguros se tornaba difícil debido a la incapacidad de los enfermos. Se les oía gritar tras las ventanas enrejadas o amontonados dando golpes de mano detrás del grueso portón de salida, pidiendo auxilio a gritos, tragedia que era compartida por los familiares de los enfermos que aguardaban desconsolados en las inmediaciones del lugar.
Escenas dantescas vinieron después del fuego: cadáveres totalmente calcinados e irreconocibles eran colocados en fila en el patio central del manicomio, mientras otros eran rescatados de entre los hierros retorcidos o debajo de las camas y muebles en donde se habían refugiado.
El presidente Ydígorras decretó tres día de duelo nacional y las víctimas fueron veladas en el mismo lugar del holocausto.
Al día siguiente una fila casi interminable de ataúdes de madera recorrió las calles enmudecidas de la ciudad hasta el Cementerio, en donde fueron enterradas en una fosa común.
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