Siente una un fresquito en el pecho cuando ve la cara de circunstancia con que los agentes motorizados ven al Espantacacos de la esquina. La autoridad de hueso y carne viendo a la cara a la autoridad de paja. Un monigote en uniforme azul haciendo el trabajo que les correspondería a ellos, los policías. Sorpresa, espasmo de risa acogotada y enojo incipiente al realizar la burla a su costa.
Tenía que venir de esos muchachitos un reclamo así de inspirado y feliz, al ver que la publicación en elPeriódico del informe del sector privado sobre los sitios de mayor frecuencia de robos de celulares chocaba ante el muro de la indiferencia aparente de las autoridades y de los dueños del negocio de telefonía.
Las acciones cívicas de estos Jóvenes contra la Violencia son como un bálsamo para los ciudadanos asediados por la delincuencia rapaz. Nos sentimos menos solos, menos presas de las fieras en la sabana tan solo de saber que alguien se ha tomado la molestia de advertirnos que transitamos zonas rojas.
Un sopapo de bufón, simpático y alegre, que ha hecho bien el ministro de Gobernación en encajar con sonrisa de medio lado y en tratar de neutralizar prestamente con informes diarios de arrestos y decomisos de celulares robados.
La buena noticia, como mencionaba Edgar Gutiérrez en su columna, es que la expectativa generada por las promesas de campaña ha movilizado a la población. En vez de denostarla, los ciudadanos exigen la presencia de las autoridades. De preferencia, no de paja. Los Espantacacos también nos recuerdan que todos podemos contribuir a la seguridad, aun los que no tenemos la sinuosa vocación de justicieros nocturnos.
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