“¡Saquemos el muco que todos llevamos dentro!”, grita el locutor y la consigna pareciera salirle de las entrañas, como un secreto largamente escondido, liberado así de repente a los oídos de miles de escuchas. Luego truena un éxito de la música grupera, imposible de identificar porque todos se parecen, cuyo sonido nos trae reminiscencias de bandas municipales, de actos protocolarios, de bailes de feria.
Hay una vulgaridad impostada, casi teatral, en todo lo que sigue. La verdadera esencia de lo “chapín”, según el docto animador radial, se encuentra en lo “muco”, en lo “shumo”, en lo corriente. “¿Quién de nosotros no ha cenado frijoles con arroz?”, pregunta, como si en esa combinación culinaria existiera algo de degradante, un atentado asqueroso contra no sé qué reglas del buen comportamiento, una especie de acto de transgresión comparable a “sacarse los mocos con los dedos”.
Mientras el tipo habla, comprendo que “muco” significa todo aquello que nos aleja de hablar inglés, que no nos permite estar a la altura de los tiempos, que nos regresa a bofetadas a nuestra miserable realidad tercermundista. Hacemos todo lo posible por ser presentables, pero la dictadura de las buenas costumbres posmodernas nos abruma, nos deja indefensos ante el juicio demoledor de la historia.
Nos queda la rebelión, según el locutor, comer choripanes con Orange en las esquinas o aplaudirle a los aviones cuando despegan. Tomar agua del chorro, chupar huesos de pollo, desayunar comida recalentada pueden convertirse en actos subversivos frente a un mundo que no comprendemos, que nos exige, que nos sofoca, que nos arroja al otro lado de la barda.
>laceituno@elperiodico.com.gt
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