Es más fácil cebarse en las palomas que en los halcones.
Cuando Efraín Ríos Montt asumió el poder en 1982 el país vivía una atroz guerra civil. El relator de derechos humanos de la Organización de Naciones Unidas (ONU) para Guatemala refirió que “no se trataba de enfrentamientos insignificantes, si no más bien de una guerra civil en gran escala”. Había en el campo de batalla un desborde bélico y paranoico de ambos lados: Ejército y Guerrilla.
Gustavo Porras refiere en su libro Tras las Huellas de Guatemala, que el Ejército Guerrillero de los Pobres (EGP), grupo insurgente al que él perteneció, asesinaba mensualmente entre 250 y 300 personas, la mayoría de ellos campesinos mayas, porque sobre ellos recaía la sospecha de ser soplones o colaboradores del Ejército. Como no tenían suficiente munición los mataban con arma blanca, ¡degollados! Los asesinatos del Ejército están mejor documentados que los de la guerrilla; pero, al final de cuentas, no importa discutir números ni porcentajes atribuibles a las partes porque un solo asesinato es condenable y merece castigo.
Al asumir el poder, Ríos Montt desmanteló los escuadrones de la muerte y propuso otra vía para acabar con la guerrilla: Frijoles y Fusiles. Como el desborde bélico era pavoroso, Ríos Montt iba a los comandos militares a ordenar a los soldados que no fueran asesinos sino profesionales de la milicia. Y propuso un código de conducta del soldado en el campo de operaciones, que todos ellos deberían de portar, que tenía 12 puntos, del que copio: “no tomaré de la población ni un alfiler, seré cortés y demostraré especial cariño y respeto por los ancianos y los niños, saludaré a todos los que encuentre en caminos y veredas…”. Y propuso un código de ética similar de 14 puntos para los patrulleros de autodefensa.
En el escenario de la guerra, hubo dentro del Ejército dos fuerzas: una centrífuga y otra centrípeta. La primera basada en la inercia del miedo y de doblegar a la guerrilla a fuerza de bala de cañón; y la segunda, de repliegue dentro de sí mismo para buscar en ideas éticas y prácticas, una nueva ola de fuerza basada en la creencia de que había que darle a la guerra un nuevo giro ético. Ríos Montt decía que por cada persona que mataba un soldado surgían cinco nuevos enemigos. La ruta era otra. ¡Sí, el camino era el opuesto! Pero, en realidad, ambos criterios cohabitaban en las trincheras militares.
En conclusión, quienes pretenden condenar a Ríos Montt por masacres cometidas en su gobierno por miembros de los comandos militares (que eran muy autónomos), no obstante las claras, precisas y reiteradas instrucciones en contrario, están buscando quién la paga y no quién la debe. ¡Menudo favor el que hacen a la causa de la paz! Y como siempre, es más fácil cebarse en las palomas que en los halcones.
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