Recoger grandes beneficios de un país implica una responsabilidad humana.
No existe tal cosa como un impuesto inocente. Todo tributo implica gravamen y, por tanto, qué y a quiénes gravan los impuestos denota las preferencias de la política económica de un país. Elevar los ingresos por la vía de un aumento impositivo ha sido tremendamente difícil en Guatemala, a pesar de los vergonzosos índices de desarrollo humano que subrayan la urgencia de mejorar los servicios públicos. La lógica de los que se autonombran “liberales” se resume de una manera simplista: menos Gobierno, menos impuestos. Esta fórmula revela el favor que le merecen las actividades económicas de quienes ya tienen oportunidades y capital, mientras aplica un cómodo olvido a las necesidades de la población más vulnerable. Lo único que hemos logrado es vivir en una sociedad disfuncional. Pero este ha sido el razonamiento detrás de la perseverante negativa a elevar los impuestos.
¿Es el tema impositivo un asunto ético? ¿O se trata de un mero instrumento económico? A mi criterio, ambos factores son de peso. Recoger grandes beneficios de un país implica una responsabilidad humana. Es justo que parte de esas ganancias vuelvan a la sociedad para ser redistribuidas generando así un bienestar colectivo. Pero también se trata de un instrumento económico que implica incentivar o desincentivar actividades o simplemente favorecer a los grupos de influencia. El papel del Estado está en equilibrar los intereses a fin de proponer un sistema impositivo justo, guiado por una estrategia económica que haga posible el crecimiento de la mayoría. Debido a las aristas que implica, la negociación de un paquete fiscal debería incluir el debate público, pues los ciudadanos necesitan que las motivaciones de la propuesta sean expuestas con toda transparencia. Así, el resultado final podría reflejar el sentir de la mayoría en relación con qué sociedad desea construir. Difícil el proceso, pero el consenso facilita la adhesión y es menos proclive a las negociaciones bajo la mesa.
El sesgo de colocar sobre los hombros de la clase media el peso del aumento impositivo así como otras normas cuya justicia es dudosa, la clara manera de favorecer a las empresas mineras, petroleras o telefónicas a pesar de las enormes ganancias con que ya cuentan y otras cuestiones poco aceptables, están ensombreciendo un proceso de trascendencia para nuestro proyecto de Nación, pues para hacerlo viable, se requiere de la aprobación de un paquete tributario justo e inteligente. Hay que corregir el rumbo. Aparte, es fundamental saber qué garantías se ofrecen de un mejor manejo del gasto público, la normativa anticorrupción y mecanismos de rendición de cuentas. Si vamos a pagar más impuestos, queremos manifestaciones tangibles de la buena voluntad que anima la propuesta.
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