Decía la semana pasada que de la manera en que hagamos distinciones lógicas o cortes cognitivos sobre el mundo, elaboraremos o no mapas más o menos objetivos para orientarnos en la realidad y, por ende, podremos resolver los conflictos que surgen a causa del enfrentamiento de visiones y prácticas contrapuestas. Es el caso de los posicionamientos enfrentados entre los que creen y no creen que toda violencia es igual a cualquier violencia, y que el terror de Estado tenía exactamente el mismo significado y justificación que la violencia insurgente de la guerrilla en Guatemala.
Una analogía permitirá quizás comprender esto. En el caso de una familia, los comportamientos desesperados de los hijos bajo tutela (por muy patológicos y destructivos que sean) nunca pueden tener el mismo peso moral y penal que el de los padres, quienes son los garantes del funcionamiento de la familia. Un padre que para afirmar su autoridad apalea a muerte a tres de sus seis hijos, no está actuando responsablemente y debe ser juzgado (independientemente del tipo de delitos que haya cometido el hijo, los cuales podrán ser sancionados desde otra perspectiva legal).
El terrorismo de Estado es una figura jurídica problemática, pero hay un punto universal de acuerdo: que es inaceptable pretender justificarlo con el argumento del juego de violencias contrapuestas, como si fuera posible buscar una simetría justificatoria en la acción de particulares frente al apartamiento de los fines propios de la Nación y del Estado, que son irrenunciables. Supongo que los que defienden la idea del Estado de Derecho entienden esto perfectamente.
>elPeriódico
Este espacio es para promover el diálogo, compartir, discutir y argumentar sobre el artículo publicado, únicamente.
Se prohíben mensajes que contengan:
Nos reservamos el derecho de editar o eliminar cualquier mensaje que no cumpla con las condiciones anteriores. Y de ser necesario bloquear a usuarios.
Al participar, acepta las reglas y el aviso legal.
5 comentarios: