Jauja para la corrupción y para la evasión de impuestos.
Pánico es el que existe porque lleguemos a tener una administración pública de excelencia, látigo que sería de la evasión de impuestos y, en general, de todo tipo de corrupción; máxime si se diera esa excelencia en instituciones que controlan el ejercicio del poder, tal el caso de la Contraloría General de Cuentas, fiscalizadora que debe ser –no lo ha logrado- de todos los ingresos y gastos del Estado. Es por ese temor a la excelencia que se aboga por funcionarios mal pagados, ineficientes y mediocres.
Don Severo Martínez Peláez, en Motines de Indios, su segundo y último ensayo, menos conocido pero tan importante como La Patria del Criollo, su primero, nos ilustra en cuanto al mal endémico que ha padecido -y que padece- nuestra administración pública, mal que se encuentra en su propio origen: “Se pagaba mal a los funcionarios coloniales en el entendido de que, en recolectado lo que correspondía a la Corona, podían apretar al administrado hasta el límite mismo de su propia tolerancia…”
“A mí que no me den sino que me pongan, donde hay”, expresión que nos retrata de cuerpo entero: tal, el sobreentendido, dentro de una administración que siempre ha estado mal pagada.
Esa perversa e infame forma de “administrar” es la que por lo visto nos fascina: allí están la viudas y los huérfanos de los policías muertos en su “hábitat natural”, la miseria; y allí, también, los maestros viejos y los soldados mutilados e inválidos, sus viudas y huérfanos, en las mismas condiciones... y todo este cuadro, patético, por habernos prestado sus servicios.
En contraposición, la opulencia de corruptos y evasores ¡en jauja! con su mejor garantía de continuidad: funcionarios mal pagados y, en consecuencia, ineficientes y mediocres ¿Muy conveniente, no le parece?
Se ha querido desmantelar al Estado entre nosotros para que la corrupción, la evasión de impuestos y el crimen no tengan cortapisa; y se paga mal al funcionario, con idéntico propósito.
Mi receta es sumamente simple: páguesele bien al funcionario y exíjasele. Paguemos –no hay otra- el tipo de Estado que queremos vivir.
A nadie le gusta pagar impuestos, ¡nadie los paga por deporte! Se pagan por el convencimiento que deben pagarse –conciencia tributaria- pero, no menos importante, por la certeza de la sanción si no se hace.
¿Queremos un Estado seguro? ¿Educación, salud, infraestructura? ¿Que el ambiente se preserve? ¿Que se puedan combatir el hambre y la miseria? ¿Paz social?
¡Paguémoslo!
La traición consistiría en no contar con lo preciso -y bien emplearlo- para cumplir con lo ofrecido. ¿No le parece?
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