Figura clave de la defensa de los derechos laborales en el país.
Donde quiera que se encuentre Quique Torres habrá tenido agruras por la forma en que la prensa lo identificó al anunciar su muerte. Abogado laboralista, desde los años setenta dedicó su vida a defender a miles de trabajadores en un país en el cual se les quiere mansos, mensos, incansables y agradecidos. Eso le valió persecución y dos exilios. Se hizo doctor en Sociología por la Universidad de Texas, en Austin, y llegó a ser juez de asuntos de migrantes y asilo en Canadá, donde encontró refugio.
Era un experto en marxismo, pero juraba que solo había llegado a las Fuerzas Armadas Rebeldes tras verse forzado a dejar el país. Se identificaba como un socialcristiano y creía en que los empleados tienen dignidad y derechos, y en que es democrática y cristiana la aspiración de luchar por mejoras en sus condiciones de trabajo y de vida. Formó parte de la primera delegación de la insurgencia que llegó a El Escorial, España, en los inicios del proceso de paz. Su figura ha sido clave en los últimos 10 años en la educación pública. Por todo esto, solo la línea menos relevante de su currículum señala que era hermano de Sandra Torres. Antes bien, Sandra era hermana de Quique.
De su vida y de su empeño, no hay mejor testimonio que la calurosa despedida que le han dado los maestros sindicalizados, el grupo más conspicuo, pero no el único, al cual él dedicaba todavía hasta hace unas semanas su diligente trabajo.
Y solo porque en nuestro país abunda la intolerancia pueden explicarse las voces de odio levantadas para celebrar su muerte en las redes sociales. Dedicamos demasiada energía a denostar a quienes no piensan como nosotros, y en cambio invertimos muy poca en celebrar la coherencia, la perseverancia y la pasión que otros invierten en sus ideas. Militamos en nuestras fobias de una manera tan visceral que nos impide descubrir la calidad de hombres y mujeres que el país procrea.
No estuve de acuerdo con la obstinada dedicación de Quique a terminar con el sistema de autogestión educativa Pronade. Me parecía entonces perverso desaparecer de un plumazo las virtudes de un modelo que permitía a los padres ejercer vigilancia sobre el cumplimiento del maestro de sus obligaciones básicas. Además, era un trago amargo concederle esa satisfacción a un líder sindical más volcado en sus logros políticos que en construir el sistema de educación pública que el país necesita. Los argumentos de Quique, sin embargo, eran y siguen siendo en sentido estricto, incontestables. No había razón para que dos maestros que realizaban las mismas labores fueran remunerados de manera distinta y tuvieran diferentes condiciones de trabajo. Y el Pronade se eternizaba también por razones políticas.
La temprana desaparición de Quique no solo afecta a los maestros –la suya era una voz cuerda en medio de una casa de orates– sino además, se hará sentir en otros ámbitos. Junto al propio Joviel Acevedo, Quique participaba en el recién creado Consejo Económico Social que al reunir a empresarios, trabajadores y cooperativistas para discutir asuntos de Estado hace confiar en un futuro más estable, armonioso y próspero para todos. Le echaremos en falta.
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