Desbordados por la política, muerte, droga, crímenes, farándula, suicidios, guerras, juicios, contradicciones, la neurosis está a la vuelta de cada esquina y el cinismo parece ser nuestra única defensa. En el gran esquema de nuestra realidad cuesta detenerse por un instante y poner atención a las pequeñas cosas, a eventos que pasan desapercibidos por su falta de pretensión y oropel. Por estos días, en la sala de la Alianza Francesa, se encuentra una exposición que brinda un respiro y un regalo de humor inteligente. El artista Gabriel Rodríguez nos acerca al producto de lo que comenzó a gestarse hace un par de años atrás: un severo apasionamiento por lo que sucede cuando se reúnen cosas y textos con una buena dosis de arbitrariedad. En esta exposición son innegables los referentes de Luis Camnitzer, la sintaxis de René Magritte o los diálogos silenciosos de Liliana Porter. Pero son propias las referencias de lugar, de situaciones que nos son familiares y convergen como “imaginarios” colectivos. La exposición se compone, principalmente, de objetos y textos que, combinados de manera ingeniosa, producen significados inestables. Hay puertas que se abren hacia microuniversos, filas de personas que caen dentro de cierto agujero arraigado en nuestra memoria, noticias de prensa que nos colocan en el epicentro de la violencia, clavos que se vengan de su dictador, trampas que emanan una tensión exquisitamente caníbal.
Se acercan al poema minimalista. Son analogías, metáforas, paradojas o metonimias visuales que nos exigen ser parte del juego. A partir del título ¿Cuántas obras conceptuales más necesita el mundo?, Rodríguez nos introduce al dilema fundamental del arte conceptual: ¿es necesario el arte? Desde sus orígenes, esta corriente ha sido ese territorio que pocos comprenden o aceptan porque no se basa en la aspiración de producir objetos suntuarios. Sin embargo, qué sería del mundo del arte si no hubiera pasado por esa experiencia descanonizadora. Frente a un mercado artístico que impulsó el consumo de fetiches, el arte conceptual fue un ejercicio imprescindible de sustracción y recuperación. Hablar hoy de arte conceptual parece tan remoto –e incluso innecesario– pero cuando sucede en obras como las de Gabriel Rodríguez podemos estar tranquilos. Nadie necesita más obras conceptuales. Solo “eventos” que, en tiempos de política, muerte, droga, crímenes, mentiras, neurosis… devuelvan la fe en el arte.
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